lunes, 26 de enero de 2015

La hiperhistoria - Paolo Astorga

La hiperhistoria




Escrito por: Paolo Astorga


“La historia tiene que resultarme una hiperhistoria en el sentido de que esta se me debe presentar lo más divertida, desde la versión más superficial que sea posible, que no permita conocer, reflexionar y tomar como mío ese patrimonio cultural que se convierte casi siempre en un simple “atractivo” casi ferial, pero sin la conexión identitaria primordial para que yo ame ese trozo de mi pasado”.



No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños.
Cicerón


Según la UNESCO el patrimonio cultural se define como “la herencia cultural propia del pasado de una comunidad, con la que esta vive en la actualidad y que transmite a las generaciones presentes y futuras”. Como producto humano el patrimonio cultural debe ser preservado en la medida en que este contiene un valor significativo tanto histórico como identitario de la humanidad. Depende de cada nación preservar y difundir este patrimonio a las generaciones actuales y venideras. Sin embargo, ¿somos conscientes de esa herencia cultural cuyo valor significativo es trascendente para entender nuestra identidad como seres humanos?

Hace unas semanas se produjo un nuevo daño a las Líneas de Nasca, esta vez, por parte de la ONG de protección del medio ambiente llamada Greenpeace. Lo que se quiso hacer es una especie de “intervención” desplegando un mensaje alusivo a la necesidad de una toma de “conciencia” frente al cambio climático en el área protegida muy cerca de una de las Líneas de Nasca que conforman al geoglifo del Colibrí.

Aunque la “intervención” y  el deseo de generar “una conciencia ecológica”, fueron infructuosos y tremendamente estúpidos; este hecho nos da cabida a reflexionar sobre la necesidad de preservar nuestra memoria cultural, nuestra historia milenaria que lamentablemente carece de seguridad y verdadera preservación.

Y es que vivimos en tiempos donde la cultura de la preservación se ha convertido en la cultura de lo espectacular. Con mucho derecho pusimos el grito al cielo ante el daño que Greenpeace hizo a nuestro patrimonio cultural, pero ¿Quién se sonroja o por lo menos susurra una denuncia ante el tremendo daño que sufren miles de áreas que deberían ser protegidas, estudiadas y difundidas a toda la población? Casi nadie. Salvo sea un lugar donde lo espectacular, donde el atractivo turístico tenga relevancia, solo allí, la indignación crece.

La cultura actual tiende a dar un valor a todo en el sentido de estatus, más allá de la identidad, del conocimiento milenario, más allá del encuentro con los otros y con nosotros a través de esta conexión entre temporalidades y formas de pensar el mundo. Hoy la cultura solo se acumula y recicla, se acomoda al presente como un objeto de consumo. Sin embargo, debemos entender que la historia nos enseña a construir no solo una identidad, sino un modo de interpretar nuestro pasado para sabernos en el presente y proyectarnos al futuro. Actualmente muchos solo “coleccionamos” historia, es decir la historia es un objeto cuyo valor está determinado por mis deseos de consumo. La historia tiene que resultarme una hiperhistoria en el sentido de que esta se me debe presentar lo más divertida, desde la versión más superficial que sea posible, que no permita conocer, reflexionar y tomar como mío ese patrimonio cultural que se convierte casi siempre en un simple “atractivo” casi ferial, pero sin la conexión identitaria primordial para que yo ame ese trozo de mi pasado.

Un monumento histórico, ya no es nada si no guarda una “magia espectacular” dentro de él. Solo lo que haga estimular mis sentidos será lo que verdaderamente valga la pena. La historia está siempre en riesgo, porque para que sea valorada por todos a veces requiere ser desvirtuada, inflada y convertida en hiperhistoria. No obstante, hoy muchas manifestaciones culturales están perdiendo sus raíces y se están acercando cada vez más a convertirse en el mero espectáculo de lo pasado.

