lunes, 29 de junio de 2015

Brevísimo comentario sobre la diversión y la cultura - Paolo Astorga

Brevísimo comentario sobre la diversión y la cultura



Escrito por: Paolo Astorga


“La esencia de la diversión es olvidar, es despojarse del peso de la reflexión y vivir en una felicidad aparente que se puede comprar. La felicidad se convierte en un bien privado y adquirible, pero, con fecha de caducidad. La felicidad es el aquí y ahora, es una finalidad alquilada, un momento.”


Nuestro sistema tiende a la dicotomía diversión versus aburrimiento. Nuestra vida moderna gira en torno a estas dos ideas, a estas dos tendencias, a estos dos síntomas. Divertirse es una necesidad imperiosa sobre todo en las sociedades hiperindustriales, allí donde el rendimiento y el trabajo son extremadamente importantes. Sin embargo, divertirse en nuestro sistema se reduce a un simple consumir. ¿Quién puede divertirse sin consumir? Nadie. Divertirse en nuestro sistema consiste en el disfrute, en el placer. Huir del aburrimiento que nos genera angustia y melancolía es la tendencia universal. Estar aburrido es ser un paria, es ser el hombre más triste del mundo, el apestado, la nada. En cambio el que se divierte, el que está en un estado de alegría constante suele sentirse más “vivo” que los demás. Sin embargo, quien vive para la diversión, es decir, quien usa el fruto de su trabajo solo para perderse por los vericuetos del placer y el regodeo consumista, busca sin duda olvidar, diluirse, desaparecerse y hacer que desaparezca la angustia del pensar, del encontrar un sentido a la vida misma. Vivimos, en tiempos donde resulta muy necesario negar el dolor, negar los vacíos, negar la misma negatividad que nos hace reconocer nuestras angustias ante la muerte, ante el destino, ante el significado de nuestros propios actos.

La esencia de la diversión es olvidar, es despojarse del peso de la reflexión y vivir en una felicidad aparente que se puede comprar. La felicidad se convierte en un bien privado y adquirible, pero, con fecha de caducidad. La felicidad es el aquí y ahora, es una finalidad alquilada, un momento. Resulta imperioso no solo divertirse, sino sofisticar la diversión, actualizarla constantemente con la finalidad de no perder el estado feliz, es decir, el olvido. Sin embargo, es necesario que el hombre moderno sienta un profundo aburrimiento, que sufra de tristeza y que se sienta incompleto y mediocre. Es aquí donde la moda juega su papel predomínante, pues, es la que le ofrece a este ser “incompleto” la posibilidad de ser si se tiene, la posibilidad de regresar a la diversión, a la felicidad.

Si tengo un auto último modelo, si tengo el dinero suficiente para comprar un televisor de setenta pulgadas, si tengo para una mansión, si puedo comprar todo lo soñado, entonces, supongo que mi vida es perfecta, que mi relación con el mundo es la de un hombre extremadamente exitoso. Soy feliz, porque tengo la felicidad, porque al consumir la diversión me hace olvidar toda la negatividad que resulta de reflexionar, de tomar conciencia, de darme contra mi propio hedonismo, mi vacuidad.

Y es que la cultura misma prepondera la ascensión social, el prestigio y la felicidad como propósitos meramente económicos. Tener es la forma en la que me hago partícipe de la sociedad. Trabajar para tener es el signo más patente de nuestra actualidad. La gran mayoría hoy trabaja para pagar deudas de objetos que compraron al crédito y que disfrutan, pero que no les pertenecen del todo. Compramos con la finalidad de sentirnos mejor, de progresar. Un televisor nuevo es progreso. Comprarse un nuevo bolso es progreso. Tener las últimas zapatillas de moda es el progreso. El progreso es comer en buenos restaurantes, el progreso es tener unas vacaciones en Cancún. Sin embargo, ¿por qué pensar no es progresar? ¿Por qué tener conciencia no es progresar? La cultura de nuestro sistema imperante es la del consumo. Se consume todo. Podemos comprar y vender amor, cultura, educación, tiempo, felicidad, etc. Sin embargo, hoy nos urge que estas transacciones económicas, que los “productos” que se nos ofrecen para escapar del aburrimiento sean más sofisticados. No obstante, también es necesario que no se elimine de forma permanente la angustia y la melancolía, ya que si estas se eliminaran, no habría una necesidad de escape y, por ende, una necesidad de consumo.

