domingo, 31 de mayo de 2015

La estupidez genera el debate - Paolo Astorga

La estupidez genera el debate
Una reflexión sobre la importancia de interpretar la realidad


Escrito por: Paolo Astorga

“Creo que todo intelectual no debe sentirse anonadado, asqueado o avergonzado ante la realidad. Al contrario este tipo de fenómenos sociales deben ser una oportunidad para generar el diálogo, el cuestionamiento, el debate”.



Cada cierto tiempo, en la dinámica educativa en secundaria, me encuentro ante ciertas actitudes y tendencias que están dictadas por su entorno social. Como son jóvenes que tienen un pensamiento muchas veces reprimido, repleto de creencias y prejuicios, son muy sensibles a las modas del momento. Por ejemplo, esta semana de manera reiterada he podido presenciar un fenómeno interesante. En muchas de mis sesiones de enseñanza o en los recreos observaba cómo muchos alumnos se reunían alrededor de un papel donde se había dibujado cuatro cuadros y cada uno tenía escrito “SÍ – NO / NO - SÍ” y en medio del papel, un par de lápices cruzados en equilibrio. El juego llamado Charlie Charlie es un juego que pretende ser “una ouija casera” en donde podemos contactar con un espíritu diabólico que, entre otras cosas, nos da la oportunidad de entablar una comunicación con el infierno”. Aunque la estupidez es suprema en este juego, los alumnos lo jugaban por un simple principio psicológico: La curiosidad. Sin embargo, observé además que algunos colegas se escandalizaron con dicho juego que rápidamente se había convertido en el tema de conversación de toda la escuela.

Bien. El hecho profundo al que quiero llegar es: Con el corto tiempo que tengo interactuando con jóvenes alumnos de escuela secundaria he comprobado dos cosas: Primero que el mundo adolescente es hondamente emocional. Los adolescentes en la escuela no solo buscan aprender (esto desde el punto de vista académico), sino además, desarrollar sentido de pertenencia, autoestima, autonomía y responsabilidad. No es secreto que en un mundo extremadamente consumista, modas como el ya olvidado Harlem Shake, “Baile del caballo”, Dubsmash, o en este caso el juego Charlie Charlie son inevitables, más aún en estos tiempos de hiperconectividad e inmediatez. Charlie Charlie no tiene como fin generar “histerias colectivas” o “posesiones diabólicas”, ni mucho menos. Lo que hace que este juego sea tan masivo es que es una moda y, como toda tendencia, el hecho de jugar este “diabólico” juego no responde a ningún fin serio, sino simplemente a un acto de curiosidad (algo tonta) y diversión.

Ahora bien, en segundo lugar, desde mi punto de vista, soy un convencido de que cualquier tema por más mediático, estúpido o intrascendente que sea no debe escandalizarnos. Creo que todo intelectual no debe sentirse anonadado, asqueado o avergonzado ante la realidad. Al contrario este tipo de fenómenos sociales deben ser una oportunidad para generar el diálogo, el cuestionamiento, el debate. Por ejemplo: Esta semana los alumnos me mostraron su “juego diabólico” diciendo una serie de cosas como: “Tenga cuidado profesor, de verdad funciona” o “profesor he visto en Youtube cómo una niña es poseída por jugarla”. Aunque para un profesor solemne, “serio” y tradicional estas advertencias hubieran sido inaceptables o estúpidas, para mí resultaron ser pretextos para el debate. No empecé con una sentencia prohibitoria, sino con algo más interesante: preguntas. ¿Por qué se dan estas modas? ¿Por qué jugamos eso? ¿Vale la pena jugarlo? ¿Creemos realmente en ello? ¿Por qué? Aunque estas preguntas resultarán para el estimado lector un despropósito, me permitieron no solo entender la psicología y creencias de mis pupilos, sino también la posibilidad de que yo mismo pueda reflexionar sobre estas “modas” que nos viralizan con mucha regularidad.

Todo lo que sucede a diario debe ser cuestionado, dialogado, debatido. A veces he tenido clases en donde empezábamos a hablar sobre la corrupción y terminábamos cuestionándonos sobre si el amor hacia nuestros padres debe ser obligatorio. Puede que estos ejemplos generen el prejuicio de que mis clases son “improvisadas”, pero estoy convencido de que el problema de la educación radica en su artificialidad, en sus imposturas, en no entender que trabajamos con seres humanos y no con máquinas que deben trabajan las 24 horas con la precisión de un reloj suizo. Pienso que no va a pasar nada malo si es que hay diálogo y debate en el aula. Quizás haya retrasos en esa burocracia llamada programación anual que es totalmente superada ante un par de buenas preguntas y buenos argumentos de mis alumnos cuando empezamos a hablar de los celos en Otelo y terminamos por hacer un análisis profundo de la trascendencia de amar en una sociedad donde todo se compra y se vende. Hasta una pregunta tan superficial como: “Profesor, ¿qué le parece Asu mare 2?” puede terminar en un viaje interesante por el pensamiento. Por ello, lo de Charlie Charlie no es de escándalo, ni mucho menos el apocalipsis de los humanos que están involucionando. Al contrario, siento que ese juego “nada santo” me permite hablar sobre cómo nacen las modas y cómo la manipulación mediática mueve nuestros pensamientos y nuestras pasiones. Charlie Charlie, aunque realmente es un juego tonto y sin importancia, me ayuda a enseñarles a los alumnos las bases de nuestro sistema: El consumo. Ese juego, me ayuda a explicar cómo la mente humana puede manipular, puede crear leyendas que son comercialmente consumibles, que dan grandes réditos a los youtubers que queriendo ganar dinero con Google AdSense suben videos de estos diabólicos juegos prohibidos y que luego son vistos y compartidos por curiosos y reprimidos adolescentes adoctrinados por una educación del miedo y del silencio, castrados de imaginación y criterio, presas del redil y de lo que dicta la masa, sin ningún deseo de ver más allá. Es más, horas después de que este fenómeno mediático se viralice, ahora sabemos que todo fue una campaña publicitaria para impulsar una nueva película de terror llamada “La horca” de los estudios Warner Bros que tendrá como parte de la trama a este juego “terrorífico”.

