domingo, 27 de septiembre de 2015

Cinco poemas de Gris - Paolo Astorga

Cinco poemas de Gris publicados en la revista digital Letralia



Canción del extinto


Rehúye y divaga
entre sangre sinfónica
entre palabras de tierra infértil
porque el mundo es el significado de lo que nunca queremos
la miseria de no pronunciar nada
y seguir fiel a nuestro cuerpo que rehúye y rehúye
atemorizado por la angustia de intentos de sufrir
el sueño profundo en la hecatombe de la rabia
y el retumbar de tambores malditos
otra vez sobre la voluptuosidad de tus deseos
cuando te atreves a estallar y te desnudas
cuando te desnudas y hartas el espacio
con tu piel inundada de estatuas prohibidas
antigua arcilla de parapléjicas memorias
la soledad es esto que nos va combando
lo que rehúye y divaga y rehúye
todo el dolor como la máscara de la máscara quemada
que llevamos antes de ser decapitados
ante la pantomima
de los amantes puliendo su ceniza
para la próxima tragedia.



Otra vez decapitación y a comprar una corona


Te metieron nuevamente el feto al cuerpo
y absorbiste su tristeza como quien esconde una bella gema
del morbo de los demás

mugroso debe ser entonces tu rostro
paranoica las ganas de devolver a todos
un gesto amable
seguir en pie y sin embargo
el impulso es dinamitar lo que queda de un sexo en cenizas
vehemencia como danza del ojo
hasta la egolatría del aullido y la succión

nuevamente
el rapsoda que mira su reloj y toma dos pastillas
te dice cantando que eres una cualquiera
mientras los invitados te almuerzan uno por uno
intoxicándose de luz indigna y furiosa
mientras te dices sudorosa y complaciente
que nunca fuiste la de la culpa
sino simplemente
una idiota
que creyó.



¿Qué puede hacer un murmullo sobre el abismo?


Todo se lentifica
adquirimos un cuerpo indolente
nos hastiamos de los abrazos, de los objetos deseados
bebemos fuego blanco y viciamos las palabras con ruegos
atendemos un teléfono que nunca suena
vivimos como insultando
ardemos en una hoguera de presagios
y aun así
la agonía nos excita
a cumplir con la vida
a arrancarle la virginidad a la luz
y hacerla más pura
eternamente pura
entre ladridos de perros
y voces que no dicen nada
sobre la aglutinada soledad
que nos seduce con su máscara de espinas
un murmullo de bocas retornando de su ahogo
compás de buitres cansados
y la ineficacia de mi canto
que ya no puede ser
ni la más débil
insinuación hacia la muerte.



Representación de la inercia


Abre mandíbulas en la eternidad
escupe tu discurso y retrocede con la incertidumbre
de qué decir entre eyaculación y bastardía
universal como puntapié sagrado y noventa meses
sin salir de la misma palabra himen, himen, himen
corrugándose el deseo de trasparentar el líquido perfecto de los cadáveres
que desde ya hace un año se encuentran en medio de la calle
señalando el parir de la ignorancia
maldiciendo uno a la vez
a cada transeúnte que le importa un bledo
la lucidez de los mudos que engendran la imagen sensual
de una mujer bipolar reproduciéndose en ellos
como súcubo hambriento de nada más que gestos de furia
de nada más que filos brillantes de cuchillos
a una milésima de kilómetro de un cuello esperando su jubilación
a su Mesías mientras aplaude y cuelga en su puerta el más artificial
de los lamentos
no confundir con arrepentimiento
ni con esperanza en manos vacías
ahora todo vuelve al mismo y originario orgasmo
habrá que lucirlo bien pues
habrá que hacer presitas de nosotros a cada paso que damos
salpicarnos con el día y su expectoración de culpa y enroscamiento
habrá que cometer un asesinato
meterse un animal sangriento en el corazón
luego extrañarte mientras veo cómo se ausenta tu desgarrada sombra
engulléndote inocentemente
como cuando despiertas
y te das cuenta de que ya no tienes piernas ni manos ni pies
ni ojos ni boca ni oídos ni nada
sólo puro pensamiento
puro pensamiento
desmantelado por el aire
solo pensamiento
emblema de la cólera
un error
de carne humana provocando hiel
e insomnio
tras tu muerte.



Junto al manicomio


Intento dar explicaciones
Dar la cara a todos decirles que la inocencia
Es el erotismo de las palabras mientras nos crece la vergüenza
Y seguimos dormidos mientras nos violan sin control
La luz me ha abandonado miserablemente
No tengo más conciencia que la que me ha dado la inutilidad
Entonces me enamoré de un cuerpo que fingía ser un cuerpo
Me enamoré de un nada más y quédate allí
Pensé en la esperanza mientras los gusanos
Se comieron mis ganas de decir algo cualquier cosa
Preferí entonces alucinar
Copular contigo en la incoherencia
Llegar hasta donde todo se desprende
Aguardar de ti algún cumplido
Que el mundo se haga caricia o puñalada
Pero que empiece la música pronto
Que empiece la música pronto
Y mi alma no desee estúpidamente regresar
Hipnotizada por la exacta pulcritud
De lo que nunca será merecido
Sino hasta reconocer lo podrido en el dolor
Mientras sencillamente se coge un corazón cualquiera
Y se lanza lejos, lejísimos
De la memoria
Y de la culpa.