En suma, en estos tiempos donde cada vez es más difícil escapar a la necesidad de decir, de mostrar y de acercar. La indiferencia y la incomunicación despliegan sus armas divisorias. Por ello, nos urge pensar, nos urge entender que no hay escapes superfluos, que no se puede huir, pues esto solo acrecienta el desgaste. Creo que en un mundo donde todo se muestra cada vez más tenso e inestable queda solo mostrar nuestra más profunda sinceridad y enfrentarnos con nuestros propósitos. Urge inventarnos una vida y aprender a detenernos cada vez que sea necesario. Nuevamente, el gran hito, el quiebre, es escapar de la adaptación y buscar la transformación. La vida no es un tránsito, sino una posibilidad que se va construyendo, que se va dotando de significado.  

lunes, 22 de junio de 2015

Saber y entender - Paolo Astorga

Saber y entender



Escrito por: Paolo Astorga

“El entendimiento, en cambio, es la pregunta. La pregunta ha devenido de la contemplación, de ese estado en donde no solo utilizamos a los objetos, sino que los objetos son posibilidades de creación, de pensamiento.”

En el libro Fahrenheit 451 de Ray Bradbury hay un pasaje revelador. En una sociedad avanzada el bombero Guy Montag se dedica a quemar libros, ya que estos están prohibidos porque hacen “desdichados a los humanos” e impide que estos sean “felices” ya que dejan de ser iguales a los demás. Montag, camino a casa, después de un día de trabajo, se topa con una joven llamada Clarisse quien lo interpela haciéndole preguntas sobre su trabajo, sobre la sociedad en donde viven y, sobre todo, sobre la misma posibilidad de pensar de manera autónoma. Particularmente me quiero detener en este punto:

—Eres muy extraña —dijo, mirándola—. ¿Ignoras qué es el respeto?
—No me proponía ser grosera. Lo que me ocurre es que me gusta demasiado observar a la gente.
—Bueno, ¿Y esto no significa algo para ti?
Y Montag se tocó el número 451 bordado en su manga.
—Sí —susurró ella. Aceleró el paso—. ¿Ha visto alguna vez los coches retropropulsados que corren por esta calle?
—¡Estás cambiando de tema!
—A veces, pienso que sus conductores no saben cómo es la hierba, ni las flores, porque nunca las ven con detenimiento —dijo ella—. Si le mostrase a uno de esos chóferes una borrosa mancha verde, diría: ¡Oh, sí, es hierba? ¿Una mancha borrosa de color rosado? ¡Es una rosaleda! Las manchas blancas son casas. Las manchas pardas son vacas. Una vez, mi tío condujo lentamente por una carretera. Condujo a sesenta y cinco kilómetros por hora y lo encarcelaron por dos días. ¿No es curioso, y triste también?
—Piensas demasiado —dijo Montag, incómodo.
—Casi nunca veo la televisión mural, ni voy a las carreras o a los parques de atracciones. Así, pues, dispongo de muchísimo tiempo para dedicarlos a mis absurdos pensamientos. ¿Ha visto los carteles de sesenta metros que hay fuera de la ciudad? ¿Sabía que hubo una época en que los carteles sólo tenían seis metros de largo? Pero los automóviles empezaron a correr tanto que tuvieron que alargar la publicidad, para que durase un poco más.
—¡Lo ignoraba! —Apuesto a que sé algo más que usted desconoce. Por las mañanas, la hierba está cubierta de rocío.
De pronto, Montag no pudo recordar si sabía aquello o no, lo que le irritó bastante.
—Y si se fija —prosiguió ella, señalando con la barbilla hacia el cielo— hay un hombre en la luna.

Hacía mucho tiempo que él no miraba el satélite. (p. 20-21)

Como observamos en este interesante pasaje hay un hecho que día a día ignoramos: La contemplación. Clarisse al cuestionar a Montag le está mostrando la otra cara de la moneda, el secreto de la posibilidad, el entendimiento. Al contemplar lo que el mundo tiene en vez de solo recorrerlo, deslizarse, reducirlo a una sola actividad alienante y homogeneizante, el sentido de la vida pierde toda posibilidad de diversidad, de pluralidad. La vida actual intenta ser una vida de la velocidad, del placer que se compra y se consume, actualiza y sofistica. No importa mucho profundizar en el “misterio de las cosas”, sino solo buscarles utilidad.