En fin. Este fenómeno viral del momento me hace entender, además, que la labor intelectual no es alejarse de los “tontos”, sino, aprender de ellos y que sean la base de nuestras reflexiones. El dramaturgo romano Terencio decía que “Hombre soy; nada humano me es ajeno”. Nada más cierto. Por más terrible o desagradable que resulte la estupidez genera el debate y debe ser la labor del maestro (más si es de escuela) estar siempre al pendiente de las modas y de cuanta tontería emanen de las aulas, pues, esta será la necesaria materia prima para poner en marcha al pensamiento. Con todo, lo importante es siempre saber ver lo que pasa a nuestro alrededor, estar atentos, pero sobre todo, conocer los mecanismos que están detrás del cómo y por qué sucede lo que sucede, no para saber más, sino para vivir con un poco más de autonomía.

lunes, 25 de mayo de 2015

El hombre de madera y nosotros - Paolo Astorga

El hombre de madera y nosotros

Escrito por: Paolo Astorga


“El hombre de madera, desde mi personalísimo punto de vista, es la metáfora de una involución del ser humano. ¿Por qué? Porque cada día es más común el hábito que el enfrentamiento profundo de la crisis. Estos hombres de madera están profundamente relacionados a un uso cerebral centralizado en el vivir sin la conciencia del vivir”.



“...Y al instante fueron hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superficie de la tierra.
Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijas, tuvieron hijos los muñecos de palo; pero no tenían alma, ni entendimiento, no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas.”
Popol Vuh


En el Popol Vuh, el fabuloso libro de consejo de los pueblos quichés se cuenta a modo de mito cosmogónico la historia de la creación del hombre desde construcción de un ensayo y error. La finalidad de crear al hombre era por una imperiosa necesidad de tener adoradores. Esta honestidad se fundamenta en el hecho de que sin el hombre religioso, sin el hombre ritualizado en la adoración, la presencia del dios simplemente es inexistente. Por otro lado, para todas las civilizaciones antiguas la palabra es la llave mágica para la creación, no solo por su característica ordenadora, sino por su significancia, por la capacidad que esta tiene para presentarse en la posibilidad como un poder prácticamente infinito.

El mito de la creación del Popol Vuh se caracteriza por una experimentación donde no solo es creado un solo hombre, sino que se va probando una serie de proyectos humanos. Tres fueron los hombres: Uno de barro, uno de madera y otro de maíz. El hombre de maíz era la creación perfecta pues poseía la capacidad de hablar y pensar, además de una gran inteligencia.

No obstante la reflexión a la que quiero llegar es al análisis de los hombres de madera. Los hombres de madera, según el mito, aunque tenían el poder de hablar y poblar el mundo no tenía “memoria” ni la capacidad de razón y adoración, es decir, una inteligencia que les permita ser algo más que un mero rebaño. El hombre de madera, desde mi personalísimo punto de vista, es la metáfora de una involución del ser humano. ¿Por qué? Porque cada día es más común el hábito que el enfrentamiento profundo de la crisis. Estos hombres de madera están profundamente relacionados a un uso cerebral centralizado en el vivir sin la conciencia del vivir. El hombre de madera es un ser que tiene la capacidades básicas de subsistencia: Puede alimentarse, reproducirse, etc., pero carece del “entendimiento” para la adoración. Entiéndase adoración no solo como la veneración ritual a un dios, sino también la relación estrecha con la ecología. El hombre ancestral aunque es profundamente religioso y animista, ve a la naturaleza como una identidad, como una implicancia que le permite la vida. La naturaleza es la subsistencia, la llama que permite la vida y es al fin de cuentas el gran “dios” que rige los destinos y los pensamientos. En el caso de los hombres de madera notamos que aunque son parte de la naturaleza no la “entienden”, es decir, no la comprenden lo suficiente como para encontrar una relación implicante, una identidad que los ligue, que los una.

Esta actitud desligada del hombre de madera es la que hoy por hoy percibo en la sociedad. Y no solo me refiero a la relación de un nosotros con la naturaleza, sino a la constitución de un ser que vive para colmar el tiempo, pero no para colmar con el “entendimiento” su vida.

Debo aclarar, sin embargo, que el hombre de madera está muy cercano a la satisfacción de sus deseos. Aunque no posee entendimiento o la capacidad para razonar y pensar la naturaleza, sí logra satisfacer sus deseos primitivos. Las palabras de este hombre de madera son de corto plazo, son de una memoria reducida, pues no poseen la capacidad para generar un orden, una historia, una relación identitaria. Tanto el uso de la palabra como un poder sagrado así como la memoria que la preserva deben funcionar como engranajes que permitan al hombre a entender su relación profunda con una naturaleza que lo sobrepasa, pero que también le ofrece vida abundante. El hombre de madera solo está en la tierra para el momento, para andar sin rumbo, es decir, sin ninguna responsabilidad que le dé un sentido a su existencia.