Breve reflexión sobre expresar y mostrar - Paolo Astorga

Breve reflexión sobre expresar y mostrar


Escrito por: Paolo Astorga


“El que expresa está en un compromiso y a la vez en una resistencia. Es una voz que dice, que aporta en el sentido de que su discurso no se supone solo a la importancia, al estatus, sino al mensaje.”


¿Expresar es mostrar? Por supuesto que no. Expresar es construir, crear. Mostrar es simplemente vender, es cosificarse con el fin último de ser consumido como se consume un rico bife. Pero hoy, expresar significa un mostrar. Lo vemos en las redes sociales, lo observamos en el espectáculo, allí donde los seres humanos ya no valen por sus creaciones, sino por su imagen. Esta imagen es siempre una virtualidad, es siempre una acumulación de espectadores que observan, que califican binariamente (me gusta o no me gusta), pero que ya no pueden narrativizar nuestro valor en cualidad.

Y es que hoy expresar supone siempre una narración, una interpretación del mundo en tanto este se aproxima a mí como una posibilidad creativa. El que expresa está en un compromiso y a la vez en una resistencia. Es una voz que dice, que aporta en el sentido de que su discurso no se supone solo a la importancia, al estatus, sino al mensaje. Su finalidad no es la utilidad, lo práctico, lo consumible, sino que se fundamenta en la crítica, en el desafío de lo real, de lo natural. Toda expresión siempre golpea, desestabiliza nuestra tradicional forma de ver y sentir lo real. He allí su naturaleza creativa y a la vez destructiva.

No obstante el mostrar es hoy un componente que busca la aceptación, la importancia como una acumulación de likes. Mostrar es un deseo de vencer los vacíos de autoestima, es ofrecer el cuerpo no como una creación, no como una crítica, sino como un objeto que debe comerse. El mostrar está próximo al canibalismo, a una antropofagia donde el otro es mi objeto de deseo en la medida en que yo lo puedo comer, consumir, hasta el punto en que me resulte útil. Me genera placer, me da un disfrute, un entretenimiento, a veces espectacular, pero no un significado que me permita llegar a la cualidad del pensar profundo.

La expresión es siempre un proceso pensado, por ende, se aleja del mostrar, porque se aleja del objeto y se convierte en símbolo. Además hay un anhelo por la significación, por el sentido. El gran problema es que no existe o ya no se quiere que exista una razón para el hombre expresivo. El mundo mismo se está saturando de pérdidas que ya no se sienten. Mostrar, entonces, es un movimiento neutralizado, es un proceso biológico que debe ser cumplido para ser aceptado y sentirme bien, pues es en última instancia eso, sentir el bien lo que me hace ser lo que soy.

No me hago ilusiones, el mundo del expresar no es masivo. No es siquiera, a veces, visible. La expresión es un acto y por ende un compromiso solícito, sin embargo, es también una postura frente a otro, frente a un modelo. He allí la rebeldía del expresar, un no someterse. Es obvio entonces que si no expreso soy lo que soy y eso que soy es tan perfecto como una piedra.

Mostrar no generará ningún riesgo, sino seguridad. Eso es lo que se busca, sin duda, pero para lograrlo hay que naturalizarse, hay que cosificarse. Yo soy una cosa que debe ofrecerse, que debe rentarse. Poseo y puedo ser poseído y soy ícono y soy la cantidad que me hace tener un valor. No soy el valor, sino que tengo que tener valor. Una foto colgada con innumerables efectos no busca expresión, sino la mayor cantidad de likes, la mayor cantidad de valor. El me gusta, el comentario “bonito(a)” es el deseo inconmensurable de ser parte de un todo que exige vaciarse, que pretende la unilateralidad, la neutralización.

De esta manera ¿Expresar es estar fuera de la oscuridad de la caverna? Efectivamente, no obstante, hay un profundo problema: la fealdad. Es feo, horrible lo que hay fuera de la caverna. La caverna es un lugar cálido, estoy bien equipado de provisiones y demás comodidades. Los animales salvajes no pueden entrar, pues, hay una gran roca que tapa la entrada y no me preocupo en ningún momento de las severidades del clima. La caverna es mi bienestar. Y es justamente mi bienestar el que me permite ya no preocuparme, de esta manera me muestro y no tengo la necesidad de expresar, de pensar, de sentir. En cambio, si por algún motivo salgo, si por curiosidad, asombro o “estupidez” salgo de la caverna, lo que voy a ver, lo que voy a sentir es feo, horrible, difícil. La negatividad y la posibilidad serán enormes y diametralmente distintas a la vida en la cómoda caverna. Fuera de la caverna no me muestro, sino que tengo que actuar, tengo que expresar. La actuación será mi mayor invento, será mi mayor deseo. No soy cosa, no soy tan quieto y perfecto como una piedra, sino que de ahora en adelante tendré que inventarme un sentido, tendré que expresar una forma de ser y de actuar. La muerte me rondará día y noche y esta tendrá un sensual y terrorífico nombre: soledad. Expreso porque no estoy conforme, porque hay una carencia que me impide la quietud. Mi vida es solo cuando hay posibilidad y actúo.