El fragmento me permite exponer la siguiente idea: Hoy sabemos mucho, pero entendemos muy poco. ¿Qué es saber, qué es entender? Saber es siempre un conocimiento, una aptitud que nos permite vivir. Montag sabe que es bombero y que en esa sociedad distópica debe mantener el “orden” quemando libros. Sabe que su trabajo es agotador y requiere de una estrategia que le permita encontrar los escondites de los libros. Quemar para Montag lo hace merecedor de respeto social, le da un estatus y constituye el signo de su felicidad ya que él cree en los ideales de su sociedad y los protege. Sin embargo, Montag solo “sabe” mas no entiende por qué debe quemar, no se cuestiona en ningún momento –no hasta el encuentro con Clarisse- qué tan cierto es eso de que los libros nos vuelven desdichados, no entiende el porqué de su trabajo, ni tiene interés por cuestionar o entender qué es lo que sucedería en una sociedad donde el pensamiento sería posible. El saber en Montag permite que su sociedad funcione o por lo menos legitime su rol protector y esconda su profunda crisis negando la posibilidad del “entendimiento” y reemplazando esa angustia del pensar, por la velocidad, el placer, la mecanización y la inactividad. La “felicidad” es un desplazamiento, un estar en el mundo como diría Heidegger, es el único fin que el poder impone para que los demás vivamos en paz. Esta sociedad feliz ha volcado sus dudas, sus miedos, sus angustias a un estado que los hace olvidar lo “terrible, el peso de la responsabilidad de crear” para otorgarles un mundo sin riesgos, sin emociones desbordantes, rutinario y habitual, normalizado y de felicidad para todos. Sin embargo, Clarisse es directa: Ella ha alcanzado el entendimiento, la contemplación. Cuestiona para entender no solo para saber. Pensar en la hierba, cuestionarse sobre la velocidad a la que hay que viajar y hacer que Montag repare en lo que lo rodea, es subversivo.

Saber es decisivo para el poder, porque nos instaura un deber. Debemos tener en claro que el funcionamiento de la sociedad tiene un sentido más o menos unívoco. Por ejemplo: Debemos cruzar la calle solo cuando el semáforo está en verde. Debemos pagar impuestos cada cierto tiempo. Debemos ir a la escuela o a la universidad o al trabajo. Debemos trabajar para nuestras familias o para nosotros. Debemos disfrutar los fines de semana y si soy hombre debo emocionarme con el fútbol. Si soy mujer pensaré en el matrimonio a cierta edad. La sociedad supone que es trascendental darnos un saber para vivir en la misma sociedad. Este saber es deber, este saber no se debe entender, solo debe acumularse, debe de hacerse verdad sin ningún cuestionamiento.

El entendimiento, en cambio, es la pregunta. La pregunta ha devenido de la contemplación, de ese estado en donde no solo utilizamos a los objetos, sino que los objetos son posibilidades de creación, de pensamiento. La contemplación es siempre cuestionante porque supone observar, es decir, entender las infinitas posibilidades que tiene un todo. ¿Por qué debo respetar las normas de tránsito? ¿Debo ir a la escuela? ¿Por qué los hombres deben pensar solo en fútbol? ¿La finalidad en la vida es casarme? ¿Debo ser feliz? ¿Por qué? ¿Por qué soy lo que soy? Estas preguntas que parecen obvias  resultan casi siempre peligrosas. Digo peligrosas en el sentido de que cuestionan lo que no se cuestiona, sino lo que ya es un saber. Y, lo interesante de estas preguntas es que al ser respondidas generarán más preguntas. Ese cuestionarse es el principio de entendimiento. El entendimiento es el modelado de mi mundo. Entender es tener conciencia de mis saberes. Por ejemplo en la escuela Pablo es un joven de secundaria al cual le están enseñando sobre el Ébola. Para Pablo saber que el Ébola es un virus que puede ser mortal y que ya ha generado muchas muertes en el mundo, resulta ser solo un saber, un conocimiento que estará en su mente hasta que llegue el examen donde habrá quizás una pregunta que diga “¿Qué es el Ébola?” El saber que es utilitario servirá, en este caso, para pasar satisfactoriamente un examen. Ahora bien, digamos que queremos entender al Ébola, en este caso la pregunta no se fundamentaría en el simple examen, sino en comprender el porqué del Ébola. ¿Por qué apareció? ¿Por qué en África? ¿Por qué es un virus que aparece y desaparece? ¿Por qué los virus siendo tan diminutos podrían destruir toda la raza humana? ¿Por qué algunos laboratorios privados lograron la cura? ¿Por qué estos laboratorios son privados? ¿La salud debe ser siempre un negocio o un bien humano? Si yo me infectara con el virus y vivo en un país pobre como África, ¿Recibiré ayuda? ¿Seré discriminado? ¿Me debo resignar a morir? Si este mortal virus no se hubiera escapado de África, si no hubiera llegado a otras partes de Europa o a los Estados Unidos, ¿Sería igual? ¿La prensa le habría prestado atención?