En un artículo muy interesante de Liuba Kogan encontramos esa desconexión del patrimonio cultural de lo pasado con lo presente. Lo cultural hoy es visto como un objeto más de consumo, en el sentido en que se lo puede reducir o desvirtuar dependiendo de los mecanismos del deseo individual. Kogan, nos muestra que la historia para muchos jóvenes ya no es la de la seriedad, sino solo la desconexión e indiferencia hacia los otros, una tendencia a la infantilización, donde más importa mis sentimientos y mis deseos imposibilitándome cada vez más poder empatizar con los sentimientos de los demás, pues según la autora  “… nos encontramos con una generación de jóvenes que  se desliga de la historia, de las vidas de los otros y les da significado  exclusivamente en razón de su propio mundo interno, deseos, imaginación o fantasías; por lo que la empatía con los que sufren, tienen hambre  o diversas necesidades resulta tremendamente frágil.”

Y es que la idea de lo pasado no es nada y no vende, si es que este pasado no es mágico, rimbombante, resplandeciente, enigmático. Lo pasado debe conectar con las modas del presente, debe de ser exhibido como un presente-pasado, como un aval para el placer del hoy. Se ha diluido el carácter serio de los monumentos históricos y por ende el respeto a estos, pues lo importante es la historia que me divierte, el exotismo de vivirla y no tanto la importancia de ella como verdadero patrimonio cultural. Todo museo, todo monumento o ciudadela, debe ofrecerme algo, debe venderse. Los que hacemos turismo vamos a consumir, no tanto a aprender. Nos hemos acostumbrado a vivir lo pasado no como una realidad histórica, sino como una ficción. El gran discurso posible es el que brinda la diversión. No nos importa el valor cultural, significativo y trascendente, sino la foto que podamos tomarnos para acrecentar nuestro capital simbólico y sentirnos “prestigiosos” ante nuestros amigos.

Lamentablemente, aunque el daño a nuestro patrimonio cultural es pan de cada día y no solo por extranjeros, sino también por proyectos mineros, traficantes de terrenos, desborde popular, indiferencia del gobierno, ignorancia de nuestra población y un gran etc., creo que nos debe nacer la imperiosa necesidad de entender nuestro acervo cultural como un testimonio vivo que nos quiere comunicar un mensaje trascendental, no para el orgullo de tener una de las mejores riquezas culturales del mundo, sino para la reflexión y toma de responsabilidades para con la preservación e investigación de la creación humana que al fin y al cabo es eso que fuimos, que somos y que seguiremos siendo.

lunes, 19 de enero de 2015

Elogio de la conversación - Paolo Astorga

Elogio de la conversación



Escrito por: Paolo Astorga


“La conversación es el reflejo de lo que leemos y por “leer” me refiero a nuestra experiencia vital, a nuestros intereses, a nuestra idiosincrasia, pero sobre todo a nuestra ideología y accionar de vida. ¿De qué puedo hablar con otro, si mi vida intelectual es solo dada por la televisión basura, la prensa amarilla o la chismografía de mi vida cotidiana?”



Habla para que yo te conozca.
Sócrates


A muchos de mis alumnos les he dicho que las mejores clases que podemos tener son las que se dan en los recreos, pues, es en esa hora de esparcimiento donde nos encontramos con una gran predisposición para conversar. En mi caso, conversar en los recreos con los alumnos es una hermosa realidad, porque tengo la suerte de que ellos se acerquen y a partir de una pregunta –a veces intrascendente–, me permite expresar lo que sé, lo que he aprendido, pero también aprender de ellos, conocerlos. Converso con algunos alumnos en el recreo porque ellos y yo tenemos dudas. Y la conversación nos ayuda a construir, si no una respuesta, por lo menos una interpretación, un sentido.

Digo entonces que la conversación posibilita el conocimiento. Creo que no hay nada mejor después de una densa lectura que compartir nuestras impresiones de estas con los amigos. Es más, creo que el mejor método para conocer a los demás y construir buenas relaciones, es a través de la conversación. La conversación nos permite entender que no somos seres aislados del mundo, sino que podemos interactuar, compartir, construir en comunidad.

Francis Bacon decía que: “La lectura hace al hombre completo; la conversación lo hace ágil, el escribir lo hace preciso”, nada más cierto. Leer es una actividad básica, vital. Pero la lectura requiere además un tiempo para la asimilación y la reflexión, para que nuestro conocimiento sea “ágil” y ese momento es el de la conversación. Conversar es agilizar nuestro pensamiento, pero también es construir afectividades. Los que conversan se conocen más y también aprenden más. Sin embargo, ¿podemos hoy conversar realmente dentro de esta enorme sociedad hiperdistraída? Me temo que no.