De esta manera ¿nuestra sociedad está encerrada en su inmediatez por el mostrar? Me temo que sí. El mostrar es causa – efecto, es te doy y me das, es el movimiento perpetuo de lo repetitivo, de lo nuevo en apariencia, de una pérdida de lo histórico como identidad. Muestro hoy mi cuerpo desnudo, el sentido es solo tener una cantidad determinada de visitas. Mi cuerpo no es símbolo, mi cuerpo es solo la tendencia viral de un momento que urge ser consumido y olvidado para que aparezca otro y así.

Expresar, entonces, es disminuir la velocidad. Es perforar lo perfecto con lo feo. Esa verdad que ya Friedrich Nietzsche advertía en su fealdad, en su disgusto. Me disgusta la realidad, por eso expreso. Me disgusta el mundo, por eso muevo en todo mi pesimismo un sentido dialéctico de lo que se ha cosificado. Y aunque en apariencia el mundo es la simple marea del caos, expresar siempre es y será una de las pocas respuestas ante la muerte.

domingo, 20 de septiembre de 2015

"Ciudad cotidiana" de Giovanni Fernández Valdés - Paolo Astorga

Ciudad cotidiana

Ciudad cotidiana
Giovanni Fernández Valdés
(Amotape Libros, 2015)


“A lo largo de este breve pero intenso poemario podemos mapear el esfuerzo violento por mostrarnos los desmoronamientos de una memoria que resiste en la esperanza de los lenguajes. El poeta confiesa sus pérdidas, sus reminiscencias esbozándonos una serie de personajes que viven presas de sus imposibilidades.


Escrito por: Paolo Astorga


Ciudad cotidiana (Amotape Libros, 2015) de Giovanni Fernández Valdés (La Habana, Cuba, 1980) Es el recorrido poético por una ciudad que es un gran cuerpo vivo y a la vez ausente. La ciudad es siempre el lugar simbólico para construir la nostalgia y la pérdida, porque la muerte es un silencio sostenido hecho memoria. El poeta sabe que sus contemplaciones son siempre visiones fantasmales de una realidad que se hace pedazos, que se hace añicos de objetos amados. La ciudad, siempre la ciudad, es un gran campo de ilusiones y frustraciones donde surgen los sueños y la esperanza de ser un poco más que palabras:

Un amor que ya no está.

Solo observo tus fantasmas. Los he visto sobre altos pastos y grietas que cubren sombras de mi cuerpo. Buscaron las manos de mi hermano mientras enterraba a su madre y se quedaron en la última piedra dejada a la difunta. Allí regresé en la oscuridad de lo prohibido, donde surge la inmortal aquiescencia y las hojas marchitadas por el viento. Mis gritos fueron tus sueños; mis sudores, agonía en el espanto de tu lecho y en tus cartas inconclusas que mi hermano no pudo leer. Quise escucharte mientras te dejábamos las flores, pero aparecieron espejismos y almas enajenadas reviviendo del olvido. Ya no creo en la simple dialéctica del "Oscuro".

A lo largo de este breve pero intenso poemario podemos mapear el esfuerzo violento por mostrarnos los desmoronamientos de una memoria que resiste en la esperanza de los lenguajes. El poeta confiesa sus pérdidas, sus reminiscencias esbozándonos una serie de personajes que viven presas de sus imposibilidades. Hay un profundo vaivén sostenido que nos mueve de la ternura a la cruda realidad. Toda destrucción es memoria, toda destrucción es siempre un estadio del abandonado, del que intenta presionar su cadáver en busca, no de una respuesta, sino de un lugar para el hablar, para la expresión. La esperanza es esa llave secreta que se esfuerza por cantar sus arrullos entre la ceniza:

Una mujer llorosa en el verano de 1990

No siempre se desea morir en el vientre de la bestia. No siempre el fuego, las consignas y las palabras recuperan los abrazos y los odios de las familias separadas por el mar. La música en tu oído: nota fugaz de tristes penetraciones y gemidos, caracol y estrella perdida. Tu ser, asustada égloga, reside en mis enigmas, en la tierra árida. ¿Dónde están tus esperanzas? La muerte viaja en la respiración de un pez. Los niños son peces que juegan en la arena mientras dibujan castillos y predicen diluvios a sus generaciones futuras, no se detienen en proclamar lo deshabitado, lo torpe, los disturbios de los dioses que ya no existen en sus cabezas. Disparan la peonza sobre libros de marxismo, deshaciéndolos con la cuerda áspera que perturba el sueño. ¿Dónde están sus esperanzas? Lo hallado fue indiferente, las tormentas lo robaron todo: las luces, los horizontes, las dudas, el polvo sobre los ojos de los párvulos y el amor y el sexo y los ruidos.
           