En fin, como vemos el entendimiento rechaza al saber, pues, el saber siempre tiene un sentido preestablecido sustentado casi siempre por las convenciones culturales, por la tradición, por el paradigma, por el poder. Sin embargo, la labor titánica es la de entender. Para lograrlo debemos partir de la reflexión, de una lentitud, de una contemplación y cuestionamiento que nos brinde la posibilidad de crearnos un sentido. El orden de la sociedad limita los sentidos, le quita la poesía a las cosas. Las reduce a ser útiles, pero jamás les brinda la posibilidad de transformarlas. Nuevamente pensar igual, actuar igual, ser iguales es la realidad de la sociedad de Montag, de nuestra sociedad. El peligro no son los libros, ni el saber, sino, la profunda crisis que se libera al entender el mundo no solo como un conjunto de elementos interrelacionados, sino también como un apasionante misterio que es creación y múltiples posibilidades.

lunes, 15 de junio de 2015

Compartir en la escuela - Paolo Astorga

Compartir en la escuela


Escrito por: Paolo Astorga

“Compartir es imposible, porque la escuela no permite o reduce esos momentos y los reemplaza con “formación” casi siempre académica. Cada día es más difícil compartir una frase, un poema diario, un cuento, una canción, un video, una noticia, una anécdota, un chisme, un chiste, una galleta, una nueva aplicación en la escuela, porque el contenido que se ha “programado para aprender” resulta más importante que lo que el contexto amerita, que la necesidad de intercambio y de valorización personal de lo que hacemos o creamos”.


La comunicación es compartir, y compartir es el acto que nos constituye.
Si creemos que este acto es imposible, rechazamos cualquier proyecto humano.
Albert Jacquard



¿Se puede compartir en la escuela? Aunque la pregunta resulte simple, hay que ser sinceros, es una pregunta incómoda. La escuela es casi siempre una institución del saber y del aprendizaje, es un rincón de “formación”, pero no se la suele pensar como un lugar para compartir. A diario observo, por ejemplo, a muchos alumnos que vienen a la escuela con la idea preinstalada de “recibir”, es decir, para ellos la escuela tiene como función principal la de propiciar el aprendizaje, el conocimiento, la formación, pero si hablamos de que esta les brinde el espacio para que sean ellos protagonistas de la misma, resulta un tanto complicado. Es casi imposible pensar a la escuela como un espacio de posibilidades, pues usualmente en toda institución como esta, la idea de tradición aunque es importante para la identidad y la imagen institucional, resulta a veces nociva para el intercambio, el compartir. No, en muy pocas escuelas de las que he sido partícipe tanto en las que he trabajado como en las que he tenido noticia o alguna relación, he notado de manera tangible la actitud de compartir como un imperativo categórico. Muy al contrario, he notado con cierta preocupación un fetichismo extremo por el rendimiento y la meritocracia; una obsesión por ser imagen y prestigio más que posibilidad de forjar comunidad, expresión, comunicación. La escuela, me temo, se ha convertido en un recinto donde los niños son convertidos en un Frankenstein y a veces en algo peor: un simple receptor, una vasija a la que hay que llenar de datos, de números, de tareas, de actividades hasta colmar su tiempo y generar en ellos la actitud de disciplina antes que la de cuestionamiento, la de docilidad, antes que la de curiosidad, la de control antes que la de afecto, la actitud del silencio antes que la del diálogo. No, no he podido ver una escuela cuya principal función se base en el compartir.

