domingo, 29 de marzo de 2015

Un breve comentario sobre Google y el conocimiento - Paolo Astorga

Un breve comentario sobre Google y el conocimiento



Escrito por: Paolo Astorga


“Si nuestro cerebro cada vez se parece a Google, entonces nuestra forma de concebir el conocimiento se parecerá mucho a una simple forma de cálculo cuantitativo, mas no cualitativo o crítico, es decir, conocer será tan igual como buscar”.


Cada día en el mundo se hacen más de mil millones de consultas en el buscador de Google. Una palabra como “Cultura” tiene cerca de 612,000,000 de resultados de búsqueda. Esta abrumadora cantidad de información está organizada de una manera “relevante”, dando como uno de los primeros resultados a la página de Wikipedia que es una suerte de gran enciclopedia 2.0. Si lo vemos desde el punto de vista cualitativo estos resultados nos arrojan la conclusión de que la humanidad en su conjunto ha llegado a un punto donde la información es tan inmensa que es prácticamente imposible procesar todo aquello que podemos “buscar” en Internet.

Sin embargo, si pensamos un poco este fenómeno que es de lo más cotidiano, notamos que cada día es muy común que nuestra capacidad de procesamiento esté prácticamente orientada exclusivamente por el deseo acumulativo, aditivo y cuantitativo de la información. Al realizar una búsqueda en Google nos enfrentamos ante la gran problemática de la generación del conocimiento. ¿Es la información conocimiento? ¿Es la Internet la gran fuente de conocimiento del siglo XXI?

No es novedad que en la red impere la velocidad como protocolo para el internauta que navega por toda su infinita extensión. La velocidad es una pieza fundamental no solo en la red, sino en el mundo actual que busca hacer de todo algo “conocido”, “encontrable”. El que busca en Google, anhela encontrar aquello que le permita “conocer” lo que no sabe. Sin embargo, ¿Es conocimiento eso que buscamos? Por supuesto que no. Muchas de las búsquedas no indagan un conocimiento, sino solo una solución, una ayuda, respecto a un tema o problema en concreto. Hay que ser muy claros: el conocimiento no es buscable, no se puede encontrar. La naturaleza del conocimiento es siempre la construcción, la teoría, pero sobre todo la creación, característica que escapa de la simple cuantitividad que nos ofrece la información. Muchas de las búsquedas en Google no se establecen desde las perspectivas netamente académicas, sino se muestran más como consultas de temas diversos. Es válida por tanto la búsqueda de una “receta para preparar Chancho al palo” que otra sobre “Filosofía de la tecnología en Martin Heidegger”. Los resultados que nos arroja el buscador no son conocimiento propiamente dicho, sino las piezas para armar nuestro rompecabezas.

La información y el conocimiento son totalmente distintos. La información abunda –en exceso y cada día resulta más difícil conseguir calidad de información, es decir, aquella que nos permita construir el conocimiento. El conocimiento es creación y como toda creación requiere de una suma diversa de materiales para lograrse. La creación no tiene una única forma, ni siempre responde a la mecánica, es decir, a patrones ya establecidos. La creación, por tanto, nunca surge de una causa-efecto, no es acumulativa, no se puede adquirir con el simple acopio de información. El conocimiento como creación ostenta un valor mucho más importante que la información porque el conocimiento consiste principalmente en dar un sentido al mundo.

Mientras que la información es conocimiento de otros, el conocimiento requiere siempre un procesamiento y no una caza. Lo curioso es que si quiero enfrentarme ante el monstruoso tsunami informático de una simple búsqueda (digamos nuevamente la palabra “Cultura” y sus 612,000,000 resultados), me daré cuenta de que va a suceder dos cosas: Tendré que desarrollar mejores criterios de investigación, afinar mis capacidades de delimitación y procesar una cantidad limitada de información de manera más o menos profunda; o superficializar mi procesamiento con el fin de adaptarme a la creciente producción del información que me sobrepasa y diluye.

Lo preocupante está en el uso. La información sirve como una extensión del cuerpo, como una prótesis, mas no como una herramienta para el pensamiento. No se reflexiona lo que se tiene de información, sino que solo se repite, se habla, se difunde. ¿Y por qué? Porque la información es tan grande y viaja con tanta velocidad que es de suma importancia que esta información no sea procesada para mantener la aplastante rapidez en la que se produce y transmite.

Ahora bien, hay una pregunta por demás interesante ¿Por qué si hay una gran cantidad de información y una tremenda posibilidad para acceder a un sinfín de herramientas que posibilitan el acceso a la misma, suele haber una gran cantidad de personas que no solo han reducido su acervo cultural, sino que han perdido la capacidad de procesar la información, digamos, de tener la capacidad de leer, pero no la de comprender? Una interesante respuesta quizás está en el libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (2010) de Nicholas Carr quien expone la tesis de que nuestros hábitos respecto al uso de la Internet no solo han hecho que hoy produzcamos y consumamos una cantidad exorbitante de información, sino que hayamos modificado nuestra forma de pensar y de actuar respecto al procesamiento de una gran cantidad de datos y producción de conocimiento. Carr nos dice que estamos muy cercanos a la máquina en tanto nuestra mente se ha convertido poco a poco en una especie de “buscador”. La memoria virtual lo domina todo en tanto esta contiene aquello que es buscable y que genera en nosotros una suerte de “ilusión del conocimiento y la inteligencia”. Si nuestro cerebro cada vez se parece a Google, entonces nuestra forma de concebir el conocimiento se parecerá mucho a una simple forma de cálculo cuantitativo, mas no cualitativo o crítico, es decir, conocer será tan igual como buscar.

Y es que aunque parezca que hoy hemos desarrollado más nuestra capacidad para establecer relaciones, la inercia del simple cazar, del que busca y encuentra ha banalizado la producción del conocimiento, pues, la calidad de la información cada vez es menor y la cantidad cada vez mayor. Hoy se recurre al buscador para todo, hoy la creación está en desuso porque la información satisface los requerimientos de un sistema que solo necesita dos posibles respuestas: Sí o no, uno o cero.

La creación del conocimiento entonces resulta una rebeldía, una indispensable rebeldía. La idea de la selectividad, del criterio para construir visiones del mundo, la necesidad de cuestionar y generar paradigmas, se ven mermada por una suerte de spam informático. Allí donde “cultura” y sus millones de resultados no se pueden ver solo como posibilidades del conocimiento, sino como el conocimiento. Allí donde los libros de una biblioteca tradicional ya no aportan más que una búsqueda en Google, la sociedad se ve envuelta en una suerte de Neoenciclopedismo donde queremos abarcar todo lo que podamos “conocer”, pero sin reparar, sin ninguna cavilación o cuestionamiento de nuestros “hallazgos”. Y es así que el conocimiento en esta era no debe nacer de la reflexión, del pensar o del crear, simplemente debe ser el “resultado” más relevante de Google y nada más.

domingo, 22 de marzo de 2015

Filosofía del estúpido - Paolo Astorga

Filosofía del estúpido



Escrito por: Paolo Astorga


“Jamás el estúpido intentará salir de su condición alienante, porque salir implica aceptar que se está a merced de su terrible conciencia, de la marca que imprime sobre él sus propias acciones”.


Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda.
Jean de la Fontaine


No hay necesidad sino deseo. Ser estúpido no es una moda, es una filosofía. Entiendo bien que puede resultar paradójico, pero el imbécil tiene una filosofía muy sistemática. Parte de una relación de desconexión con el medio, una entrega ya no de una parte de su libertad –la más angustiantes de las facultades humanas-, sino de la entrega completa de su ser al demiurgo de sus propias vacuidades. El mundo es del idiota y el idiota le da un sentido, crea un orden cercano a un mundo feliz. Entregar nuestra libertad es una premisa cultural, la respuesta rápida ante nuestra conciencia sobre lo profundo de la vida y de la muerte. Creo que hay una pedagogía de la estupidez tan bien entendida y entretenida que para ingresar no hace falta una selección rigurosa de sus miembros, pues, si se quiere ser parte de esta Academia del estúpido, solo hay que comulgar con la simple idea del apaciguamiento, de la somatización, de la narcolepsia existencial y cumplir fielmente los dogmas del placer más flaco.

La idiotez entonces es una cobardía que se permite pues ayuda intensamente a generar un establishment, un posicionamiento equilibrado de la sociedad que no puede (no debe) detenerse en minucias intrascendentes o peligrosas como enfrentarse a la utopía de los porqués. La filosofía del estúpido enarbola la tesis de la satisfacción rápida y fácil por medio de mecanismos que vuelquen la excitación de los sentidos, el desgaste biológico, el llenado del tiempo en la intrascendencia. Coleccionar, experimentar una risa robótica, pero divertida, excitarse permanentemente es un fin irrenunciable para la filosofía del estúpido, pues salvo la diversión fofa o la masturbación sinsentido de los placeres aparentes, lo demás, es una aburridísima forma de vivir. No hay ninguna crítica eficaz contra la filosofía del estúpido, pues el estúpido jamás busca esencias, sino simplemente llenar huecos e hilvanar una conversación que termine siempre en incomprensibles, pero excitantes realidades artificiales. Una lógica tan cierta es vaciarse todo en la veracidad del esclavo que ha aprendido que su medio no es el dolor, ni la angustia, sino solo la orgía y la eyaculación infinita de un aparente paraíso. No hay identidad para el estúpido, sino solo modos de adquirir nuevos perfumes que lo fascinen, que lo dejen embobado por algún lugar. El lenguaje, mientras más directo y breve; mientras más veloz y vacío de sentido, se constituye como una forma de voluntad exquisita de la masa por adherirse a esa ideología estupidizante.

Las condiciones adversas no existen en una sociedad de estúpidos. Todo anda ordenado y en mayor medida, los problemas existenciales o las relaciones solo se definen en forma de golpes hormonales, de códigos binarios cuya respuesta siempre es la satisfacción personal apuntando la frustración de la incompletud del ser que desea y no logra. En un mundo de estúpidos jamás hay un deseo sin cumplir, porque cada deseo es siempre el mismo y es tan superficial como comprarse unas nuevas zapatillas o ir al spa. No existe profundidad, porque se ha aprendido a domesticar a los cerebros rebeldes dándoles una serie de mecanismos para la crítica -tan vacía y estúpida- que la discusión se ha convertido en un tremebundo ruido sin sentido. El estúpido es el nuevo engranaje del sistema, porque de él depende no solo la dinámica social, sino también la económica. Dada sus características devoradoras, hedonistas y narcisistas, el estúpido ama ser un explotado, sueña con adquirir, con tener, desea a toda costa convertirse en una sofisticación constante, en un presente imperecedero.

Y sin embargo para el estúpido lo importante es coleccionar, cazar, acumular. El estúpido debe procurar mantener la llama de sus deseos lo más ardiente que pueda. Y para que esto suceda, debe anular la necesidad de trascendencia pues, si no lo hace, corre el riesgo de encontrarse ante un terrible predicamento: elegir.

El estúpido lo sabe: El mayor beneficio es el confort, el escape y el arrullo. No obstante la violación es sistemática. El que ha dejado de lado la angustia de pensar, de trascender el simple saber para adentrarse a los peligros de cuestionar los grandes muros de lo establecido, vive en un estado donde la felicidad jamás es personal, jamás es cuestionable, jamás es modificable.

Y entonces el idiota acepta su condición animalizada, de reptil humano, porque se lo ha impulsado a la idea de que facilidad es bienestar,  a la doctrina de dejar el esfuerzo a los otros y vivir en lo más positivo, en un estado sin peso, sin la angustia de fallar. El idiota nunca falla, y si esto sucede, existe un “seguro”, un comodín mágico que todo lo arregla. ¿Culpa en el estúpido? No, ni mucho menos un leve remordimiento. El mundo siempre es perfecto mientras el estado anímico permita el placer y la emoción. El estúpido vive del gusto, de esa sensación que le produce la prolongada repetición de lo fácil. Jamás el estúpido intentará salir de su condición alienante, porque salir implica aceptar que se está a merced de su terrible conciencia, de la marca que imprime sobre él sus propias acciones.

La gran mentira para el estúpido es la cultura, sin embargo, sí es cultura el espectáculo. ¿Y por qué? Porque el espectáculo supone siempre una actualización. Lo nuevo es la directriz. La acumulación de emociones, mas no de sentimientos. Las emociones son comerciales, pues pueden imprimirse sobre ellas una fecha de caducidad, en cambio, para los sentimientos siempre hay una superación que va más allá del mero consumo, pues como diría Agnes Heller en su extraordinario libro Teoría de los sentimientos (1999): “Sentir significa estar implicado en algo”. Lo importante -algo que escapa del ser estúpido- es la cualidad de poder mantener el sentimiento, pues este implica una responsabilidad, una identidad. El estúpido no es un ser anclado, ni mucho menos un ser que cuestione sus actos desde lo sentimental, muy por el contrario, es extremadamente emocional pues busca solo el experimento y la gratificación, mas no, la relación e identidad.

Y aunque es sistemática la estupidez, aunque se vive hoy más en la estadística que en la diversidad, vivimos del "creer" en vez del "crear". En esa ilusión amada a la que llamamos mayoría, la estupidez se presenta como condición humana, como un beneficio actual, como un sujeto renovado que vive sin la necesidad imperiosa de pensar en la belleza de lo desconocido, en el caos con el que se concentra un suspiro. Lamentablemente, el mundo ha perdido voluntariamente el deseo de seguir comiendo manzanas prohibidas, de ser echado nuevamente del paraíso y ser él sin tener que convertirse en cosa.

viernes, 20 de marzo de 2015

Entrevista a Samantha Barendson - Paolo Astorga

Entrevista a Samantha Barendson
La poesía es una bofetada. La recibes en plena cara, durante un instante estas medio despistado/a y ves formas y colores extraños. Luego todo vuelve a la normal, pero te queda el rosado en los cachetes y la caricia de la mano”.




Entrevista realizada por: Paolo Astorga


¿Desde cuándo comenzó a escribir?
Siempre escribí un poco, nada concreto, de a rato, fue el verano 2004 el momento en que salió la real necesidad de escribir, aquella sensación de no poder hacer otra cosa.

¿Por qué?
Al principio fue por aburrimiento, para llenar un vació. Pero, a lo largo de los años, aquello que había sido catarsis puro (y de hecho, textos malos) se fue transformando en algo más universal (y de hecho, en textos buenos).

En cuanto a la poesía, ella se acercó a mí una noche del 2007 con la antología poética de Alfons Cervera “Los cuerpos del delito” (Obra completa, Valencia, Rialla Editores, 2002). Antes de leer al gran poeta valenciano, yo escribía sobre todo cuentos y obras de teatro. Después de aquella lectura, escribí "Los delitos del cuerpo" en tres noches, 35 poemas en castellano traducidos al francés, respuesta inmediata y necesaria a una forma nueva (para mí) de escritura, corta y potente.