Y mientras nuestro viaje se hace más hondo, la muerte se hace más lenta, pero no por eso menos intensa. Sin embargo, el poeta intenta eternizar la inocencia y la ternura como una forma de resistencia. La muerte entonces es el mismo tiempo que rebasa las posibilidades, que hace que los objetos se nos enfrenten. El viejo y el niño van muriendo hasta hacerse fantasmas de un instante. Y entonces renace la naturaleza que se lentifica ante la muerte. El poeta sin saberlo, nos está mostrando el universo mismo de las cosas y su estrecha relación con los estados de ánimo, su estrecha relación con nuestras metáforas, nuestros anhelos que se vuelven excusas de movimiento, lenguaje inmóvil:

Sentado con mi abuelo en el columpio de Juan Diego

“...estos días terribles...”
SILVIO RODRÍGUEZ


Llueve en los ojos del que muere sin remedio. Se anuncian los recuerdos: el empedrado deshecho por los niños con sus trompos. El ciego camina y el destino ha sido convocado por los ancestros. Siguen los recuerdos; los zapatos llenos de fango patean los angostos pinos del patio; el tirapiedras mata lagartijas y gorriones; la humedad de la casa y los besos de la madre lo salvan del hambre. Por lo demás, solo quedan una bicicleta y un circo de viejos payasos. Nada más se observa en la línea torpe del horizonte. Luego los fantasmas aparecen surcando tu pensamiento, con palabras roídas por el tiempo. Te anuncian que los niños se acercan presurosos; se sonríen desafiantes, indiferentes; el sudor aparece en tus manos sucias, lluviosas. Sabes que hoy mueres sin remedio, mientras el olor de la leña aún llega a tu cuerpo y lo exorciza o, mejor, roza la punta del nombre de la estrella que la acusa: la mía.

Entonces no se puede huir ya de la ciudad. La ciudad que se hace cotidiana y de la que ya nadie resiste las disoluciones. Es en esa ciudad, la nuestra y la ajena, donde la desilusión constituye la mediocridad de los que por ella pasan como sombras difuminándose en el vacío. La gran bestia, la ciudad, no es un rugiente gigante hambriento, solo es lo cruel de los silencios, lo fulminante de la indiferencia. La soledad es nuevamente la aparente calma, la tensión de la vacuidad entre el deseo y el más cruento olvido:

Caminando por el muro del Malecón

Cada parte del mundo y cada secreto que inunda las calles de La Habana se agazapan en los libros de historia. Pocos pueden hablar, solo existen cuando observo lo inevitable: el aburrimiento de los adolescentes que se inyectan opio y alucinaciones, el deseo de emigrar sin volver atrás y la locura de los viejos que cada vez están más solos. Mentira es tu respuesta, pero es algo común; somos mansos animales que pacen bajo los ojos de la ciudad. Las calles de La Habana semejan un ajedrez antiguo. Cada hombre participa en el robo de su propio hijo y de sus tierras, donde los payasos ríen de sus piruetas malditas y lloran por las canciones tristes. Aquí, todo es inofensivo y vacío; nuestros cuerpos existen en una prosa común y mediocre. ¡No hay remedio para esta niebla de olvidos!

No obstante, no se puede escapar a los juegos de luz. Fernández ha construido este libro para mostrarnos una dialéctica luminosa. La luz es siempre una actitud frente a las imágenes que se imprimen en el lenguaje de la memoria. Es siempre un flujo inconstante y a veces oculto de vida. La luz no solo es lo que devela el mundo, sino es también aquello que lo oculta, que lo hace aparentemente perfecto. La vida en este libro es siempre matices de luz y movimiento. No se puede escapar a lo inevitable: Vivir en el caos de una urbe que está sitiada por la inmensidad del mar.

Pesadilla # 1


Cada espacio es cercado por las sombras. No existen misterios en las casas hechizadas, las esfinges habaneras los lanzaron a las tempestades y a los vientos. Crecieron los hijos; huyeron sin adioses y murieron a la postre. Las mujeres eran cenizas, esclavas de hachas y piedras cortantes, arbustos que se aglutinaban en pozas de azufre. La sequía fue el sacrificio a los dioses. El caos fue al fin universo; todos esperaban la sentencia; el hombre la olvidó; fue un pacto aburrido y nupcial, un pergamino de guerra. El caos participó de la apuesta, el hombre o lo invisible, el hombre o lo terrible, y despedazó nostalgias, criaturas dormidas, océanos y restos de un caracol herido. El caos fue diluvio y resurrección; el imposible para la vida en el cosmos; la duda sobre dígitos y máquinas. Un hombre exige el hambre; las mujeres, el silencio; y los niños, el final. Se acercan a la planicie donde caen los sauces y se desprecia a las olas del mar. No existe nada mejor al caos cuando se pierden los sueños.

Y mientras más nos acercamos al corazón de la ciudad, más nos sabe a desierto  y pesadilla. La pesadilla es la violencia del olvido, la indiferencia ante el recuerdo y las memorias que son fantasmas de imágenes prendadas de naturaleza, de cielo, de dioses, de niños que frustran su infancia inmolándose de sueños.

Pero quizás el apartado más intenso de este libro es la segunda parte y particularmente el poema Ciudad cotidiana, cuyo signo dialéctico es la esperanza y la desilusión, no obstante el poeta nos muestra la furia de la miseria y la esperanza de un pueblo por querer llegar al destino de sus sueños. Lo humano no está en la violencia de los desgarramientos, de la muerte, sino en esa irracional pasión por perennizarse en el ideal, en la necesidad de vida. 

Ciudad cotidiana

A Yasser, Scull, Cordoví, Carlos y Alberto


Abandonamos la bahía de La Habana.
Nos fugamos mar adentro.
Los amigos nos despiden desde la orilla
y nuestras esposas tienen las manos en el rostro.
Somos víctimas de un país que emigra y teme.