Compartir, para el caso de esta reflexión, significa lo siguiente: Dar lo mejor de mí para otros. Esta simple idea es casi invisible en la escuela. Dar no es una función central en la escuela, porque el imperativo que se cree “natural” es recibir. Recibimos clases, recibimos explicaciones, recibimos notas, recibimos felicitaciones o amonestaciones, pero nunca la actitud de los alumnos, docentes o padres es el de dar. Casi siempre es recibir, es acumular, es un simple devenir. Compartir, sin embargo, rompe esa cadena rutinaria y pone a cada uno de los involucrados en el proceso educativo en una actitud de expresión y responsabilidad con uno mismo y con los demás. No obstante, soy muy consciente que para lograr que compartir sea una realidad en la escuela se debe profundizar en los problemas que esta mantiene y que casi siempre no desea mejorar. Resulta más fácil recibir o “dar” a los otros lo que en lo mínimo se debe dar, antes que dar más de lo que se nos pide. Compartir es imposible, porque la escuela no permite o reduce esos momentos y los reemplaza con “formación” casi siempre académica. Cada día es más difícil compartir una frase, un poema diario, un cuento, una canción, un video, una noticia, una anécdota, un chisme, un chiste, una galleta, una nueva aplicación en la escuela, porque el contenido que se ha “programado para aprender” resulta más importante que lo que el contexto amerita, que la necesidad de intercambio y de valorización personal de lo que hacemos o creamos. Los alumnos aprenden de Gramática, saben qué es un sujeto y predicado, son extremadamente precisos en Trigonometría o reconocen que Grau es un “héroe nacional”, sin embargo, la escuela no les permite a ellos compartir sus expresiones, sus aprendizajes y no solo me refiero a sus aprendizajes académicos, sino a compartir su lado humano, sus miedos, sus pasiones, sus frustraciones y sueños, sus esperanzas, compartirse ellos mismos, darse a los demás en un sentido artístico y humanístico, no solo de meros receptores, sino como actores decisivos de sus propios futuros.

Ahora bien, la actitud de compartir presupone una conciencia. La conciencia de que lo que yo poseo es importante y debe entregarse a los demás. Hace un tiempo, por ejemplo, pedí a mis alumnos que escriban poemas de manera libre y que cuando estos estén terminados los podamos compartir en clase. El simple hecho de mencionar la palabra “compartir” generó en mis alumnos una aversión, un gran miedo. Profundamente el miedo era generado porque muchos de ellos pensaban que quizás los poemas que escribirían serían “malos” y que los demás se burlarían de ellos. Recuerdo que el día en que debían leer sus poemas muchos tenían miles de escusas para no salir, aunque entre sus manos tenían el fruto de su esfuerzo. Empecé a leer uno de los míos y luego pedí al resto que leyera los suyos, les dije, que esta no era una actividad que iba a calificar, que lo importante era compartir, así como se comparten bocaditos o una torta en un cumpleaños, sin embargo, el miedo era fundado, ya que para muchos de mis alumnos los poemas no eran “bocaditos”, sino que desnudaban aspectos íntimos, sueños, frustraciones, miedos, en fin su más sincera humanidad. Todavía recuerdo lo fabuloso que fue ese día, muchos de mis estudiantes sintieron por primera vez que lo que ellos daban, que lo que ellos compartían no era simple “objeto de calificación”, sino que era un granito de arena para generar convivencia, afectividad, sentido de comunidad.

Compartir en la escuela debe ser eso, un momento donde cada quien se haga responsable y pueda aportar, pueda dar lo mejor de sí en pos de una buena convivencia, de una verdadera educación. Pensamos siempre que la escuela nos debe servir, nos debe brindar un servicio netamente académico, pero la gran verdad es que la auténtica escuela debe proveer al alumno de herramientas que le permitan compartir, expresar, dar lo mejor de sí a la sociedad en un ambiente de libertad y afectividad.

No obstante, qué lejos estamos del compartir, qué lejos estamos de pensar la escuela como un espacio para las ideas, para los proyectos, para la afectividad. El egoísmo lo puebla todo, la vida como vil disciplina es el néctar adulterado. Los espacios, los momentos para compartir son casi un sueño. Allí donde la pregunta aparece, allí donde las opiniones son tomadas en cuenta y los líderes lideran de verdad, allí el compartir es pieza clave y no simplemente parte del discurso, palabra sin sentido que aparece en el currículo, pero que es aplastado por ese terrible signo de violencia que es la resignación.

domingo, 7 de junio de 2015

Breve reflexión sobre vivir y pensar - Paolo Astorga

Breve reflexión sobre vivir y pensar



Escrito por: Paolo Astorga

“Creo, profundamente, que el pensar original y por ende auténtico, tiene como primera característica la responsabilidad de la consecuencia. No podemos decir que alguien piensa o reflexiona, si no advierte el peso de la responsabilidad. Quien piensa, en suma, es quien ha logrado entender que ideas y realidad deben estar conectadas significativamente”.