Actualmente muchas personas están sitiadas por el imperio de los medios de comunicación que no solo emiten grandes cantidades de información, sino que permiten crearla y compartirla con todos. No obstante, en una habitual conversación, sea física o virtual, lo que se comparte muchas veces es repetitivo y anodino. Hablamos hoy más como un gritar, como un chillar, con ruido que puebla todo, pero que resulta ser tan gaseoso que lo sustancial queda minimizado, invisibilizado. Nuestro mensaje no es el de la reflexión, no es ágil y mucho menos somos precisos. Lo intelectual en la conversación de esta era es solo la emocionalidad y lo pragmático, mas no, la necesidad por separar el trigo de la paja o interpretar nuestro mundo, “conocernos a nosotros mismos y a los demás” para vivir conscientemente.

Antoni Brey en el ensayo La sociedad de la ignorancia (2009) nos plantea que las sociedades modernas se ven inmersas en un conocimiento acumulativo y pragmático, es decir, en una forma de conocimiento “inmediato” que no requiera de esfuerzo, que tenga un solo sentido o ninguno. Según Brey, no estamos inmersos en una “Sociedad del conocimiento”, sino que más bien nos estamos acercando a una “Sociedad de la ignorancia” donde lo trivial, lo banal, son competencias básicas para desenvolverse en un mundo cada vez más veloz e indeterminado.  Es importante, por tanto, que el conocimiento sirva no para formar, sino para algo concreto, para la adquisición de un tener y no tanto la de un ser. El conocimiento en esta era no resulta más que una herramienta para adquirir, es un producto más que en una cualidad. Creo sin duda que el gran problema del conocimiento hoy es la aplastante cantidad de información con la que nos topamos y nuestra relativa imposibilidad para procesarla no en el sentido algorítmico de la palabra, sino desde la individualidad crítica y discriminante, es decir, desde la capacidad para generar conocimiento a partir de la información. En este punto, la conversación como herramienta de fijación del conocimiento es trascendental porque nos permite, no solo identificarnos con lo que pensamos, sino enunciarlo, transmitirlo, exponerlo ante los demás para que sea valorado y criticado.

Las conversaciones definen nuestra identidad y nuestra opinión. La opinión en un mundo mediático es trascendental no por el hecho de que debemos mantener nuestra capacidad de enunciante, sino porque el mundo de hoy es tan rico en “fenómenos” que necesitan ser conversados, es decir procesados,  que no hacerlo o zafarse del peso de hacerlo, es como vivir en piloto automático. Me refiero con esto al hecho de darle importancia a nuestra vida y generar una responsabilidad enunciativa. Decir y hacer aunque son sustancialmente distintos respecto de la conversación debería aproximarse o por lo menos condecirse. Sin embargo, hay una característica despiadada alrededor de la conversación significativa: No es masiva, no es popular. La conversación hoy en día es insustancial, porque simplemente no se requiere pensar para vivir. Es triste, pero para vivir lo único que se necesita es satisfacer las necesidades más primitivas y nada más. Eso que Marco Aurelio Denegri (2014) llama “El indigente”, que no es otra cosa que aquella persona que solo vive para resolver sus necesidades primarias, “pero no se pregunta ni se cuestiona, ni es capaz por supuesto de ensimismarse.”

Me temo que mucho de las conversaciones cotidianas están muy lejanas de aquel diálogo que genere la reflexión sobre “los grandes temas”. La conversación a través de las nuevas tecnologías que reducen el pensar y más bien acrecientan el disfrute, han infantilizado las relaciones cognitivas. Aunque tenemos la capacidad para ingresar en la profundidad de las ideas, el imperativo de pensar, de analizar e interpretar, no son útiles, pues no sirven, en apariencia, más allá de la construcción del mero discurso. Conversar en un día común es solo intercambio de chismes. La conversación se ve plagada de información intrascendente como hablar de un famoso que le fue infiel a su pareja o de una modelo que consume drogas o de un futbolista que se encamó con una bailarina, etc. Y es que es cierto: La conversación es el reflejo de lo que leemos y por “leer” me refiero a nuestra experiencia vital, a nuestros intereses, a nuestra idiosincrasia, pero sobre todo a nuestra ideología y accionar de vida. ¿De qué puedo hablar con otro, si mi vida intelectual es solo dada por la televisión basura, la prensa amarilla o la chismografía de mi vida cotidiana?