La existencia requiere necesariamente un pretexto. Este pretexto se va a presentar indefectiblemente como un tipo de responsabilidad. Sin la capacidad de “hacerse de un rumbo” estamos condenados al olvido y el olvido como un mecanismo que no permite las huellas del recuerdo hará que nuestro estadio en la tierra sea una serie inconexa de hechos repetitivos.  No es raro ver cada día a más jóvenes que no tienen ningún ideal en la vida más allá de vivir la vida como si fuera un simple deslizarse. Cada día hay menos personas en las que puedo observar ese deseo por querer innovar o salir de la mediocridad. Aunque estoy rodeado a diario con juventud, ímpetu y deseos, no veo o es muy escaso, la pasión por no querer ser más de lo mismo.

Y no es un secreto que la sociedad en la que estamos inmersos tiene como signo preponderante a la distracción como mecanismo no solo de sustento, sino también de manipulación. No es de importancia el deber ni mucho menos, sino solo la posibilidad de una sobrevivencia que les dé aludiendo a Abraham Maslow: “lo suficiente” para satisfacer las necesidades primarias con las cuales se pueda acumular un día más de vida. La gran incongruencia está en la casi nula actitud por querer transformar creativamente la realidad. La mayoría de nosotros solo nos adaptamos (de la manera que podamos) a una vida que suponga el mínimo de responsabilidad y elección. De esta manera si es que se presenta un error, bien se puede pretextar que la culpa es de la sociedad, del gobierno, de la política, de la economía, del vecino o de cualquiera menos la mía. Una sociedad victimizada y ensimismada en la miel de la idiotez se ve obligada a infantilizarse para que pueda funcionar o por lo menos resistir las incoherencias de una conciencia que se resiste a cuestionar, a transformarse y aceptar sus deberes y responsabilidades.

Entonces queda siempre el actuar frente al embotamiento. La autonomía debe conectarse con lo auténtico. Lamentablemente, en el mundo de hoy, la autenticidad es una moda y no una forma de vivir responsable. Hay un fetichismo por la hiperexperimentación, pero no por encontrarse, por constituirse como un ser antes que aparentar. Entablamos relaciones que entran rápidamente en crisis o son diluidas por la carencia. No tomamos conciencia o ni mucho menos meditamos sobre las repercusiones de nuestros actos. La lejanía no nos entrelaza porque, aunque damos la idea de que avanzamos como una sociedad cohesionada, la implicancia con nuestros pares resulta casi un intercambio comercial en donde el egoísmo por la propiedad supera con creces el compartir, el conocerse. El pensar al otro no es inocente, no tiene la finalidad de implicancia, sino de medio. El otro es mi medio y si puedo usarlo, me proveerá de una serie de placeres, seguridad o confort que necesito.

Es así que el hombre de madera es actualísimo. La vida es cada día más  parecida a la de un redil de ovejas que la de una sociedad de seres cuestionadores y transformadores. Las propuestas, la lucha por forjar mejoras se ve cada vez tan lejana como la profundidad en nuestras relaciones, que van simplificándose y superficializándose al punto de convertirnos en simple ruido sin sentido.


miércoles, 20 de mayo de 2015

Entrevista a Héctor Ñaupari - Paolo Astorga

Entrevista a Héctor Ñaupari
Mi lenguaje poético, creo, es el erotismo como lo entendía José Valente, Luis Cernuda o lo grandes poetas picarescos del XVI, como Prieto Aretino: el erotismo como una forma de conocimiento, una manera de comunión, una forma de acercarse a lo trascendente, llámese Dios, creatividad, en fin, como tú quieras”. 

Entrevista realizada por: Paolo Astorga


¿Desde cuándo comenzó a escribir? ¿Por qué?
Desde muy joven, cuando estaba en el colegio. Porque me parecía una forma atrevida de definirme y expresarme. Además, lo veía en ese entonces, como ahora, como un ejercicio para ser auténtico.

Ahora bien, tuve dos ingresos a la literatura. El primero de ellos fue con el Movimiento Cultural Neón. Con ocasión de celebrar los 440 años de mi alma mater, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en 1991, al estar a cargo de diversas de las actividades, me presentaron a Rubén Grajeda, líder del Movimiento. Tras las conversaciones iniciales, me contó del Movimiento que estaba creando y me sugirió participar, a lo que acepté. Tenía 19 años.

El Movimiento Cultural Neón animó la escena cultural limeña en los intensos y difíciles años de la primera mitad de la década del noventa. “Neón significa luz, luz en la oscuridad”, así lo definió Carlos Oliva, el poeta fundador, junto con Rubén Grajeda, Miguel Ildefonso, Paolo de Lima y Roberto Salazar, de este concilio literario, y que le dio el nombre por el cual fue conocido.

Yo participé en el Movimiento Cultural Neón, porque, como otros jóvenes escritores de mi generación, estábamos desalentados de la política, con sus corrupciones paralizantes o sus expresiones extremas y totalitarias; abandonados a nuestra suerte en un país que parecía no tener ningún futuro y habíase convertido en “ese reino que nunca quisimos, y que nunca fue nuestro”, como escribió el poeta; finalmente, dispuestos a no pasarnos la vida debajo de mesas desprovistas esperando las bombas que nos aniquilen, o a ser desaparecidos por las fuerzas del orden cualquier noche sin luz y con toque de queda; resolvimos, sin siquiera racionalizarlo, que la mejor manera de hacerle frente a este apocalipsis era decir, con poesía, que íbamos a sobrevivir; que no iríamos en silencio hacia el corazón de las tinieblas; en definitiva, que con coraje y con resolución, lucharíamos y gritaríamos: ¡vamos a prevalecer!

Mi segundo ingreso en la literatura fue en la Universidad de Salamanca, en el año 2000. Ya cumplidos los 28 años, con un libro a cuestas, fue Alfredo Pérez Alencart, notable poeta hispano peruano, quien al leer mis textos tuvo la fineza de invitarme a los recitales y encuentros que organizaba. De allí que participara en dos libros que se publicaron al alimón, y constituyeron mi ingreso a la literatura joven salmantina que allí se gestaba. El tiempo me llevó a los diversos Congresos y Encuentros en España, invitaciones que debo y siempre he agradecido a Alfredo.