Ahora bien, con enorme frecuencia nuestra vida no es sino eso: falsificación de sí misma, suplantación de sí misma. Una gran porción de los pensamientos con que vivimos no los pensamos con evidencia.
José Ortega y Gasset


Esta semana leía el extraordinario libro de  José Ortega y Gasset En torno a Galileo. Esquema de la crisis (Espasa Calpe, 1965) y he podido comprobar lo actual de sus ideas. El libro que tiene como finalidad desentrañar, desde diversos puntos de vista, la constante histórica de la crisis partiendo específicamente del Renacimiento, resulta muy importante no solo por la gran capacidad analítica de Ortega y Gasset, sino por su profunda agudeza para generar en el lector el cuestionamiento y la pasión por la reflexión. Sobre este libro quisiera dilucidar algunas ideas que me han rondado hace algún tiempo. Ideas que están relacionadas al acto de vivir, pero sobre todo al acto de saber vivir.

Ortega y Gasset nos dice que: “…para decidir mi existencia, mi hacer y no hacer, yo tengo que poseer un repertorio de convicciones sobre el mundo, de opiniones. Yo soy quien tiene que tenerlas, quien tiene que estar efectivamente convencido de ellas. En resumen, esto es la vida -y como ustedes advierten, todo eso me pasa a mí solo y tengo que hacerlo en definitiva solo-. En última instancia y verdad. Cada cual va a llevando a pulso su propia existencia”. Como vemos, lo que plantea Ortega y Gasset es tremendamente actual. ¿Vivimos sobre la base de nuestras propias ideas? ¿Estamos convencidos de lo que decimos? ¿Qué convicciones nos mueven, nos hacen vivir? La vida como la plantea el pensador madrileño es siempre actuar como pensamos, es decir, vivir es vivir auténticamente. Ahora bien, si para vivir es necesaria una opinión propia, una convicción o una creencia personal del mundo ¿Por qué esto no es notorio hoy?

Pensar supone siempre arriesgarse. El pensamiento existencialista de Ortega y Gasset tiene un gran obstáculo: La angustia. El hombre no desea cuestionar de ninguna manera sus creencias por temor a las crisis. Esto de andar cuestionándolo todo, de examinar reiterativamente nuestra vida, no solo desbarata nuestras catedrales de arena existenciales, sino que es muy poco práctico. Vemos, por ejemplo, que el pensamiento (si es que existe como tal, es decir, siempre en un grado polémico, inestable, siempre escrutando sus bases, sus creencias), se parece más a un producto manufacturado para millones de almas prestas a tomar esas ideas casi siempre paliativas y paradigmáticas en pos de una confortable estabilidad que jamás se cuestiona, que jamás se observa.  Me temo que la realidad de hoy es la del impulso y ya no tanto de la rebeldía prometeica de aventurarse al cuestionamiento. Pero entonces, si nuestra era es la del consumo en masa, la de las modas profundamente emocionales y que antes de hacernos ver perspectivas de una realidad multidimensional, nos excita y calma, nos recompensa con grandes dosis de dopamina, obviamente, pensar, construir nuestro personal punto de vista del mundo resulta de una importancia imperiosa, no tanto para diferenciarnos, sino para escapar de las inminentes manipulaciones. Y aunque en apariencia podemos escoger lo que queramos, no elegimos lo que pensamos, sino lo que en gran medida la tendencia nos ha hecho elegir. Parece que podemos diferenciarnos, sentirnos de una originalidad inaudita, pero, esta solo es emblemática, es solo aparente. La identidad no es un uso, no es un mostrarse, la verdadera originalidad debería ser la reflexión de lo que somos, la observación y confrontación constante de una realidad que nos cuida de la culpa y la desgracia, pero que, paradójicamente, al volvernos felices corderos, nos obliga a pensar, sentir, desear y actuar de una sola manera.