Nos alejamos en el bote.
Nos sofocamos.
Sudamos el frío de los dedos.
Gemimos como torres demolidas,
cuando los escualos nos esperaron para su festín.
Caímos presurosos, inevitables en sus bocas.
¿Quién podría asegurar
que llegaríamos a la otra orilla,
con el cuerpo mordido y cansado?
Escapé de "La fiesta de los tiburones"
solo cuando la balsa se enterró en la orilla
entre el odio y la muerte,
mas no lloré.

Desde el muro del Malecón
observo a un pueblo
que rema hacia el Norte.
No ignoran
el festín que les espera
como un caos que vive en la memoria.


Con un lenguaje intenso, poblado de imágenes de la memoria y de la infancia, entre lo fantástico y la violencia del tiempo, Ciudad cotidiana nos muestra esa isla que es la experiencia vital de los hombres y mujeres que luchan diariamente contra sus propios demonios. Giovanni Fernández Valdés no busca solo entregarnos el producto de un  lenguaje decantado y bello, sino que en sus palabras de ternura y soledad se intenta la reivindicación de los abandonados, la necesidad de ser los otros y la vez mostrarnos con fuerza y plenitud la ciudad que se esconde entre la simpleza de lo eterno.

"Los bosques del silencio" de Jaime Osvaldo Bernales Abarca - Paolo Astorga

Los bosques del silencio


Los bosques del silencio
Jaime Osvaldo Bernales Abarca
(Edición de Autor, 2013)


“Uno de los puntos discursivos más importantes de este libro está en la ironía como medio de denuncia contra una sociedad que se ha diluido en las apariencias de felicidad y estabilidad, pero que en ese escape, en ese paliativo existencial del consumo y el hedonismo la tiranía del dominante continúa.


Escrito por: Paolo Astorga


Los bosques del silencio (Edición de Autor, 2013), del poeta chileno Jaime Osvaldo Bernales Abarca (La Calera, Chile, 1950), nos presenta desde sus primeros versos nos muestra la desolación y la destrucción como un signo ineludible. El poeta se ha convertido en una especie de testigo de la destrucción, de la sordidez. Esto lo podemos ver de forma patente en el poema que abre el libro llamado “Yo camino”. Leamos un fragmento:

Yo camino entre brújulas destrozadas,
timones destrozados,
manubrios destrozados,
puntos cardinales destrozados,
sentimientos destrozados.
Yo camino sin rumbo, extraviado
entre ires y venires.

Como vemos el libro parte de una especie de apocalipsis donde la destrucción es el presente, pero también la posibilidad para “reconstruirnos” a partir de nuestras cenizas. La solidaridad que convoca, que intenta una unión fraternal ante el dolor de las pérdidas, ante la irracionalidad.

Aquí estoy, abrazando fraternalmente
a los marginados de esta sociedad
que no entiendo:
abrazo a las lesbianas y a los homosexuales,
abrazo a las mujeres que han abortado,
abrazo a las madres solteras,
abrazo a los cesantes,
abrazo a las parteras,
abrazo a los muchachos que no estudian ni trabajan,
abrazo a los indigentes que hacen largas filas en los hospitales,
abrazo a los que viven a orillas de los ríos.
Abrazo al suicida y le digo al oído:
hermano mío, hermano mío. Y dos
lágrimas solitarias, mías, besan
sus mejillas moribundas.
Abrazo a las prostitutas,
abrazo a los sidosos,
abrazo a los que han abofeteado a los jefes,
abrazo a los que han quemado las banderas,
abrazo a los que bailan mientras escuchan la Canción Nacional,
abrazo a los que rompen fronteras,
abrazo a los que escupen a los uniformados.

El yo poético intenta una expresividad desde la necesidad de poblarlo todo, de generar en el hombre moderno un nuevo acercamiento de retorno. Allí, frente a esa aplastante realidad donde lo banal, lo superficial reducen al pensamiento a los sentimientos a ser simples objetos de consumo, el poeta se rebela ante lo establecido con su canto unificador. Uno de los puntos discursivos más importantes de este libro está en la ironía como medio de denuncia contra una sociedad que se ha diluido en las apariencias de felicidad y estabilidad, pero que en ese escape, en ese paliativo existencial del consumo y el hedonismo, la tiranía del dominante continúa:

Eufóricas
hiperkinéticas y tumultuosas.
Mojadas, húmedas, extasiadas.
¡Yeah! ¡Yeah! ¡Yeah!
Sin embargo, en mi Patria Grande,
seguimos encadenados
a la tiranía incontrolada.

El poemario está estructurado para mostrarnos dos realidades: Por un lado la miseria y la violencia que genera la incomunicación y, por otro, la toma de conciencia respecto a esta sociedad que borda la locura, la insustancialidad, el deseo de destruir todos los asideros y volverse un imperio de lo inútil. Un ejemplo de lucha es el poema “Pertenezco” en donde la voz poética se enfrenta a ese mundo donde “pertenecer” supone algo tan imposible y hasta estúpido, sin embargo sentirse ligado a una causa, tener la responsabilidad de ser más allá del simple simular, hacen que el discurso nos arroje, con ironía, un mensaje de perseverancia frente a la muerte de todos los ideales:

Pertenezco a la generación perdida:
a la generación de los huérfanos,
de los vagabundos,
de los solitarios,
de los que chutean piedras en las esquinas,
de los que aspiran noprén,
de los que fuman yerba.
(…)
Pertenezco a la generación de los que se hundieron en la selva,
de los que se extraviaron en la montaña,
Colombia,
Venezuela,
Bolivia,
Brasil,
Guatemala,
Uruguay.
Pertenezco a la generación perdida,
a todas las generaciones perdidas.
Pertenezco.