¿Qué es para usted la poesía?
Gustave Flaubert decía que escribir es una manera de vivir. Digamos que para mí la poesía es una manera de respirar. La poesía es trabajo constante, disciplina, lecturas, investigación, evocación, rigor. El talento en la literatura, como todo en la vida, es el fruto de la disciplina. Igualmente, la inspiración el resultado del trabajo sostenido y sin descanso. La poesía es todo eso, y más.

Cuéntenos sobre su vida, sus obras, sus proyectos, su actividad literaria
Este año he publicado un libro en colaboración, Borges, Paz, Vargas Llosa: Literatura y libertad en Latinoamérica, junto a Carlos Alberto Montaner, Ángel Soto, Carlos Sabino y Martín Krause, que hemos presentado en Lima hace unas semanas, y que tendrá presentaciones por toda la región.

Además, en unos días saldrá un nuevo libro mío de ensayos, Liberalismo es libertad, con Unión Editorial de España, que reúne mis artículos, entrevistas, notas, prólogos y recensiones de libros de los últimos tres años.

Malévola tu ausencia es un nuevo libro de poesía que estoy escribiendo y que espero publicar pronto. En él estoy hurtando, como título, un verso maravilloso del vals de Alberto Condemarín que se llama Hermelinda. Conozco el vals por el poema de Antonio Cisneros, donde el repite como una letanía “acuérdate Hermelinda, acuérdate de mí”. Antonio me dijo que es el vals más poético jamás escrito. Entonces lo que yo hago es recrear la vida de alrededor de veinte mujeres literarias, Penélope, Circe, Safo, Betsabé, Emma Bovary, Constance Chatterley, desde la perspectiva de sus coprotagonistas literarios. Concluidos los dos anteriores, éste es mi principal proyecto por el momento.

¿Cómo define su poesía?
Mi poesía es realista romántica, erótica e íntima. Es realista porque parte de circunstancias que me han sucedido, que he experimentado, que son resultado de diversas vivencias mías.

Es romántica, en el mejor sentido del romanticismo: supremacía del individuo, adhesión a lo bello, a lo sugestivo, a lo ignoto. Es erótica porque identifico al erotismo como la pulsión más sublime e inagotable del ser humano. Íntima porque siempre trato de entrar, con mi poesía, al ser esencial del lector.

Además, yo nunca he creído en la “poesía social”. Me parece sospechosa, con un doble estándar, que alaba a los dictadores de izquierda a un nivel repulsivo, usando la poesía o la novela para justificar sus tropelías, crímenes y abusos.

¿Cree que el poeta es un ser obsesivo?
Si uno no es obsesivo con su poesía no es un poeta.

¿Qué escritores o poetas han influenciado en su producción literaria?
Muchísimos. Me debo a José Ángel Valente, Carlos Murciano, Alfredo Pérez Alencart, Miguel Ildefonso, Carlos Germán Belli, Mario Vargas Llosa (quien siempre me deslumbra como ensayista y de quien mejor he entendido el compromiso del escritor), Ayn Rand (a quien debo la definición de ser un realista romántico), Enrique Verástegui, quien siempre escribirá mejor antes que después, el divino Jorge Luis Borges (su excelsitud me ha hecho ver siempre como el poeta menor de su díptico magistral), Arthur Rimbaud, Javier Sologuren, Antonio Cisneros (lo leo siempre que me envuelvo demasiado en el romanticismo, para dotarme de realidad y cotidianeidad), Jorge Pimentel (su poema Balada para un Caballo debe figurar entre los cinco poemas en castellano imprescindibles del siglo XX), César Vallejo (el primer Vallejo, el modernista), Octavio Paz, Reiner María Rilke, y recientemente he vuelto a Hemingway. Es una lista muy extensa.

¿Qué tan importante para usted es la literatura?
Es una y muchas cosas. Yo no viviría sin ella. La amo como amo a mi esposa y mis hijas. Esta, como cualquier otra vocación, tiene que ser ejercida con cuatro características fundamentales: constancia, criterio, disciplina e inteligencia. Además, la literatura tiene distintas aristas, es decir, uno puede escribir y hacer discursos, o escribir poemas y luego leerlos, escribir novelas y cuentos, obras de teatro y guiones; entonces hay toda una performance que se va añadiendo al hecho mismo de la escritura y hay que comprender, principalmente, que debe ser ejercida con una exhaustiva disciplina.

¿Es necesario que el escritor sea un hombre comprometido?
Sólo con su propia literatura. Cuando el escritor se compromete con la política o alguna otra cruzada que cree superior a la de su propio arte, prostituye su vocación. Eso no significa que tenga una posición política, o ideológica. Es imposible que no la tenga. Pero su literatura o escritura no debe subordinarse nunca a esa posición.

¿Cuál es el fin de su poética?
Yo no persigo un “fin” de mi poética o poesía. Escribir pensando en la finalidad que ésta tendrá convierte a la poesía en un acto burocrático, insípido, rutinario. Es una tarea que dejo a los críticos y demás entomólogos literarios, y a sus propósitos permanentes por clasificarnos.

¿Cómo ha cambiado su lenguaje poético a través de los años?
Creo que ha cambiado en la medida de mis lecturas, experiencias y vinculaciones con otros poetas y escritores. Me considero un “conservador erótico” porque me gustan las mujeres, sólo escribo sobre ellas. He ejercido un tipo de erotismo hacia la mujer, quien es el objeto infinito de mi creación literaria, por lo menos hasta que se me agote la obsesión. Las manifestaciones del amor romántico y del amor erótico tienen mucho que ver con el modo esencial de relacionarnos y de cómo defino mi propio arte. En lo personal a mí me gustan los espacios de intimidad más personal, y la poesía mía busca generar esa comunión.