La magnitud de la conversación está regida por la importancia de leer en el sentido más amplio de la palabra. Es triste, pero es. Nuestro mundo funciona en su mayoría desde la orden de lo superficial y no porque lo profundo sea nocivo –aunque así lo parezca sobre todo para el alma que busca vivir en la comodidad de sus miserias–, sino porque la masa está inmersa en la velocidad del momento, en el deseo de pertenecer más allá que en la obligación de saberse, de conocerse y transformarse. Mantener una conversación sustancial por mucho tiempo, es casi un sueño imposible. Tantos aparatos que nos distraen, tantas prótesis tecnológicas que nos saturan el tiempo de pensar, sin duda hacen que el ruido en el que nos encontremos se sienta  de lo más normal.

Por eso toda conversación debe servirnos para aprender no para destruirnos o disolvernos en la narcolepsia de lo actual. Toda conversación debe suponer un intercambio donde la experiencia reflexiva y a la vez el deseo de comunicarse hagan fluir el conocimiento, la dinámica de la cultura. Desgraciadamente se ha perdido el orden simbólico de la palabra pues hoy esta tiene un molde establecido, una moda que debe usarse para generar el pensamiento y el actuar homogéneo, el cliché que encuadre nuestras vidas, nuestras conversaciones, nuestro modo de observar e interpretar el mundo y no permita la motivación para seguir escudriñando nuestra capacidad para pensar y pensarnos. Veo con tristeza y melancolía cómo se está poblando el mundo de mudos y sordos que solo “piensan” sin la valentía de dudar jamás de nada.

lunes, 12 de enero de 2015

Forzando los recuerdos - Paolo Astorga

Forzando los recuerdos


Escrito por: Paolo Astorga


“Para estar siempre allí, se debe reducir al cuerpo en imagen o en momento. Capturar en pixeles lo más común, lo más extremo, lo trascendente o intrascendente es una necesidad imperiosa porque la disolución es inminente. Estamos inmersos en una era de obsolescencia, de desaparición inmediata. Quien no aparece, quien no es visto de manera reiterada y actualizada, simplemente ya no es.”


Hoy la gente sabe el precio de todo
y el valor de nada.
Oscar Wilde



Tengo un amigo de más de setenta. Es agradable hablar con él, pero sobre todo, escucharlo. Lo que me llama la atención es que este amigo mío tiene entre sus pertenencias más valiosas una fotografía en blanco y negro de su mujer cuando era joven. Al mostrarme la foto me cuenta que ella era muy guapa y que lo que más le gustó, allá en sus años mozos, es su sonrisa. Era encantadora, de hermoso andar y vestir. Lamentablemente murió hace cinco años víctima de un cáncer. La fotografía es enigmática y contiene un atractivo perpetuo. Mi amigo me dice que lamentablemente esa es la única fotografía que tiene de su esposa cuando era joven. Sin embargo, esa fotografía es para él un recuerdo imborrable de una época hermosa, pero que nunca más volverá.

Es verdad, esos tiempos no volverán. Antes de nuestra era 2.0, de nuestra hambrienta necesidad de registrarlo todo en foto o video, antes de que pensemos solo en la mejor pose, pero no en la pregunta de por qué lo hacemos, mientras nos volvamos expertos en los ángulos y los encuadres, en el retoque fotográfico y en el recorte; antes de todo esto, existió algo llamado sentido. Lamentablemente hoy una fotografía es terriblemente eso, una simple fotografía que ha perdido la sustancia de lo cotidiano para convertirse en una vitrina de ventas donde el significado se pierde en la majestuosidad de las apariencias. Las fotografías que nos tomamos y que subimos a Facebook, son el reflejo de una sociedad que está forzando los recuerdos para hacer de nuestra imagen y privacidad un Reality Show, donde nuestra cara o nuestro cuerpo, nuestro entorno, se conviertan en objetos de venta o de caza. Todo por un like.