Quizás dentro del repertorio que compone este poemario el que condensa toda la poética del mismo es el interesante poema: “Arrepentido”, poema que pone de manifiesto esa crítica constante a nuestra vida vacía y estúpida donde lo más importante es inventarse escusas para no afrontar los problemas más esenciales de nuestra propia existencia:

Estoy arrepentido,
asustado y triste por haber atentado
contra mi vida, es decir, hablo de suicidio.
Digo esto por una razón simple:
de haberlo conseguido
no habría podido beber nunca más Coca – Cola
o vivir en un Mundo de Fantasía como Bliz y Pap
o mostrar mi sonrisa Pep.
Recién ahora valoro, en toda su dimensión,
a la existencia.

Las visiones que muchas veces tenemos del mundo están puestas sobre objetos insignificantes, pero que para nosotros en nuestra angustia existencial, se convierten en trascendentales. La muerte aquí como un discurso que también ha perdido significancia se nos muestra no como un estado de total inexistencia, sino solo como un medio espectacular para mostrar nuestras heridas que nosotros mismos, como suicidas idiotas, nos hemos infligido.


En suma, Los bosques del silencio, es un libro diáfano y a la vez rudo, donde la búsqueda suprema termina siendo siempre la libertad que hoy por hoy es solo una fantasmagoría, una mentira, que ha hecho del hombre, no un ser consciente de su actuar, sino solo un cúmulo de miedos y deseos frustrados que vaga como un fantasma asombrado por las excitantes nimiedades del mundo.

Consumir y ser feliz - Paolo Astorga

Consumir y ser feliz

Escrito por: Paolo Astorga


“La experiencia simbólica con los objetos es siempre virtual. El objeto hoy en día imprime sus propios significados que son reforzados por los dos grandes motores del sistema económico actual: La publicidad y el espectáculo.”


Hoy, nuestro medio para poder vivir en una sociedad de bienestar es hacer que gran cantidad de personas puedan acceder a una gran cantidad de bienes de consumo. Estos bienes de consumo son aquellos objetos simbólicos que les proveerán de un bien, digamos, confort. Por ejemplo: Al poder comprar una nueva televisión sofisticada es muy probable que nuestro estado anímico cambie y, nos sintamos alegres. La televisión que posee grandes funciones que “facilitan nuestra vida” nos hacen sentir poderosos y nos “abren” una serie de posibilidades para el disfrute. La televisión en medio de la sala y nosotros sentados en un cómodo sofá disfrutando, quizás, de uno de los más apasionantes partidos de la Champions League, nos refuerza una idea que trasciende la mera necesidad de ocio. La experiencia simbólica.

La experiencia simbólica con los objetos es siempre virtual. El objeto hoy en día imprime sus propios significados que son reforzados por los dos grandes motores del sistema económico actual: La publicidad y el espectáculo. La vida que cuyo fin es ya no construir una sociedad justa o solidaria, se aferra a buscar la comodidad como fin supremo. No importa si la corrupción o la inseguridad crecen monstruosamente, mientras tenga el último Smartphone que me conecte con todos o el último automóvil o el más impresionante equipo de sonido. La inseguridad solo me afecta, si es que es directamente, pero no si el problema se muestra en macro.

Y es que hoy la idea de felicidad es un bien privado, es decir, solo de aquellos que puedan adquirirla. La felicidad es el bienestar, es el confort. No se trata, pues, de la realización humana por el esfuerzo de sus capacidades o su conciencia, sino por su consumo. El mundo ensalza al hombre que consume de manera salvaje y lo pone como un ícono de éxito. Si pude comprarme un nuevo automóvil, si puedo vestir con ropa de diseñador o comprar el mejor calzado del mercado, pues siento que estoy un nivel más allá simbólicamente. Los objetos no son simples cosas para usar, sino que son símbolos que crean nuestra realidad. En ellos volcamos nuestros propósitos, nuestra esperanza, nuestros miedos y angustias. El objeto me hace parte de algo, me permite ser, porque le da un sentido a mi vida. Cosificar nuestra vida es hacerla digerible, es decir, cuando yo reduzco la complejidad de mis necesidades, mi naturaleza humana a la de un intercambio comercial donde la simple idea de pertenencia es ya lo único necesario para ser, todo, desde los objetos hasta los sentimientos se simplifican en cosas adquiribles y sofisticables.

Sin embargo, la sociedad del confort tiende a la aceleración y la obsolescencia. Los objetos que nos permiten el estatus tienen una fecha de caducidad y están en constante sofisticación. No se puede estar en quietud, sino que el único deseo ya no solo se reduce al uso, sino más bien al acto de adquirir. El placer hedonista se ha trasladado a lo largo de los años al mero acto de comprar como un proceso en donde el objeto consolida sus significados simbólicos y yo me doto de estos como “accesorios” para ser. No tener estos objetos quizás nos genere la melancolía, la inferioridad, pero no poder adquirir “más”, eso sí que es una profunda tragedia humana.