¿Qué es para usted la Poesía?
La poesía es una bofetada. La recibes en plena cara, durante un instante estas medio despistado/a y ves formas y colores extraños. Luego todo vuelve a la normal, pero te queda el rosado en los cachetes y la caricia de la mano.

Cuéntenos sobre su vida, sus obras, sus proyectos, su actividad literaria
Lo importante para mí es difundir poesía. Vivo en Francia, en un país que considera que la poesía es un género elitista que se dirige a un público intelectual. Yo trato demostrar todo lo contrario con la ayuda de los 11 miembros de mi colectivo “El sindicato de poetas que algún día morirán”. Entonces, por un lado escribo libros, pero por el otro voy a todas partes a leer mi poesía: en la bibliotecas, en los bares, en los teatros, en la calle, donde sea, para intentar mostrar a la gente que la poesía es de todos y para todos.

Últimamente he recibido un premio de poesía, el premio René Leynaud (poeta y resistente francés) que recompensa a un poeta cuya obra poética es emergente y resistente. Así me siento.
Mis proyecto son de seguir el combate poético.

¿Cómo define su poesía?
Mi poesía es muy variable, no me gusta hacer dos veces la misma cosa. Ciertos poemas mios son como cuadros, intentan mostrar paisajes y lugares que yo he visto, vivido o conocido y que me gustaría compartir, y como no sé pintar ni dibujar los escribo, intentado mostrar todo el relieve, colores, sensaciones y olores. Otros poemas son música, lo que me interesa es el ritmo, el texto se construye en voz alta a partir de ese ritmo generalmente inspirado del tango o del jazz. Me gustan esto textos para las lecturas públicas, y generalmente los comparto con músicos. También en otros poemas, intento sólo ser narrativa y abarco temas que me importan mucho tales como el exilio, los desencuentros, los desaparecidos. En estos casos, la construcción es más clásica, en prosa o en versos pero siempre intentando mantener cierto ritmo rotundo.

¿Cree que el poeta es un ser obsesivo?
Hay que tener cierta obsesión para seguir defendiendo semejante forma. Dicen que nadie escucha poesía, que nadie lee poesía, que nadie vende poesía. Es verdad y es mentira. Con el colectivo nuestro objetivo es, al contrario, promover la poesía para todos y por todas partes porque la poesía debe ser oral, hablada, gritada, en movimiento, viva.

¿Qué escritores o poetas han influenciado en su producción literaria?
Como lo he dicho antes, Alfons Cervera ha permitido que yo escribiese poesía. Pero aquellos quienes la influenciaron son Alfonsina Storni, Mario Benedetti o Julio Cortázar, pero también y sobre todo mis contemporáneos, todos los poetas que cruzo y escucho en los diferentes festivales. Ellos me nutren verdaderamente gracias a la energía y la fe que comparten conmigo.

¿Qué tan importante para usted es la literatura?
Menos importante que el amor pero mucho más que la política.

¿Es necesario que el escritor sea un hombre comprometido?
El sólo hecho de escribir compromete ya al hombre. Yo escribo textos que me parecen sencillamente "buenos" porque hablan de amor, de sensualidad, de sexualidad a veces, de injusticias, de desamores, des desapariciones, de exilios, de gente que busca su lugar, su gente, su respiro, etc. Yo siempre pensé que no escribía texto directamente políticos, pero no es así, todo es político, todo puede molestar, todo puede ir en contra de otro pensamiento, y escribir, escribir lo que sea, y publicarlo, es afirmar una forma de pensamiento que puede ser interpretada y malinterpretada.

¿Cuál es el fin de su poética?
Mi poesía intenta destacar la belleza del ser humano con sus fragilidades, sus carencias, sus dolores. Es una poesía llena de ternura, una escritura que tiende hacia cierta forma de universalidad, de unidad.

¿Cómo ha cambiado su lenguaje poético a través de los años?
Al inicio tuve un período de superadjectivación, algo muy barroco. Luego un período todo contrario de minimalismo japonésido. Pasé por un período muy narrativo y descriptivo, realista por decirlo así. Ahora no sé, tengo ganas de escribir canciones.

Dentro de su producción literaria, ¿Qué obra elegiría usted por optar en una en especial?
Mi mejor libro es mi último, El limonero. Lo he escrito en francés, pero lo estamos traduciendo al castellano. (De hecho fue este libro que recibió un premio)

¿Qué hace antes de escribir?
Intento resolver los problemas que podrían molestarme durante la escritura. Me visto cómoda, tomo agua, como una manzana, voy al baño, pongo una almohada sobre mi silla, apago el celular, cierro el Facebook.

¿Qué opinión tiene usted sobre la poesía que se publica en la actualidad?
Últimamente he leído 5 antologías de "joven" poesía (2 chilenas, 2 argentinas y 1 uruguaya), y me he quedado feliz con lo que he leído. Autores como Fernando de Leonardis, Mori Ponsowy, Javier Vallejos Amil, Sergio Taglia, Juan Manuel Daza, Jorge Castro Vega, Jesús Sepúlveda y tantos otros...), hay energía, fantasía, destructuración de lo formal, intensidad, ritmo. Yo tengo muchas ganas de compartir, conocer, trabajar con otros poetas de todas partes del mundo.

¿Qué es para usted un buen libro?
Es un libro que me hace cosquillas en la panza y que no me deja dormir hasta que no lo he terminado.

¿Cómo ve usted hoy por hoy la industria editorial? ¿Cómo autor, qué soluciones le daría a este problema?
Yo veo cómo funciona en Francia. La poesía con el teatro representan el 0,2% de las ventas de libros...
Eso tiene varias razones: La gente no se anima a comprar poesía porque no sabe que le gusta; los editores muchas veces no hacen su trabajo de comercial, no se animan a tratar al libro de poesía como "producto" y no le hacen la publicidad necesaria; los media (televisión, radio, Internet) tampoco hacen  promoción. Hay que intentar glamourizar a la poesía, mostrar su potencial de interés, de diversión, de placer.

¿Cree en los concursos o certámenes literarios?
Creo que me acaban de dar un premio bastante importante, y estoy muy feliz y orgullosa. Pero no sé si tendrá algún impacto. Por ahora, han salido dos artículos en la prensa, pero no me han llamado ni la televisión, ni los editores, ni me han invitado a nuevos festivales (Trois-Rivières y/o Medellín sería mi sueño)... Veremos...

¿Qué opina de las nuevas formas de difusión literaria por Internet, como revistas literarias, blogs, páginas sobre literatura, redes sociales, entre otras?
La difusión en revistas y blogs/páginas me parece fantástica porque nos llega información de todas partes, el mundo es nuestro y es fácil tener una imagen casi mundial de lo que suele ser la poesía contemporánea.
También la utilización de las redes sociales ha cambiado mucho mi manera de trabajar. He conocido a artistas (pintores, fotógrafos, músicos,...) con quien he podido trabajar y que no hubiese conocido sin la ayuda de las redes.
Por fin, Internet es el mejor método para difundir y hacerse conocer fuera del propio ámbito o ciudad.

¿Cuáles son las obras que recomienda leer?
-Los cuerpos del delito, de Alfons Cervera
-Los delitos del cuerpo, de Samantha Barendson (ya que estoy, hago un poco de publicidad :-)
-Rayuela, de Cortázar

¿Cuál es el consejo que daría a los nóveles poetas?
Antes de empezar a escribir, leer mucho.
Luego mirar, escuchar, sentir, vibrar, hacer el amor, comer, saltar.
Y frente a la hoja o a la computadora, ir a lo esencial, sacar lo superfluo.

Por último: ¿desea agregar algo más?
¡Que viva la poesía!