Mostrarse es una necesidad propia de estos tiempos “bondadosos” donde compartir lo es todo. Pero, como la velocidad es una constante monstruosa, mostrarse es superficializarse. Para estar siempre allí, se debe reducir al cuerpo en imagen o en momento. Capturar en pixeles lo más común, lo más extremo, lo trascendente o intrascendente es una necesidad imperiosa porque la disolución es inminente. Estamos inmersos en una era de obsolescencia, de desaparición inmediata. Quien no aparece, quien no es visto de manera reiterada y actualizada, simplemente ya no es.

La era nuestra es la de la cantidad, la era del momento calculado e inmovilizado. Una fotografía ya no tiene el mismo significado que el que mi amigo le da a la imagen de su esposa. Hoy, estas tienden a disolverse más rápido, a desaparecer a veces ni bien las subimos a nuestras redes sociales. El recuerdo a largo plazo o peor aún, esa actividad tradicional muy de tiempos antes de la era digital de revisar las fotos del álbum familiar, es actualmente solo una colección tremenda de fotos sin sentido ni significado que llenan nuestros perfiles de Facebook que crean en nosotros la vívida fantasía de ser aceptados, una especie de fama que atraviesa nuestra privacidad, nuestro sano derecho a ser invisibles. Me temo que como carecemos de un agudo y complejo trastorno de olvido rápido, necesitamos registrar todo en fotografía o video. Y no solo registrarlo, sino que además debemos compartirlo. Compartir nuestra vida en fotografías o en videos es un imperativo que exige la sociedad actual que no puede vivir sin desconectarse. La necesidad nos impulsa a la producción en serie de una vida alterna construida con imágenes retocadas para mostrar una realidad perfecta y escondernos en la mísera condición de los paliativos ficcionales.

Entonces los recuerdos son imposibles. Para muestra un botón. Estamos viviendo tiempos tan “interesantes” que aunque estamos plagados por nuestros cuatro costados de situaciones, de actividades por hacer, la naturalidad, la espontaneidad, el nacimiento sincero de las acciones y las situaciones no existen o están desapareciendo. Hoy forzamos los recuerdos, los compramos, generamos lo que queremos ser o simular ser. Buscamos la mejor pose para dar a entender a los otros que vivimos una vida muy diferente, una “súper vida”. Nos mostramos ante los demás con fotografías que acrecientan lo que somos. Y, acerca de esto, se me viene a la memoria un cuento por demás interesante de Edmundo Paz Soldán llamado “Imágenes photoshop” donde el protagonista llamado Víctor cansado de su vida insustancial y aburrida, modifica sus fotos –y recuerdos– con el programa Photoshop para así crearse una vida más interesante que pueda ser “admirada” por los demás.

Así como Víctor, la vida es hoy la pantomima del mostrarse, sin embargo, ese mostrarse está más cercano al venderse. Vender algo supone por lo menos tres elementos sustanciales: En primer lugar el estudio de mercado, es decir, saber qué es lo que quiere o necesita el público. En segundo lugar la construcción del producto. Y por último, los medios de difusión para la distribución del producto. La comparación con la realidad salta a la vista. Una chica que se toma un selfie cada siete minutos con diversas poses y las cuelga en su red social solo para recibir en la mayoría de los casos una gran cantidad de “me gusta” y una cantidad mucho equivalente de “qué bonita” (y todas sus variantes), también se ha convertido en un objeto de venta y de consumo, de simple disfrute.