Quizás la pregunta incómoda sea ¿por qué ese deseo inconsciente por querer tener antes que ser? La respuesta, siempre relativa, es porque somos gratificados. Como todo ser vivo, el hombre no escapa al placer por la gratificación. La gratificación como diría Erich Fromm del Homo consumens es hacerlo inútil para el cuestionamiento, pero con una profunda idea de la “necesidad” por el consumo. Para el hombre que se ha ahogado en el confort, en la sociedad positiva del bienestar, lograr la autonomía es llegar a que las cosas que tiene sean lo que vivan por él. El celular me debe avisar a qué hora es la reunión; el mismo celular me debe acercar a mis amigos, debe decirme por dónde ir, debe darme instrucciones y recomendaciones para un día llevadero. La televisión debe llenar mi cabeza de manera entretenida de datos y noticias que debo saber para poder estar al día. La ropa que llevo –de una marca costosa y prestigiosa- debe comunicar que soy importante, que soy exitoso y único, feliz. En pocas palabras, las cosas deben definirme. Pues como dice Emilio Martínez Navarro en su libro por una ética del consumo responsable: “Lo característico de las sociedades consumistas es que en ellas el consumo es la dinámica central de la vida social, y muy especialmente el consumo de mercancías no necesarias para la supervivencia.” Esta característica de las sociedades hiperindustriales no solo forja una manera de vivir, sino que la enarbola como una única forma de vivir. Consumir es una tendencia vital y por ende no consumir es no vivir.

En suma, habrá que preguntarse de manera, descarnada nuevamente, por qué. Creo que nos urge de manera imperativa reflexionar sobre la importancia de los objetos en nuestra vida. Hemos volcado nuestros miedos y esperanzas en el consumo de las cosas, pero no en la formación de nuestros criterios. No queremos enfrentar, tal vez, esa realidad que nos arremete y que nos cuestiona. Sin embargo, el problema no está en acumular, en el consumo, sino en la constante sin sentido que cobra estar bien. Creo, al fin, que el verdadero bienestar está, sin duda, no en tener más, sino en entender más, es decir, en autocuestionarse, en construirnos una ética capaz de poder rescatar antes que nada, nuestra conciencia frente a nuestros apetitos por devorar, por llenar, por tener antes que ser.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Pensar es crear - Paolo Astorga

Pensar es crear

Escrito por: Paolo Astorga

“Personalmente, pensar es fundamental, porque nos permite entender que no somos simples números regados al azar. Pensar nos da la trascendencia no solo del conocimiento, sino de la creación.”



¿Para qué sirve pensar hoy? En la actualidad no es necesario, no es útil, no resulta importante. Quizás observemos que algunos piensan, que algunos, reflexionan, pero no todos lo hacen. ¿Todos deben pensar? Esta es una pregunta interesante. Personalmente, pensar es fundamental, porque nos permite entender que no somos simples números regados al azar. Pensar nos da la trascendencia no solo del conocimiento, sino de la creación.

Pensar es crear. Hoy en día podemos decir que la creación,  vista como la capacidad para observar, reflexionar, cuestionar y construir nuevas ideas resulta problemático y hasta “pasado de moda”. Nuestra sociedad no necesita seres pensantes, sino consumidores de productos nuevos. Necesitamos más personas que estén atentas a las nuevas ofertas de celulares, televisores, de computadoras, de ropa y zapatillas. Que cuestionen eso es terrible. ¿Por qué es terrible? Porque si yo cuestiono lo que todos hacen y lo ven como “normal”, he descubierto la artificialidad de lo normal y me voy a sentir diferente, me voy a dar cuenta que me pertenezco y de allí me viene la melancolía, la angustia y la imposibilidad de adaptarme. Sin embargo, si no cuestiono, si no pienso, soy poco más que una máquina que da y recibe, que acumula, y que entabla una relación con los demás solo porque así se establece. Hago lo que tengo que hacer, como lo que tengo que comer, pienso lo que debo pensar y todo va estar fenomenal.

Sin embargo, no he creado, sino que he sido creado. Me explico. No he creado mi propia visión de las cosas, del mundo, porque no me he responsabilizado de mis cuestionamientos, mis reflexiones –si las tuve–, no han apuntado a mi relación con el todo, sino solo he visto lo que sucede y no más. He sido creado, porque otro ha pensado lo que soy y lo que debo de hacer. Yo solo lo he tomado y lo he creído. Pero no he creado, es decir, no he pensado, no he tomado la iniciativa de ser quien quiere ser, ser mi proyecto.

Nadie piensa porque nadie quiere hacerse responsable de que no hay una única posibilidad. Tenemos temor a perder lo que tenemos, porque lo que tenemos nos brinda una fabulosa adaptabilidad, sin embargo, no se puede esconder la negatividad de la crisis que genera nuestra felicidad de inercia. Quien crea ha construido un mundo donde se cuestiona no para obtener respuestas útiles que nos hagan FELICES, sino, se crea, se piensa y se cuestiona para entendernos, para comprender que hay un movimiento constante que nos aplasta y nos quiere mantener dopados, tranquilos, felices, ¿para qué? Para que los intereses del poder se mantengan tal como están. El ser creado, es un ser que sabe cómo es el mundo, pero que no lo intenta transformar, no se atreve en lo más mínimo a generar la subversión que es CREAR. El mundo creado de hoy no es el de un poeta, sino el de un estadista, el de un economista.