Mi lenguaje poético, creo, es el erotismo como lo entendía José Valente, Luis Cernuda o lo grandes poetas picarescos del XVI, como Prieto Aretino: el erotismo como una forma de conocimiento, una manera de comunión, una forma de acercarse a lo trascendente, llámese Dios, creatividad, en fin, como tú quieras. Llegamos a lo trascendente a través del amor al cuerpo y a la persona que contiene ese cuerpo. Si es solo un aspecto carnal o animal, el amor está desprovisto de erotismo y es más bien una pulsión que se detiene en ella misma; ya que te despeja un poco la cabeza, te plantea los problemas para más adelante, pero no permite desarrollar lo que es el ejercicio de trascendencia, aprendes a no conocerte y no conoces al otro.

Es decir, en el ejercicio de la pulsión erótica pura y animal en realidad eres tú el que se está satisfaciendo y no compartes nada, y la otra persona, ya sea a través de sexo pagado o no, solo está cumpliendo un trabajo, por lo tanto lo hace sin ningún disfrute y al final del día se va, se acabó: en ese ejercicio no hay una conversación. El erotismo nace mucho de la conversación. En cierto modo, me siento un creador de atmósferas eróticas y creo que es una de las mejores que se puede crear; porque estas en contacto con la realidad misma del ser humano, es decir, su cuerpo, su quehacer, sus sentimientos, su manera de plantearse.

Dentro de su producción literaria, ¿Qué obra elegiría usted por optar en una en especial?
Creo que sería irrespetuoso con toda mi producción literaria escoger una en especial. Todas ellas tienen su propio valor. La única manera que encuentro de responder, dentro de lo que cabe, y con muchas comillas de por medio, a esta pregunta, es señalando qué poemas suelo escoger para leer y que suelen gustarle a los diversos públicos donde me he presentado. Entre ellos están los poemas Constance Chatterley o Cuando todos duermen. También Friné y el Poema XXVI de “En los sótanos del crepúsculo”, mi primer libro.

¿Qué hace antes de escribir?
Primero, evocar: todo empieza con una imagen. Sea de algo que ves, algo que hayas recordado, o evocado, o que te conmueva o hiera profundamente. Siempre he considerado a la rutina como una enfermedad mortal, peor que el cáncer. Así que intento hacer una catarsis evocativa a través del texto. Luego, con ese primer esbozo, investigo. Intento fijar un tema al texto, ya sea de otros poetas, novelistas, dramaturgos. Y luego empiezo a escribir, y a corregir, hasta llegar a odiar el texto. En estos casos, como en el vino recién abierto, es bueno dejarlo respirar, así que lo abandono y lo olvido unos días, para a continuación volver a él y concluirlo. Claro está,  hay que decir que todo escritor que se precie de serlo sabe que su mejor obra es la que jamás escribirá. Con todo, es un boceto de lo que vendrá. La búsqueda no tiene término, como definió a su propia vida el filósofo Karl Popper.

En este escenario, creo que el único criterio antes de escribir es el deslumbramiento, como el amante que contempla con ilusión la voluptuosidad del cuerpo femenino, por ejemplo, y que a pesar del paso de los años y el decrecimiento de sus facultades, no deja de enardecerlo. Pienso en los ancianos ante quienes Friné se desnuda para salvar la vida y evitar su condena. Es la descripción esencial ante el buen poema. Debe asombrarnos, conmovernos, su fuerza debe completarnos. Otros vendrán a hacer las descripciones lingüísticas, gramaticales y metalingüísticas, si éstas caben. A mí que me dejen con la pasión del poema, requisito indiscutible para escribirlo.

¿Qué opinión tiene usted sobre la poesía que se publica en la actualidad?
Que es un buen punto de partida.

¿Qué es para usted un buen libro?
El que me atrapa desde el primer momento, me genera una adicción por concluirlo, y ganas de leer más al terminarlo.

¿Cómo ve usted hoy por hoy la industria editorial? ¿Cómo autor, qué soluciones le daría a este problema?
Un solo problema: la ausencia de lectores. No hay lectores por el enorme analfabetismo crónico y funcional de los peruanos. Creo que la única cruzada en la que todos los escritores deberíamos estar comprometidos es en hacer que los peruanos, de toda condición, lean en el Perú. Ricos y pobres en el Perú no leen. Y eso es una tragedia inenarrable. Todos nuestros esfuerzos, nuestra creatividad, nuestro voluntariado, deberían ir en dirección de superar el analfabetismo en nuestro país.

¿Cree en los concursos o certámenes literarios?
Que son una buena manera de darse a conocer o alcanzar algún reconocimiento. Ahora bien, si un escritor somete su literatura a los dictados de los jurados, entonces es un literato de concursos. No creo que haya una manera más mercantilista de escribir.

¿Qué opina de las nuevas formas de difusión literaria por Internet, como revistas literarias, blogs, páginas sobre literatura, redes sociales, entre otras?
Que son un magnífico soporte y que deberían usarse de manera más intensa, creativa y rica. Nos permite acercarnos, comparar nuestros trabajos, leer en tiempo real, y romper con los cenáculos y las capillas literarias. Ahora todos pueden escribir y publicar. Hay que ampliar todos estos medios de difusión, por supuesto.