Poemas de Samantha Barendson



- El vuelo de la muerte -

Azul, calma azul, vaivén de olas.
Paisajes como postales.
Pero, en profundidades de mares y memorias
cuerpos aún adolescentes,
dormidos, heridos, se descomponen
anónimos, en mil novecientos setenta y seis.

Aviones militares rajan cielos de algodón,
como águilas desvanecen
en el turbio horizonte.

Y nacen los desaparecidos.

No es azul, es más que azul,
es tan azul que se vuelve turquesa,
casi verde.
Y  aunque uno busque sinónimos azuleados,
nada alcanza la zarca inmensidad,
los celestes reflejos del espacio marino,
las cerúleas profundidades
de mareas inciertas.
Pero no es azul,
es más que azul,
es una mezcla de nomeolvides,
esmeralda y lapislázuli,
un azul más garzo que la rabia en tus ojos,
más azul que un monocromo de Klein
más azul que una ola de Hokusai,
pero no es azul,
es más que azul,
es un azul de mar y de memoria
un azul ennegrecido por cuerpos tirados de helicópteros,
un azul teñido de desapariciones,
un azul criminal,
un azul culpable,
uno rojo.


- Trenes -

Los paisajes pasan como Jackson Pollock, vacas punteadas, nubes estiradas, manchas girasoles y rieles retorcidos. La ventana fría pega en mi nariz y siento el traqueteo de la bestia humana.

Tatactatúm, tatactatúm, tatactatúm.

No soy Eva Marie Saint, no tengo la intriga internacional ni los besos de Cary Grant. Tras el cristal, paisajes de postales, campañas de entre-guerras, improntas ferroviarias: una vaca, un castillo, una iglesia, un burro, un viejo ciclomotor o un tren de vapor, hierbas infinitas, campos de amapolas, pueblos suspendidos, la autoestopista fantasma, ovejas, tal vez cabras, otra amapola, una falda acampanada, una lata, una bolsa de plástico, una lámpara de neón, un flash.

Tatactatúm, tatactatúm, tatactatúm.

Yo no soy Celia Johnson en Breve encuentro esperando el próximo jueves, el próximo jueves, el próximo jueves, el amor prohibido en un cafetín. Tras el vidrio, amargos paisajes que se repiten y desfilan y vuelven y vuelven a pasar y giran y recomienzan y las vacas se parecen y la nieve oculta los pasos de lobos, ogros y brujas.

Tatactatúm, tatactatúm, tatactatúm.

No soy Marilyn Monroe con faldas y a lo loco. Ante mis ojos inmensos pastos, piedras y malas hierbas que cuernos estupefactos rumian, metódicamente.

Tatactatúm, tatactatúm, tatactatúm.

Desfilan los kilómetros, el Sur aun lejano.
Ciento cinco punto ocho, llegaremos mañana.



Horizons / horizontes

Les immeubles portègnes            Edificios porteños
se cachent                                        esconden      
derrière des parisiens.                   Parisinos.

L'océan reflète                                Oceánicos reflejos
leur silhouette urbaine                 de silueta urbana
et l'Atlantique voudrait                El Atlántico quisiese
être la Seine.                                               ser el Sena.

Nous marchons sans but              Caminamos sin rumbo
de San Telmo                                              de San Telmo
à Saint Germain,                            a Saint Germain
de Recoleta                                      de Recoleta
au Quartier Latin.                          al Quartier Latin

Je regarde au loin                          Miro a lo lejos
et l'horizon                                      y el horizonte
est triple.                                          es triple.

Paris                                                  Buenos Aires
de l'eau                                             agua
et Buenos Aires.                             y París.




Sobre la autora:
Samantha Barendson, Nacida en 1976 en Vilanova i la Geltrú de madre argentina y padre italiano, vive ahora en Lyon donde trabaja en la Escuela Normal Superior.
Después de haber hecho estudios de literatura hispanoamericana en la facultad de Lyon 2, donde  analiza los cuentos de Cortázar y la ausencia de puntuación en El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, se dedica a trabajos de traducción y termina escribiendo sus propios textos.
Actualmente consagra las horas de la noche a la escritura poética, a las problemáticas de la traducción poética y al teatro. Escribe así poesía en varios idiomas, sola o acompañada por amigos poetas, pintores, ilustradores o fotógrafos, escribe a mano libros de artistas, escribe también obras de teatro y cuentos para niños. Le gusta declamar, gritar y hasta cantar en el escenario, es a veces comediante frustrada de no ser cantante de tango.
Publica regularmente en revistas de poesía. Cuatro de sus recopilaciones de poemas han sido publicadas.
También forma parte del colectivo “Le syndicat des poètes qui vont mourir un jour”.
Obra poética:
-El limonero, Editorial Le pédalo ivre, Lyon, Francia, junio 2014 (Premio René Leynaud 2015)
-Le combat, con el poeta Jean de Breyne, Collection Duos, Estrasburgo, Francia, 2012
-Los delitos del cuerpo – Les délits du corps, Christophe Chomant éditeur, Rouen, Francia, diciembre 2011
-Des coquelicots – Amapolas, Le pré # carré éditeur, Grenoble, Francia, diciembre 2011





domingo, 15 de marzo de 2015

La importancia de las palabras - Paolo Astorga

La importancia de las palabras


Escrito por: Paolo Astorga


“Quien escribe, quien expresa, se ha de preocupar por las palabras, no solo como un medio, sino como ese receptáculo de posibilidades expresivas. Las palabras nos posibilitan acercarnos en profundo con los demás, porque en primera instancia nos permiten un acercamiento profundo con nosotros mismos”.


Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma.
Julio Cortázar


Desde la antigüedad la palabra ha sido más que una simple herramienta de expresión. Se la ha ligado al poder de la creación misma en tanto esta tiene el misterio de dar vida, de vivificar. Sin embargo, la palabra como ente que trasciende las fronteras del mero nombrar, del mero decir, es hoy por hoy un producto que se ha diluido en el abandono más profundo, en el desmembramiento, en tanto la palabra solo sirve como un vehículo de intercambio, mas no como una finalidad que trascienda el grado cero, el molde, el lugar común. Hoy más que nunca las palabras han perdido capacidad creadora porque no se las ve como posibilidad, sino como medios transmisores de pensamientos, ideas y formas muchas veces ya parametradas, ya establecidas o cuyo valor es muy pobre o en cierta medida poco necesario.

Y es que es cierto. Es la ausencia de la metáfora, la falta de reelaboración, de reconstrucción, de ampliación de los horizontes, lo que hace que la palabra se convierta únicamente en un medio. Nadie ve a las palabras como una forma para explorar identidades, para expandir esencias. La palabra se ha convertido en una herramienta industrializada, homogeneizada a la moda, al consumo de las ideas que se han fijado en el molde de lo establecido.

En la actualidad expresar con palabras resulta harto problemático porque las palabras han perdido su valor incendiario, la rebeldía que conlleva la aventura de salir de lo conocido y descubrir esa nueva sonoridad, los nuevos sentidos y significaciones que no solo se centran en la comunicación, sino en la constitución misma del ser humano y su entorno. Cuando la palabra usa su característica plasticidad para destruir los barrotes de la cultura establecida, cuando escapa de las garras del mecanicismo, cuando se enfrenta ante la inmovilidad de los moldes, es allí donde redefine a la sociedad misma y desnuda la porosidad del poder, el mito de lo ya fijado.