Entonces nos viene el deseo de decir: ¿vale la pena pensar? Creo que más que pensar, es decir, observar, usar la razón y la lógica, establecer relaciones y saberes; la verdadera creación, el verdadero pensar, está en mantener las puertas abiertas para cuestionar lo que creemos y lo que creamos. Entender profundamente que la vida no es solo desplazarse como un tronco movido por la marea, sino que lo fundamental es vivir la vida teniendo la conciencia de que no existe un camino, sino mil millones de millones de millones de posibilidades y que somos nosotros (y no solo los otros) los que debemos entender y darle un sentido a eso que nos angustia, a eso que nos llena de una profunda insatisfacción, de una ardiente pasión por ser, antes que parecer y volvernos anónimos hombres invisibles.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Mirar en tiempos hipermodernos - Paolo Astorga

Mirar en tiempos hipermodernos

Escrito por: Paolo Astorga


“Aunque nuestros ojos son cada día más importantes en la vida hipertecnológica, nuestro horizonte mirado cada día se reduce a las pantallas y no a la realidad.”



Hoy, vivimos en una sociedad que ha agrandado nuestros ojos, pero ha reducido nuestra capacidad de ver los detalles y entenderlos como asombro. Nuestra mirada es cada vez más cercana a la de un mero receptor de impulsos que deben interpretarse siempre desde la estética del consumo. Vemos, pero ya no miramos. Abrimos los ojos, fijamos la mirada, pero ya no podemos entender lo que miramos, ya no logramos cuestionarnos sobre lo que miramos. Aunque este sentido es cada día más central, pues con él interactuamos con todo, con todos, se ha perdido la capacidad de mirar y se la ha reducido a la mera percepción sensual de lo que nos excita y no lo que nos permite generar el sentido de las cosas que nos rodean.

Mirar hoy es un hipermirar. Esto quiere decir que solo miro por un impulso biológico, desde la mecanización. Mi mirada se ha alienado, se ha acostumbrado a solo ver lo que debe ver. No hay imaginación y mirada. Si deseo fantasear, debo ver convertir mi mirada en hipermirada. Mi mirar requiere cada día más estímulos para ser mirada, para lograr encontrar un asidero que no me sume en una profunda pérdida. El hábito ha hecho de mi mirada una herramienta de adaptación, un sustento para el acomodo y el confort, pero no un elemento que me permita la reflexión, profunda e intensa de lo que me rodea, de lo que contiene significado, sentido.

Y es que el mundo vive a una velocidad e inmediatez tremendamente rápida que mirar en profundo, es decir, encontrando el sentido de lo que nos rodea, resulta una empresa inútil e intrascendente. ¿Por qué mirar en profundo, si el mundo no me obliga a ser reflexivo, sino solo productivo? Mi mirada debe servir para aumentar mi productividad, para ser eficiente y exitoso. Mirar desde la contemplación, es decir, cuestionado lo que se mira y, por ende, dándole un sentido a lo que nos rodea y significado a nuestro propio actuar. Sin embargo, no miramos realmente, porque solo queremos sentir lo que miramos, queremos disfrutar, llegar a la más superficial diversión del mirar. La mirada que lanzamos es la del cazador que desea consumir a su presa, que desea satisfacerse con lo mirado. Quien mira en profundo como diría Friedrich Nietzsche debe ser “paciente”, es decir, saber reconocer al objeto mirado no solo como un objeto más de consumo hedonista, sino como un intenso misterio de múltiples sentidos. Mirar debería ser la búsqueda de la conciencia, sin embargo, hoy solo se reduce a mantenerse en reposo, mientras se hace zapping y se disfruta, se divierte, se adapta y se relaja.

Entonces, una imagen no nos debe cuestionar, solo nos debe emocionar. La emocionalidad debe ser lo más placentera posible, aunque podamos reconocer en ella lo terrible. Las imágenes deben llenar nuestro mundo y darnos las señas para vivir sin la necesidad de reflexionar, de mirar en profundo. Aunque nuestros ojos son cada día más importantes en la vida hipertecnológica, nuestro horizonte mirado cada día se reduce a las pantallas y no a la realidad. Miles de millones de personas a diario encierran su mirada a una pantalla de cinco pulgadas, viven una vida de la hiperconexión,  y ya no pueden reconocer el misterio y la belleza que los rodea y que guarda un mensaje para cada quien. No se quiere mirar de ninguna manera en profundo, porque es una forma de desnudarse, de darse al otro con la sinceridad, con la confianza. Por eso, es muy difícil mirar con una actitud reflexiva, ya que al hacerlo, nos arriesgamos a destruir nuestros paraísos artificiales, nuestro confort, el placer que siempre queremos extender y hacerlo eterno. Sin embargo, la tendencia siempre es superficializar, coleccionar, hacer que la mirada sea de un simple receptor y no la de un constructor de sentidos y belleza.