¿Cuáles son las obras que recomienda leer?
Ficciones, de Jorge Luis Borges; La Odisea, de Homero; Madame Bovary, de Gustave Flaubert; Poesía reunida, de Antonio Cisneros; Contra viento y marea, de Mario Vargas Llosa; El manifiesto romántico, de Ayn Rand; Libertad bajo palabra, de Octavio Paz; Los heraldos negros, de César Vallejo; París era una fiesta, de Ernest Hemingway; y, Angelus Novus, de Enrique Verástegui. Luego, he estado leyendo la autobiografía del Presidente Nelson Mandela, Conversaciones conmigo mismo, un libro que recomiendo intensamente. Finalmente, he leído dos veces el estupendo libro de David Boaz, Liberalismo, un gran trabajo, de rotunda calidad, sobre la libertad y sus principales manifestaciones.

¿Cuál es el consejo que daría a los nóveles poetas?
Creo que han hecho bien en romper con la costumbre de unirse en grupos. Creo que deben leer más, e investigar con denuedo. Creo que su único compromiso como escritores debería concentrarse en lograr que cada vez más peruanos lean y comprendan lo que leen. Si no hay lectores, nada será posible en el Perú. Insisto: nada. Ni el progreso, ni el desarrollo, ni la modernidad, ni la cultura.

Por último: ¿desea agregar algo más?
Sí. Que los escritores sigan su vocación mediante un permanente ejercicio introspectivo que tiene que ser complementado con lecturas, bibliotecas, vivencias, acercarse uno mismo y ver lo que efectivamente a uno le gusta. Que no renuncien nunca a sus sueños y que procuren tener una vocación a largo plazo. Que no escriban por el reconocimiento o la fama, sino por la necesidad de escribir. Si quieren ser famosos dedíquense a la farándula. Que los escritores generalmente encuentran su destino en el camino que tomaron para evitarlo. Que hay decisiones en la vida que se tienen que tomar, y aunque la vida siempre da revanchas y segundas oportunidades, lo mejor es que piensen primero en ellos y su vocación antes que en nadie o nada más. Y que siempre tengan presente que los trabajos alimenticios son para sobrevivir, y que la literatura es para vivir. No se sientan desgraciados ni traidores a su vocación si un oficio les da de comer y les permite alimentar a su literatura. Así es la vida.

Surco, 15 de mayo de 2015.

 Poemas de Héctor Ñaupari

IX

La meta es el olvido.
Yo he llegado antes.
Jorge Luis Borges, Quince monedas, Un poeta menor.


Este es el poema del amor y la muerte.

En él diré que soy el vértigo,
el corazón roto de la ciudad
el sacerdote disoluto que ofrenda violetas al invierno.

En cambio, tú eres la herida que no sangra
la noche de veloces estrellas, el filo del suicidio
como un edificio alto o un puente largo como la sombra de un mástil.

Este es el poema del amor y la muerte.

Tú sabes que cuando te devoro estiro tu piel, la separo del músculo y la sangre y tan sólo mastico los tendones y el tuétano de tus huesos.

Recorro la dulce curvatura de tu cráneo y lo imagino impenetrable como las ciudades sumerias, entristecidas por la soledad y los leprosos.

Tú sabes que pruebo el vaporoso calor de tu carne palpitante extendida en mi secreto altar que comeré tu vestido de tul corroído por los gusanos sosteniendo tu intestino hirviente en los oscuros recodos de mis fauces.

Tú sabes que te amaré hasta que te pudras y hiedas en lo profundo de la tierra.

Este es el poema del amor y la muerte.

Y en medio del tibio repaso de tus ávidos dedos, soy la condenada desolación, que vaga por la eternidad, desesperado de ti por muchos siglos de búsqueda y asedio.


De En los sótanos del crepúsculo – 1999



XII


Son las seis de la tarde.

Dime ninfa, ¿Oyes acaso la respiración de las paredes?
Por favor, bebe el minuto constante donde no hay tiempo definido.
Quiero saber qué tesoros escondes en tus templos.
Dime, ¿Bajo qué friso esmaltado descifraste el enigma, con qué encantamiento nos negaste el agua?

Son las seis de la tarde, y ahora habito en ti: no hay rastro de estatuas en la piel ciega del delirio.

Ninfa, flama sutil y sugestiva
al verte estallan flores en cada uno de mis poros.

¿Porqué no me respondes?

Sabes que soy el delicioso contagio que se propaga en todas las fronteras de tu piel, y que inflama en tu boca un agua inextinguible.

Son las seis de la tarde, y te he desnudado sólo con el tibio repaso de mis ávidos dedos.
Tu boca entreabierta como la última mirada del ciego observa mi mágico cuerpo desolado y danza en él.

Eres un desesperado cervatillo
que se acerca al cazador sinuoso sin saberlo.

Tu piel brilla como la hoja de una espada
que hiere y abrasa todo lo que a su paso encuentra.

Son las seis de la tarde, no has respondido a mis preguntas, y me ofreces por toda respuesta la llamarada de tu vientre, una flor abierta ante el acoso de mis lluvias.

Mi rocío se desliza como la miel por esa pálida obertura de placer que ni siquiera tú conoces.

En todo el corazón del crepúsculo era mía, oh ninfa ansiosa,  y de tus poros mana el almíbar de dátiles maduros, mientras mis manos como arañas nocturnas se multiplican en la anarquía de tu cabello hirviente.

Son las seis de la tarde, y en ese instante eres en la mitad del mundo la espada que desgarra la piel de mis arcanas tribus, y de tus manos soy el príncipe que a tu terrible desnudez alimenta.

De En los sótanos del crepúsculo – 1999



ANTIGUA, ESCOMBROS Y TROMBAS


Cuando llueve ¿dónde están los dioses?
¿se dirá que hacen brotar el agua de los cántaros,
qué sueltan los torrentes?
Dylan Thomas, Se dirá los dioses cascan las nubes.