Sin embargo, me temo, el silencio y el ruido lo van poblando todo. Cuando hablamos, cuando mediamos, hemos desterrado el encanto de las palabras para solo decir lo que se debe decir. Sin ningún recurso más que la mera trasmisión de información, sin la expresión de la riqueza del lenguaje, las palabras se han convertido en objetos que van perdiendo todo sentido, que van desligándose de lo humano para convertirse en objetos, en productos que más se asemejan a un puente que a un paisaje. Las palabras como puentes solo cumplen la función conectiva, solo son el móvil para un decir que se repite, que se reitera, que se convierte en hábito. Sin embargo, casi nadie hoy en día se esfuerza por una reivindicación de la palabra como dadora de vida, como creación.

Noto, no con cierta preocupación, cómo la creatividad misma ya no es parte de nuestras palabras. En mi caso que tengo la suerte de enseñar talleres de escritura creativa a estudiantes de escuela, veo cómo las palabras han dejado de lado su posibilidad constitutiva, para convertirse en medios despojados de toda posibilidad nueva. La imaginación, la mente misma, requiere de ese lenguaje de las palabras para desarrollar sus límites, sin embargo, en muchos casos la palabra no funciona como un detonador de esos límites, sino que solo los fortalece, los hace invencibles. Por otro lado, cuando un muchacho crea un poema, cuando escribe un cuento, cuando expande su visión personal sobre un tema cualesquiera de su propia realidad, está haciendo algo más que decir, está dándole sentido a sus ideas, a sus emociones, a sus sentimientos, a su vida. Escribir en este caso será una forma subversiva pues pondrá a las palabras no solo como vehículos transmisores de información, sino que hará patente la expresión emocional e ideológica, la visión personal de un mundo que solo quiere que todos sean iguales.

Quien escribe, quien expresa, se ha de preocupar por las palabras, no solo como un medio, sino como ese receptáculo de posibilidades expresivas. Las palabras nos posibilitan acercarnos en profundo con los demás, porque en primera instancia nos permiten un acercamiento profundo con nosotros mismos. El deseo por decir, por expresar y plasmar esa carga subversiva de las palabras no debería ser exclusivo de los poetas, de los escritores, sino de toda persona que busca en los demás más que simples medios para constituirse como algo. La palabra que vivifica, que crea, es también aquella que transporta nuestra honestidad, nuestra desnuda sinceridad.

Ivonne Bordelois en su excepcional libro La palabra amenazada (2003) nos dice que las palabras han perdido la riqueza expresiva de la que son posibles gracias a una concertación del poder, de las modas y el consumo masivo. Y es que las palabras son subversivas en esencia porque tienen la capacidad no solo de expresar, sino también que en esa rica expresividad “reside la raíz de toda crítica”. El creador, el que construye expresividades que escapan de la monotonía, del lugar común en que las palabras han encallado y pareciera que no tienen escapatoria, es allí donde el valor liberador de la palabra cobra vida. Las palabras no se reducen a un simple cúmulo vocabulario, sino que su verdadero poder está en el vaciado de los pensamientos, del ingenio, de la expresión en la plasticidad de ellas. Las palabras tienen como principio la libertad para hacer cuanto destrozo podamos con ella. Según Bordelois la “magia” del poder de las palabras reside en las posibilidades para el cambio de los paradigmas, de la posibilidad para acercar a las personas con el fin de escapar a toda coacción o amenaza. Sin embargo, la autora nos dice que hoy la producción de las palabras está ligado a lo mediático, es decir a esos grandes medios de comunicación que insertan en la gran masa palabras y sentidos homogeneizados. Un solo pensar, un solo sentir, un solo actuar. Controlar la palabra, es controlar la creación, acallar la rebeldía, mantener el establishment, por eso es necesario reducirla o en el mejor de los casos, regirla, fiscalizarla, producirla en un único sentido del que todos puedan usar con la seguridad de que sea inocua al sistema de poder.

Es por ello que por ejemplo muchos de los contenidos de la televisión que son absorbidos por la masa consumidora de este medio pasan a constituir su lenguaje y se rigen bajo los sentidos y significaciones de estas palabras fabricadas para el público. El consumo de estos medios, no solo se queda en el entretenimiento, sino también en el aprendizaje de la carga semiótica de las palabras y el modelado de nuestra mente, de nuestra expresividad y nuestra creatividad que ha reducido nuestras posibilidades a las posibilidades de los grandes medios de comunicación. Caso concreto: Un niño cuyo campo del lenguaje está regido por medios masivos de consumo de entretenimiento tendrá un cúmulo de palabras que se expresarán desde ese espectro mediático de consumo. Las posibilidades creativas además seguirán la línea de los parámetros establecidos por los medios que han cosificado a la palabra misma para darle una significación que satisfaga los intereses del mercado, del consumo.

Hago esta afirmación porque diariamente observo a mis alumnos y puedo notar que sus capacidades creativas muchas veces tienen ya una estructura regida significativamente por el lenguaje de la televisión o las modas. Para muchos de ellos las palabras deben significar siempre una misma cosa y no deben ser la posibilidad para el juego que rompa con el molde de lo establecido. De esta manera si es que en un ejercicio de escritura creativa yo les planteo escribir sobre una historia de amor, muchos de mis alumnos, darán a la expresividad de la palabra “amor” un sentido próximo a su experiencia mediática, a la posibilidad común de significado de la palabra: “dos personas que se aman.” Sin embargo, al ser controlada su imaginación, su creatividad por los grandes medios, por el hábito de la sociedad misma que intenta hacer de lo infinito uno, es el enfrentamiento de la posibilidad creativa lo que alienta a muchos de ellos a salir de esos espacios monótonos u homogenizados de expresión y lanzarse, no con poca angustia, a la aventura de la creación por la palabra. Explorar con alegría y pasión la trascendencia que se puede lograr con el lenguaje que no se queda en los moldes, sino que modela sus propias expresividades. Es el pensamiento mismo con la palabra lo que se expande, lo que libera su poder subversivo, lo que conlleva a hacer pensar y a la reflexión, todo, en un simple ejercicio de creación escritural. He allí la importancia de la palabra como liberación, pero también como develadora de la precariedad de la cultura del poder, del consumismo y la negación de lo diferente.


Lamentablemente, la expresión es peligrosa pues no permite los moldes establecidos, ni mucho menos las prohibiciones a la imaginación, a la creatividad. Son pues las palabras desde sus posibilidades expresivas las que detonan el aparato de las dictaduras, de la violencia misma, de la miopía del pensamiento.  Y sobre todo, la palabra debe ser reivindicada como un profundo mecanismo para reconocernos como humanos.  

domingo, 8 de marzo de 2015

La pérdida de lo serio - Paolo Astorga

La pérdida de lo serio


Escrito por: Paolo Astorga

“No importa saber de filosofía o literatura, porque es un saber “muerto”, difícil, inútil. ¿A quién le importa leer en esta era donde otros pueden hacer el trabajo por uno? ¿Acaso es necesaria la reflexión hoy en un mundo tan irracional donde a diario se mata por unos cuántos centavos? ¿De qué sirve pensar, si la carne está servida en la mesa?”


Hace unos días terminé de releer un interesante libro de Ernesto Sábato llamado El escritor y sus fantasmas y, muy aparte de la genialidad de Sábato para condensar y hacer accesible a todos sus agudas reflexiones sobre la novela, la teoría literaria y el arte en general, me quedo con una frase que por demás es muy conocida: “Una de las misiones de la gran literatura: despertar al hombre que viaja hacia el patíbulo”. Esta tremenda frase resume simbólicamente la necesidad de toda persona por ser “despertada” de su somnolencia, de su apaciguamiento para a través de la literatura y, de todo el conocimiento en general, encontrar la conciencia que lo lleve a pensar y pensarse frente a lo inevitable en la vida: La muerte, la destrucción, el olvido. Sin embargo, esta frase excepcional no solo imprime una gran necesidad del hombre actual por asirse, anclarse a un compromiso que lo transforme y transforme su realidad, sino que también muestra una profunda carencia actual, la inconciencia que nos hace conformes, satisfechos, felices e inmóviles.