Esta es la era del repetidor. Aunque tenemos miles de millares de ideas, “formas y estilos” de vivir, el repetidor se acomoda a una realidad que lo apabulla, que lo comprime. Si en el Renacimiento, la imagen de la locura era la actitud rebelde que ponía en crisis a una sociedad esclavizada por el paradigma, en la era actual el paradigma es no preocuparse jamás, desentenderse. En el mundo actual hay cosas que se deben de hacer, por el simple deber de la presión, por el simple actuar inconsciente del colectivo y si no lo hacemos genera en nosotros el abandono, el rechazo, la discriminación. Nadie piensa entonces en el porqué, ya que pensar en ello es ser un eterno aguafiestas. Y entonces mi opinión del mundo resulta ínfima ante la opinión de la masa que se protege de pensar. Se viene a mi mente entonces Navidad, por ejemplo. No pensamos la Navidad porque ya nos han enseñado lo que es. El comportamiento de las personas, aunque resulte diverso y de libre albedrío está casi siempre encerrado en el mismo paradigma: Consumir. Dar amor, dar regalos, una cena, una serie diversa de tradiciones todas cercanas a la unión. Sin embargo, vuelvo a repetir, no pensamos la Navidad, porque ya sabemos que es. Las ideas no son nuestras, sino que nos han sido entregadas como instrucciones. Creo, profundamente, que el pensar original y por ende auténtico, tiene como primera característica la responsabilidad de la consecuencia. No podemos decir que alguien piensa o reflexiona, si no advierte el peso de la responsabilidad. Quien piensa, en suma, es quien ha logrado entender que ideas y realidad deben estar conectadas significativamente. Cada día son menos las personas que al vivir entienden que lo que hacen en eso que llamamos realidad cotidiana tienen consecuencias y que existen relaciones que escapan del pensamiento masivo. Lamentablemente, el mínimo comentario, el cuestionamiento aislado, personal, auténtico, es asfixiado por el “gran pensamiento”, que los mass media ofrecen a una audiencia que no cuestiona, sino que simplemente se constituye y actúa fluyendo infinitamente.

Entonces, volviendo a la idea del repetidor, este sujeto muy de hoy es quien dice lo del otro sin entenderlo, sin haber puesto en tela de juicio las creencias que generaron el pensamiento ajeno. Por ejemplo: Hace unos días un niño de la escuela donde laboro se tropezó y empezó a llorar. La profesora diligentemente lo trató de calmar y el niño se calmó. La profesora terminó diciendo: “No debes llorar, porque los verdaderos hombres no lloran”. Aunque la profesora lo pudo decir sin pensar o con la finalidad de callar al niño, esta simple frase hecha, contiene más que pensamiento, el adoctrinamiento. Llorar supone una rebaja, llorar supone que no soy “un verdadero hombre” y como llorar es una demostración natural de mis emociones desbordadas, no debo hacer eso pues no perteneceré a los “hombres verdaderos” que deben en suma ocultar sus emociones. Lo que quiero decir con este ejemplo es que quien es repetidor no aporta ningún significado a lo que dice, porque este al decirlo no ha profundizado jamás en lo que, quizás, también le dijeron. Lo que dice un repetidor solo tiene como finalidad “calmar”, generar la estabilidad y el equilibrio paradigmático. El repetidor, en pocas palabras, solo desea que todo esté como esté.

Vivir, en consecuencia, es la capacidad no para deslizarnos por el mundo, sino para que podamos entenderlo y poder vivir con autenticidad. A pesar de que miles de personas en el mundo piensan igual actúan igual y hasta aman igual, cada vez es más difícil la unidad, la intimidad. Lo digo porque intimar es encontrar el lado más personal del otro, pero si este otro es solo una copia de lo mismo, la intimidad resulta frustrante. Es la paradoja de la masa: El empobrecimiento de lo humano y el enriquecimiento de la cosa, del instrumento. Muy al contrario, el que se distancia y reflexiona, quien vive en el mundo y no es aplastado por la moda y la masa, quien construye (con mucho esfuerzo) sus propias ideas y sobre todo se hace responsable de sus cuestionamientos y de su mundo, es más probable que logre la intimidad con el otro, pues, antes que usarlo o manipularlo para el placer, lo reconoce y lo hace suyo, porque vive entendiendo lo que vive, antes que solo consumir y quedar satisfecho.