Hemos llegado a la ciudad de los antiguos escombros y las trombas implacables,
nos invaden las flores raras que crecen en los recodos de las piedras blancas que fueron hace mucho bóvedas y naves,
y también nos envuelve una especie de indulgencia que transmuta el milagroso aguacero que habita entre nosotros en una niebla de verano
este paraje de catedrales devastadas y densos nubarrones se ha vuelto nuestra patria personal.

No la buscamos, se descubrió ante nosotros como dos amantes que se toman por sorpresa.

Y era tal como la imaginamos,
una diócesis donde la agonía se detuvo apenas un instante, y la dejó desconsolada luego de estremecerla.

Nos cobijamos en el ruinoso altar del ángel para besarnos
sin vernos
saltamos hacia sus columnas rotas por los cataclismos,
para que nos abrace la garúa que crepita sin apremio hacia el extravío.

Y allí te habito espléndida
súbitamente me entrego a ti, resistiéndome, como los últimos días del invierno no se someten a la primavera que inevitable nace
hasta que son vencidos,
y así con tus piernas entrelazadas como una guirnalda de siemprevivas entre mi cintura y mi espalda salimos a las calles
nos ven las vacías cuencas de los santos enmohecidos de estas iglesias
despojadas de sus córneas e irises
por el celo devastador de una naturaleza apasionada,
la misma naturaleza que poseyó su humana arquitectura en un delirio desesperado y magnífico, proyectado en tus ojos inéditos
entonces atrapamos este momento tal como Nabokov sus mariposas para retenerlo en los labios la memoria y esta ciudad que sediciosa nos oculta.

De Rosa de los vientos – 2006


ELOGIO DEL BUEN AMOR


....puesto que yo soy eso,
yo soy lo que el murmullo de aquellos bebederos
me dejo en el oído, soy el rico sabor
que entregó el bello fruto, una vez, a mis labios...
Rainer Maria Rilke, A la  esperada.


Aún no llega la hora plena de claridad y te veo estremecida en una esquina de la cama.

La alcoba a oscuras nos traiciona y muestra el caos en que fuimos marinos a la deriva,

enloquecidos cálices de crisantemos dorados arrebatados por el goce de los colibríes.

Las sábanas se diluyen en tu cuerpo de gladiolos, tus nalgas conservan el carmesí de nuestros secretos alegatos.

Nuestro buen amor

ha sido un perfecto salto al vacío.

Ah tus caderas vibrantes tensadas entre mi cuerpo como el miedo intuitivo de un acróbata ciego.

Este largo amor nos mantuvo despiertos

como una espera que no da tregua alguna

semejante a un soneto que repica y refulge al mismo tiempo

y que cedió sus pausas a los puntos suspensivos

que sueltan los cabellos de tu imaginación.

Nuestro buen amor

tiene el sabor de la piel recién lavada.

Ahora te miro
con ese mismo asombro antiguo del que escribió el poeta.

No te recuerdo como hace un instante, en esta misma alcoba donde en su hora más umbría,

te presentabas ante mí más nítida que un mediodía de enero

y donde impacientes y urgidos nos acometíamos tensos y sobrecogidos como dos duelistas,

sin más motivos que esta impaciencia por tocarnos,

sin más armas que
nuestra piel sudorosa y febril,

nuestra piel anhelante

como una adolescente que se toca desnuda por vez primera,

viniendo a mí

sin más dote que tu furor por cabalgar embelesada en mi cuerpo y sostenerte en mi pecho sorprendido por el feroz arrebato de tus manos, devorado por el clavel tinto de tu boca

suplicante de ti como un viejo vigía desterrado del mar

en ese instante
en que por fin la luz te toca y me llamas.

De Rosa de los vientos – 2006


PENÉLOPE


Sólo perduran en el tiempo las cosas
que no fueron del tiempo.
Jorge Luis Borges, Quince Monedas, Eternidades.


Deja que te vea como un ardor pálido y desnudo, puro como el agua del primer día de la creación.

Permite que sea tu padre, arropándote en tu hora primera.

Consiente que te sorprenda como una fiera que, incógnita y enloquecida, irrumpa ante ti
buscando tu piel erizada de pánico
o tu pecho detenido en el fúlgido instante de la muerte.

No impidas que mi amor se extravíe en tu boca, donde nacen todos los pétalos o se atesora el rocío último.

Me parece que hemos vivido antes este sueño
donde te poseo y te contemplo al mismo tiempo
                                                           tal vez la mañana antes de partir, o la noche de conocernos,
en que arrobados
como el suicida decidido e inmisericorde
nos dejamos caer, desventurados, a las entrañas del vacío.

No lo recuerdo bien. Hace ya veinte años de dejarte.
Pero todavía guardo invictas, algunas fuerzas,
para imaginar, por última vez, tu nocturno recorrido a los brumosos bordes del mar.

Me advierto incesante en tu larga carrera hacia las olas.

A ellas te acercas sin más vestidos que la noche, sumergiéndote desesperada y obsedida en sus brazos.
Su vaivén soy yo, tu esposo, que te sueña. 

Y al advertir nuestro lecho nupcial convertido en una encendida ausencia, te extraño, esposa.

Entonces, invadido por la melancolía, cobras súbita forma.
Tu cuerpo resplandece delicado entre los arroyos donde nos entrevimos

asombrados como dos amantes estrenados y jóvenes
desafiando al tiempo implacable que no conoce
de nuestros ardores intactos como tus muslos cerrados en mí.

No le pertenecemos.
Y pensar que estando tan lejos nos sentimos más juntos.
Ahora esa distancia tan lejana nos une.

En eso, que me aproximo a nuestras tierras de perpetua niebla, donde nada separa a las sombras de la luz, termina el sueño.