Entonces, encontrar esa consciencia, esa responsabilidad de nosotros con nosotros y para con los demás requiere revalorar una palabra que sin duda es poco afamada y hasta perjudicial a nuestra era actual, me refiero sin duda que hoy por hoy, lo serio si no ha desaparecido está en vías de serlo. Lo serio definido como aquella facultad que pretende generar en aquel que la posee una actitud de disciplina y responsabilidad con la realidad a la que pertenece. La seriedad para muchos es “nociva” y a la vez difícil de acceder ya que tiene un costo que va más allá del mero tener o poseer. Ser serio plantea como principal característica ser consciente de uno mismo, es decir, conocerse, pensarse y pensar a los demás como seres humanos y no como simples medios móviles. A la seriedad hoy se la ve como una actitud nociva que aplasta el sentido “jovial” de la modernidad. Como lo actual supone siempre la sonrisa como un medio de acercamiento con el otro, la seriedad termina por ser siempre un modo desfasado y lento de observar el mundo y de vivirlo. Toda seriedad genera la sinceridad y el conocimiento en profundo de las situaciones, pero, muchas veces la seriedad parte del dolor y de la frustración. Somos serios porque hemos “despertado” para reconocer que nuestro camino nos lleva al patíbulo y esto nos ha llenado de dolor al reconocer nuestra insignificancia.

Por otro lado, la seriedad no tiene nada que ver con la idea de reír o de diversión. En un mundo donde la diversión es la divisa simbólica intercambiable, el eje que mueve las relaciones interpersonales, la seriedad no solo se opone a la diversión como mecanismo de ablandamiento y letargo, sino que la combate, pues genera personas que comprenden a su propio ser y pueden ser autónomas.

Hoy la sociedad ha trastocado enormemente sus valores. Lo serio resulta ahora una pérdida de tiempo, una estupidez, mientras que lo poco serio, lo intrascendente es lo más importante. No importa saber de filosofía o literatura, porque es un saber “muerto”, difícil, inútil. ¿A quién le importa leer en esta era donde otros pueden hacer el trabajo por uno? ¿Acaso es necesaria la reflexión hoy en un mundo tan irracional donde a diario se mata por unos cuántos centavos? ¿De qué sirve pensar, si la carne está servida en la mesa? La actitud de seriedad no pretende mágicamente desaparecer los problemas del mundo, sino, generar la responsabilidad de abordarlos para hacerlos nuestros y así encontrar caminos posibles. Me temo que en este momento, en este ahora interminable en el que nos encontramos, hablar resulta ser una actividad colosal, pues supone dejar nuestra comodidad para enfrentarnos a una realidad que nos consume tanto como la consumimos. De esta manera tomar las cosas en serio es una rebeldía. Porque rebelarse es siempre ir contra lo establecido y si lo establecido dicta cual moda negar todo lo serio, la conciencia, en aras de una diversión perpetua y cada vez más superflua e irracional, la seriedad es un trabajo de pocos.

La necesidad de desprenderse de ese ser narcotizado por la insignificancia, generará el reconocimiento de nuestra bella inexactitud. No podemos vivir como seres que se duplican en copias exactamente idénticas día tras día. Toda persona que ha alcanzado la seriedad desde el despertarse, sabe que no puede quedarse quieto. La seriedad nos impulsa a tomar las riendas de nosotros mismos y dar forma o claridad a nuestra propia realidad. Sin duda la cuota de la seriedad hoy en día es el dolor de saber que se está solo en este gran valle de lágrimas y sin embargo, tener la certeza de que se mira al mundo no como una simple despensa para mi egoísmo, sino, como una posibilidad para reconocernos y reconocer la riqueza de los demás.

jueves, 5 de marzo de 2015

Entrevista a Manuel Aguirre - Paolo Astorga

Entrevista a Manuel Aguirre
Yo no escribo para deleitar al lector con las delicias del lenguaje. Escribo para punzar, herir, sacudir, mostrar la basura que tenemos dentro, inseminar la rebelión en los oprimidos, ayudar a romper las reglas del juego con que se esclaviza a los seres humanos”.




Entrevista realizada por: Paolo Astorga



Desde cuándo comenzó a escribir? ¿Por qué?
Poco después de haber empezado a leer literatura. Quiero decir, novelas, poemas, dramas, comedias. Esto fue allá por el año 1967, en que todavía me encontraba en servicio activo para el ejército peruano.

¿Qué es para usted ser escritor?
El escritor es un auditor de la sociedad humana, de su historia, al mismo tiempo que es un ensayista de su futuro.
 
Cuéntenos sobre su vida, sus obras, sus proyectos, su actividad literaria
Una niñez solitaria, triste e intuitiva, llena de fantasías personales en la oscuridad de la mente. Crecí, sin ningún control o guía familiar, revelándole contra el estatus quo y llegue a ser un adulto productivo por la gracia de Dios. El ejército me domesticó y me dio la oportunidad de aprender a estudiar. Viajé y viví en Francia, Hungría y España. Retorné al Perú en 1977 para estudiar en ESAN. Allí obtuve mi grado de magíster en administración y posteriormente trabajé con éxito en bancos y compañías de seguros. En 1987, y gracias a las acciones y amenazas de secuestro por parte de delincuentes comunes o SL; (nunca pude determinar quiénes eran los que aterraban a mi esposa con sus llamadas pidiendo dinero a cambio de mi vida); emigré a USA. Allí trabajé el primer año como obrero de construcción, luego, los siguientes 4 años como contratista en remodelación de casas y los restantes años (por culpa de una recesión), en bancos de hipotecas, mientras escribía por las noches y fines de semana, hasta que llegó la edad de mi retiro. En el año 2013 me mudé a Oxford, Mississippi (la ciudad de W. Faulkner), que es donde actualmente resido.

Mis obras: he publicado en 1972 un libro de poemas, “Razón de silencio”, edición del autor; una novela, “una bala en la frente”, EstruendoMudo, Lima, 2006; esta misma novela, traducida al francés, “Une Balle dans le front”, Les fondeurs de briques, Saint Sulpice, 2010; Reedición de la misma novela, en español, Planeta Perú, Lima, 2013. En el 2007  se publicó mi libro de cuentos, “Reyertas y desafíos”, El Santo Oficio, Lima.

Tengo, terminada e inédita, la novela, “Insurgente”, segunda entrega de mi trilogía, “Dudas y murmuraciones”. Estoy escribiendo la tercera novela de la citada trilogía (con el nombre, “Crisol”). Estoy escribiendo un segundo libro de poesía (con el nombre, “Séptimo día”) y un ensayo sobre un libro de poesía de un joven y revolucionario autor peruano. Por último, tengo en la línea de producción una novela adicional con el nombre provisional, “Taxi”, y una novela de ciencia ficción con el nombre provisional, “Éramos”.

En la actualidad tengo 74 años de edad, soy discapacitado (por mis rodillas), y aparte de escribir tengo múltiples tareas que afrontar en este pequeño pueblo en el que vivo con mi esposa y mi hijo menor (31 años). En mi casa soy el encargado de mantener funcionando y reparar las computadoras de la casa (4). Soy el plomero, electricista, jardinero, granjero, cocinero (cuando se necesita), etc. Por todo esto, como te imaginarás, y por mi edad y mi limitación física, me queda un tiempo limitado para ejecutar todos mis proyectos. En resumen, haré lo que el cuerpo me dé en el tiempo que Dios me permita vivir y trabajar.
 
¿Cómo define su narrativa?
Realista, transgresiva, irónica, graciosa, profundamente crítica, con tendencia fuerte hacia la prosa poética. El lenguaje que uso es simple y llano, me gustaría acceder al mayor número de lectores en todas las clases socioeconómicas. Trato de ser honesto y amoral, desde el punto de vista del narrador.

¿Cree que el escritor es un ser obsesivo?
Absolutamente, sí.

¿Qué escritores o poetas han influenciado en su producción literaria?
Ciro Alegría. Vallejo. Vargas Llosa. García Márquez, Julio Cortázar, J.L Borges, Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Milan Kundera, Chuk Palahniuk, Kurt Vonnegut, Don DeLillo, Allen Ginsberg, Henry Miller, Arthur Rimbaud, Dante Aligghieri, Homero, Arquíloco, John Edward Williams, Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio, George Steiner, Antonin Artaud, Ambrose Bierce, Miguel de Cervantes, Miguel de Unamuno, Franz Kafka, entre otros.

Cuando uno lee, roba; asimila, se imbuye de la ideología de cada autor en cada libro, se contagia de otras locuras, diferentes obsesiones, que todas pasan a ser parte de uno mismo. Pero esto ocurre de manera sublime, sólo cuando eres en realidad un escritor. De lo contrario resultas siendo un copista y se nota en tu escritura, en tus libros, en tus textos.
 
¿Qué tan importante para usted es la literatura?
Aunque es difícil comer libros, es tan importante como la alimentación; si no comes te mueres, si no escribes y/o lees, también.

¿Es necesario que el escritor sea un hombre comprometido?
Absolutamente. Yo no escribo para deleitar al lector con las delicias del lenguaje. Escribo para punzar, herir, sacudir, mostrar la basura que tenemos dentro, inseminar la rebelión en los oprimidos, ayudar a romper las reglas del juego con que se esclaviza a los seres humanos. Yo estoy comprometido con todos los seres humanos desde mi cosmovisión e ideología (que puede ser correcta o errada), frente a las fuerzas que abusan de los dominados y/o corrompen la sociedad en que vivimos. La capa dominante es el enemigo. No tengo compromiso con ningún país o partido político o escuela o grupo. Yo soy del pequeño lugar donde vivo porque allí me siento libre y respetado. Esa es mi patria, y todos los oprimidos y los que buscan el bienestar de los demás son mis hermanos, sin distinción de raza o género

¿Cuál es el fin de su narrativa?
Evitar el suicidio, exponer mi punto de vista, intentar la comunicación con otros seres humanos sin tener en cuenta el tiempo en el que ella ocurra; lograr la inmortalidad. Una vez que tu libro está editado, va a ser leído algún día por alguien, ahora, mañana, en 20 años o en mil años, y si la persona que te lee se identifica con lo que dices, ya eres inmortal.  Boecio vivió en Roma del 480 al 525 DC, y 1,490 años después te estoy hablando de él, como si fuera mi amigo, sus libros están en Google Books, gratis.

¿Cómo ha cambiado su lenguaje literario a través de los años?
Mucho. Cuando empecé a escribir en 1967, escribía poemas a mi novia tratando de copiar a Machado y a Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita. En el año 1970, trataba de escribir como MVLL o GGM. En el 1972, traté de ser Beat (Beatnik), y quise escribir como Ginsberg (este es origen de Razón de silencio). En el año 1994 (había dejado de escribir 22 años), empecé a escribir de nuevo y quise hacer un libro de caballería (como el Quijote de Cervantes), pero ambientado en nuestra época y con la caballería de los ejércitos modernos, y me tomó cinco años escribir un mamotreto de 1,800 páginas que no me llevó a ninguna parte. En los años del 2000 al 2004, traté de producir un estilo propio y nació “Una bala en la frente” y “Reyertas y desafíos. Desde el año 2010 al 2014 pude escribir “Insurgente” (ahora terminado), que indudablemente es mi estilo perfeccionado y modificado por mis lecturas, de esa época, que fueron más metódicas y analíticas que las anteriores. 

Dentro de su  producción literaria, ¿Qué obra elegiría usted por optar en una en especial?
Definitivamente, “Insurgente”.

¿Qué hace antes de escribir?
Pienso. Hablo, en voz alta cuando camino por el parque o por la calle. Le cuento a mi hijo los pedazos de historia que estoy tratando. Investigo y escribo todo lo que encuentro. Creo mis personajes, hago un boceto de la trama y la reacomodo mil veces. Me recluyo y me aíslo. Dejo de leer, hasta que termine lo que estoy creando.

¿Qué es para usted un buen libro?
El que me cuenta una historia creíble, el que me mantiene en el filo de la silla, el que me hace reír y después llorar, el que me entrega personajes que se convierten en amigos o enemigos personales, porque son en parte buenos y en parte malos, como yo. Un libro que me incita a llamar a la editorial para pedir la dirección o el correo del autor para comunicarme con él o ella.

¿Qué opinión tiene usted sobre la narrativa que se publica en la actualidad?
Como en cualquier época hay los escritores accesibles y los turbios, ambos producen libros que el público y la crítica llamarán buenos o malos, pero los dos son buena literatura. Todo depende del gusto y el nivel del lector. También existen copistas que producen mediocridades y hay necios, aquellos que no teniendo la habilidad o el don de la escritura, insisten testarudamente en escribir y publicar, o, lo que es peor, se resisten con tesón a educarse, a trabajar su oficio para mejorar, y deciden culpar a los demás de su mala calidad. Pienso que siempre ha sido así, en el Perú y en el resto del mundo.

¿Cómo ve usted hoy por hoy la industria editorial? ¿Cómo autor, qué soluciones le daría a este problema?
Esta es una definición de concepto: La industria editorial es una empresa comercial, tiene un producto que elaborar y vender; cuenta con locales que atender, insume materiales que debe comprar, contrata empleados cuyo salario deberá pagar y responde ante accionistas con utilidades por distribuir. Entiendo que estas empresas están obligadas a publicar libros que ellos esperan se puedan vender. No son instituciones de beneficencia.

Dicho todo esto, se puede analizar con detalle los vicios que resultan de quienes manejan las editoriales, que al fin y al cabo son seres humanos a los que debemos tratar de entender a fin de contrarrestar sus caprichos con acciones conducentes a un mejor acceso.

Independientemente de todo lo que yo pueda decir o hacer al respecto, existe la realidad en que vivimos los escritores en un “mercado de compradores”. Por un lado estamos los millones de escritores, los “vendedores”,  ofreciendo nuestro producto a el “comprador”, la editorial, que por esta circunstancia se puede dar el lujo de escoger y poner todas las condiciones que le sean favorables.

¿Qué hacer para solucionar esta desventaja? Los escritores debemos actuar (intentarlo por lo menos), como personas económicas. Cada escritor es una empresa, también, y como tal debe producir productos (libros), orientados a un segmento de mercado (el segmento que satisface nuestros principios). Este escritor del que hablamos deberá cuidar con esmero de la calidad de su producto, deberá mercadearlo apropiada e incansablemente (a través de los años, esta es una tarea inmensa), hasta conseguir su publicación y más aún, después de su publicación para así lograr, algún día, pertenecer a una “casa” a la que pueda volver con cada nuevo producto. No sé si esto satisface tu pregunta. No creo que haya una solución específica. El escritor se debe “vender” (nunca prostituir), para que su clientela (el lector a quién el escritor ha dirigido su obra), se sienta atraído hacia los libros del escritor.