Bien sé que han llegado hasta ti terribles historias. Nada temas.

Circe
                        Calypso
                                               Nausicaa

Jamás fueron esposas ni amantes ni afiebradas alucinaciones para soportar la soledad insomne de un hombre perdido.
Son únicamente las doloridas sombras
de este atormentado contador de historias

que debía inventar hechiceras, diosas y princesas

para no enfrentar la infeliz realidad de su protagonista:
vencedor de un combate sin héroes
un náufrago sin nombre
la víctima más famosa del mar inagotable.

Por eso seré el asesino de tus pretendientes y mis remordimientos.
Los desollaré vivos como a los celos que te consumen.
Dejaré que su sangre se apelmace en tu lengua para que jamás pronuncies sus nombres.

Y entonces, encallarás para siempre en mi pecho tiznado y
 sumergido en una fiebre que no espera,
y las huellas de tus pies no irán más hacia las olas
pues marcarán irremediablemente mis hombros y caderas simultáneamente
en una postura tan imposible como nuestra

Y en ese movimiento que titila como el brillo solar que antecede al crepúsculo
nos quedaremos, al fin, extraviados pero unidos
como la memoria y el olvido.

De Malévola tu ausencia y otros poemas - 2015


CONSTANCE CHATTERLEY


Y en mis noches te sueño.
José Escajadillo, Yo perdí el corazón.


Te estoy buscando, Constance, te estoy buscando.

En cada gota de la garúa que hizo infeliz a Melville.

En cada paso de los años
también por el vientre desnudo de los claustros,
que se hallaban igual de desnudos que tus caderas, hermosas y fieras, acezantes, febriles y acombadas como el tigre de Blake, o el de Borges.

Te estoy buscando, Constance, te estoy buscando.

Para volver a amordazar tu boca y hacer de nuestro amor lleno de tierra y hojas secas un condado de silencios y cadáveres exquisitos, una ruta de heridas apenas curadas en tu piel, un rosario de mentiras para que tu marido no se entere,

Y así te busco, Constance,

¡Oh cómo pugnaba tu lengua por salir de la trampa!
¡Oh cómo no poder liberar tu boca pues sería la mía devorada!

Ante ti, bacante mía, mi lengua arrebatada de raíz como una rosa en el ojo de un huracán, consternado la veía sangrienta en tu úvula espléndida, mis dientes y mejillas sometidos a tu capricho, ah Perséfone de mis crepúsculos más siniestros.

Te estoy buscando, Constance, te estoy buscando.

Te busco sin hallarte en esos momentos nuestros, cuando tus manos eran noches cada vez más nocturnas, cuando tus muslos eran tallos cada vez más frágiles temblando entre mis piernas,

Cuando nuestros labios se parecían tanto a las jóvenes extraviadas en el laberinto de Creta de nuestros besos,

Cuando decías, sé mi Minotauro, embísteme sin tregua, come mi carne, bebe mi sangre, libérame de una vez de este estupor cotidiano, apártame de este maldecido calvario de días que se suceden, todos iguales.

Quiero ser libre, musitabas, quiero estar sumergida sin cesar hasta tus más álgidos vellos, gritar más allá del frenesí del vino, como una Ménade delirante.

Quiero que seas mi mujer y yo tu hombre, rogabas, el que rasga tus vestidos y te hace suya sin ningún juego previo y sin pedir permiso.

Quiero invadirte como las olas a la orilla del mar o el olvido al tiempo.

Quiero acercarme a ti hasta que no exista más distancia entre nosotros que tu cuerpo en el mío y el mío en el tuyo.

Quiero abandonarme en tu sexo imparable como una inundación hasta la eternidad sin pausas que se prometen los amantes que nunca más volverán a verse.

Y quiero que, cuando agotados todos los susurros que del fuego vienen, cuando se hayan vueltos negros por el hollín de la chimenea donde nos conocimos y fuimos otros, o tal vez los mismos, sólo queden flores como poemas en tus venas.

Y así te busco, Constance, Constance,
desenredándote en mi pecho, en mis huesos, en mi espalda,

te busco en el borde de la cama donde tomaba tus muñecas, para tensarte y contraerte como un músculo expuesto,

donde te bebía, copa mía, hasta dejarte vacía,
donde te encendía, tea insondable, para no dejar sino cenizas.

Te estoy buscando, Constance, te estoy buscando.

Repaso con mi lengua y mi cuerpo todo el frío piso donde te sometía bruscamente como la tormenta del otoño.

Te estoy buscando, Constance, en el recuerdo de la curva rotunda de tu culo perfecto,

alzado
                        vibrante
                                               dispuesto

viniendo a mí arrogante como los ejércitos de Jerjes dispuestos a morir en su entrega, como moría yo cada tarde en tus brazos.

Y ahora que muero, en la penumbra, será tu nombre
la última palabra que mi boca pronuncie:

Constance
                                   Constance
                                                                       Constance.

De Malévola tu ausencia y otros poemas - 2015



Sobre el autor:
Héctor Ñaupari (Lima, 1972). Poeta, ensayista y conferencista internacional. Se graduó en forma sobresaliente en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Perú, tiene estudios concluidos en la Maestría en Derecho Civil del citado centro de estudios, y un Diploma en Estudios Superiores de Derecho de la Universidad de Salamanca, España. Es autor de los libros En los sótanos del crepúsculo (1999), Páginas libertarias (2004), Rosa de los vientos (2006), Libertad para todos (2008), Sentido liberal, el sendero urgente de la libertad (2012), Malévola tu ausencia y otros poemas (2015) y Liberalismo es libertad (2015). Obtuvo la mención honrosa en el III y V Concurso de Ensayos Caminos de la Libertad de México, en el 2008 y 2010 respectivamente.