¿Cree en los concursos o certámenes literarios?
No. Yo no escribo para participar en concursos.

¿Qué opina de las nuevas formas de difusión literaria por Internet, como revistas literarias, blogs, páginas sobre literatura, redes sociales, entre otras?
Las aprecio como algo invaluable para los escritores. Es una parte importante de nuestro aparato publicitario. Es una ventana al universo de lectores. Es un lugar de reunión e intercambio entre lectores, escritores, agentes y editoriales que ha convertido a nuestro mundo en el universo.

¿Cuáles son las obras que recomienda leer?
Sin orden de importancia: La Ilíada y la Odisea; La Eneida; La Biblia; La consolación de la filosofía, de Boecio; Stoner, Augustus y Nothing but the Night, de John E. Williams; Los Trópicos de Miller; 1984 y La granja de animales de Orwell; WE (Nosotros), de Yevgeny Zamyatin; Todas las novelas de Palahniuk; Todas las novelas de K. Vonnegut; Ethan Frome, de E. Wharton; Los Embajadores, de H. James; El buen soldado, de Ford Madox Ford;  La divina comedia; El quijote; El libro del buen amor; The Trial of Sören Qvist y The wife of Martin Guerre, de Janet Lewis y por último, todos los libros de Antonio Cisneros, a quien considero un acabado maestro de la síntesis. Eso es lo que define a un poeta; su capacidad de síntesis.

¿Cuál es el consejo que daría a los escritores que recién se inician en la narrativa?
Cuida tu lenguaje, sé respetuoso de tus lectores, trabaja tus escritos como si de ello dependiera tu vida, cree en ti y ten fe en tu trabajo como escritor, nunca abandones a ninguna de tus creaciones, los libros que produces son tus hijos, por siempre.

Por último: ¿desea agregar algo más?
Muchas gracias por esta entrevista, Es la primera que me hace un profesional de la literatura. Me han entrevistado en el pasado, pero tan sólo con motivo de la presentación de mis libros y hablando específicamente del libro que presentaba. Muchas gracias por ser como eres: Un hombre honesto febrilmente dedicado a la literatura; eres un señor independiente en tus actos, en tus conceptos y sin ninguna mala entraña para todos los que te rodean o con los que circunstancialmente tienes contacto.


Fragmento del capítulo 2 de la novela, inédita, Insurgente

2



Esto sucedió, jefecito, cuando tú ya estabas en Ninantaya. Te perdiste esta parte. Pero es bueno que la conozcas. Así podrás atar cabos. Escucha y visualiza, imagínate, piensa, absorbe la experiencia. Vas a sentir el olor de esa cama… De esa mujer…

“Aquí llega tu Serruchito, Chinita; vengo a pedirte un churrasco para sentirme como en mi casa, tal como dicen que le ofreció la Betty al huevón del Arrieta”, balbuceó tu compañerito —que es de mi color— con rostro de arrecho, los labios estirados como si quisiera dar un beso desde lejos; intentando reflejar extrema excitación sexual con los ojos entrecerrados; sacudiendo su cabeza (poblada de pelo terco, grueso y seboso, que él piensa es terso, dócil y perfumado), después de introducirla en el dormitorio del capitán ese, al que los demás llaman Collera, y listo para cruzar el vano de la puerta que la esposa había dejado entreabierta.

“Entra, Serruchito de mi corazón”, le contestó, aún en la cama, cubierta por un remolino de sábanas y colchas. “¿Has visto a mi marido?, no sea que se le ocurra venir a esta hora”.
Tu compañerito, le respondió con una elaborada historia. Que resulta que el capitán —su marido— salió temprano con su escuadrón, a caballo, en dirección a Desaguadero. Que estaban de maniobras, pues. “No te preocupes, Chinita, tú sabes lo respetuoso que soy cuando hablo con mis superiores”. Que así pues, le había preguntado al capitán que a dónde iban y que a qué hora regresarían, y que el Collera le había contestado: “dirección: Desaguadero. Destino: secreto. Retorno: a las cinco y media de la tarde”.

“Como puedes ver, tenemos el día entero para revolcarnos, Chinita”, le dijo en tanto desabotonaba su camisa con desesperación; extraía sus pies de las botas, con gran esfuerzo, y se introducía entre la maraña de sábanas sucias para decir, fingiendo sorpresa y con voz apagada:

“¡Puta!... Estás completamente desnuda… ¡Sinvergüenza, tú sabías que yo iba a venir!”.

Yo los vi, Gerardito. La Chinita se arrodilló junto al Serruchito y le lamió su pecho, primero, el cuello a continuación, mientras le decía, “me ha dicho la Betty que al Arrieta lo van a destacar a la hacienda Ninantaya. ¿Dónde queda eso?”.

“En el culo del mundo, Chinita. En Urano; Siberia; tú dime, cualquier nombre que le puedas dar al infierno”.

“Y ¿por qué lo mandan a él, no es muy joven para ese destino? ¿No le falta experiencia para ese tipo de trabajo? Pobrecito…”.

“Tengo la impresión de que lo quieren joder. Ese puesto es para un teniente con dos años de antigüedad, por lo menos. Pero, ¿qué es esto, una clase de relaciones laborales? Yo he venido, sacrificando mis horas de trabajo, para culear contigo, Chinita rica. Anda, déjate de ronroneos y súbete al caballo”…

Ella se lo montó, tenía las rodillas flexionadas, y, a horcajadas, cogió con una mano el miembro de su amante, lo enfiló hacia arriba y se penetró con la ayuda del peso de su cuerpo para a continuación restregar su sexo y sus nalgas contra el pubis y los muslos de su amante. Un pendejo tu compañero el Serrucho, Gerardito.

“¿Quieres un churrasco?”, le preguntó la China. “¡Usa pues el inmenso serrucho que tienes acá!” Se elevó sobre las rodillas, le sacudió el pene con las dos manos. “¡Córtalo tú mismo!”, le dijo, con voz cargada de excitación. Cayó la pendeja sobre el cuerpo de su amante, taitita y en son de queja emitía ronquidos muy tenues, el lamento de una gata en celo, pero muy cuidadosa del volumen de su voz.


Sobre el autor:
Manuel Aguirre, nacido en Arequipa, 1940. Ha sido oficial de caballería del ejército peruano y es retirado desde 1972. Estudia un año en San Marcos (Letras), y otro en la PUCP (Antropología). Publica un solitario libro de poemas en 1972, “Razón de silencio”; Se casa, se dedica a trabajar, trota por Europa, se hace master en administración de negocios por ESAN, en 1978, trabaja en Lima como ejecutivo de bancos y compañías de seguros, se marcha hacia California en 1987, se establece en la ciudad de Los Ángeles y descubre, en 1994 que no puede vivir sin escribir, pero tampoco puede dejar de trabajar. Se entrega a la escritura nocturna y sabatina hasta que diez años después cree haber aprendido a escribir. En 2006 publica su primera novela: “Una bala en la frente” y en 2007 un segundo libro de cuentos: “Reyertas y desafíos”. Una bala en la frente se tradujo al francés y se publicó en Francia el 2010 y se reeditó en español, por Planeta-Perú en el 2013. 

Tiene dos novelas inéditas: “Insurgente” y “Crisol.” Actualmente está escribiendo una novela de CFi, “Éramos”, y un libro de cuentos, “Historias de combatientes”, que espera publicar en el 2016.