No obstante, queremos ser vistos. O por lo menos presumir que lo somos. El consumo nos avienta a creer que es de lo mejor. No una fotografía, sino mil millones cada segundo. No tomarse una fotografía, sino un par de docenas y luego escoger aquella en la que me veo más bonito o bonita y la que será la que mejor venda, la que genere un mejor recuerdo forzado de mí. La consigna es iconizar mi vida. No importa si mi hijo o hija aún no camina, desde un ángulo engañoso, con un retoque desde la cámara, parecerá que lo hace y cuando se lo muestre a todos y todas me van a felicitar por lo buen padre que soy. Aparecer con el mejor vestido, con las mejores zapatillas y mostrarme con un rostro más blanco y terso que el que poseo, esa es la meta. Ser una vedette rutilante lo antes posible, pues, la basura que luego se acumula es olvido, terrible olvido del que se quiere escapar.

Ni hablar, nuestra obsesión es la actualización. Lo nuevo, que aunque esté reciclado, sea o se parezca a lo nuevo. Porque la soledad es inmensa y nadie quiere mirarla a los ojos ya que es un espejo. Hedonismo y narcisismo son lo único que tenemos en esta vorágine de soledad a la que nos enfrentamos y de la que conocemos solo uno de sus más conocidos y repudiables tentáculos: El aburrimiento.

No hay marcha atrás. ¿Qué nos queda? Nuevamente la conciencia juega un rol protagónico. Escapar de la reducción, del empaquetamiento. Reflexionar es una actividad que debe ser urgente. Sin embargo, seguirá flotando en el aire la nostalgia del recuerdo, el deseo por querer ser aceptados, amados, tomados en cuenta. He ahí el dilema: El sufrimiento. Lamentablemente la insustancialidad nos ha manchado los ojos y, creo también, las manos con las que tratamos de limpiarnos.

lunes, 5 de enero de 2015

La sociedad de la defensa - Paolo Astorga

La sociedad de la defensa



Escrito por: Paolo Astorga


“El enemigo soy yo, mis ansias de protegerme, paradójicamente, me han dañado. Mi más grande deseo es que el miedo se pueda diluir, desaparecer, eliminar, pero lamentablemente, el miedo radica en mi ser, en esa profundidad que no me atrevo a explorar por el temor de saber quién soy y que después de tomar conciencia, saber que no habrá marcha atrás.”



Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y nuevamente del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.
George Orwell - Rebelión en la granja



En la novela Rebelión en la granja de George Orwell, se nos plantea de manera alegórica la brutalidad de las dictaduras y cómo su control y violencia logran manejar el cuerpo y la psicología de los otros en favor de sus propios intereses de poder. Esta novela breve, además de revelarnos con una profunda agudeza e ironía la construcción de sociedades basadas en el egoísmo y los delirios de dominación, devela cómo las dictaduras se forman no solo por la estrategia de los tiranos, sino también por una aceptación y complicidad del pueblo que acredita la violencia y el sometimiento.

Sin embargo, hay algo más. Sin la necesidad de vivir una guerra real o sentir el yugo patente de una dictadura, estamos viviendo una era terrible, una era donde la paranoia es una constante. Nos hemos convertido en una “sociedad de la defensa”, es decir, una sociedad donde el miedo infundido por diversos medios del sistema nos ha creado la imagen apocalíptica de nosotros y los nuestros. Vivimos inmersos en una angustia acrecentada por nuestros temores que no solo están relacionados con nuestra desaparición, sino con la de los que más queremos, ese otro amado que conlleva a la angustia por su seguridad, su perpetuidad que a fin de cuentas, es una proyección de nuestra necesidad de ser amados.

Esta sociedad de la defensa necesita crearse un enemigo, necesita estar “protegida” ante cualquier transgresión del futuro. En Estados Unidos, por ejemplo, el uso de armas es tan masivo que si la ley lo permitiera y hubiera una regulación específica, hasta los niños usarían revólveres o metralletas con el único fin de “defender lo que es suyo”. La defensa aquí se presenta como una patología que tiende al odio y al miedo más absurdo de creer que hasta las moscas son espías que sirven a esa maquinaria monstruosa que quiere aniquilarnos.

Pero es necesaria la defensa, pues gracias a ella se pueden tomar medidas que estén acordes a los intereses de los gobiernos poderosos. La defensa acrecienta el consumo. La vida hoy, aunque se piense lo contrario, se ha convertido en un recurso valiosísimo, pero no en el sentido del reconocimiento autónomo del ser, sino más bien en el cuidado, casi siempre, superficial del mismo. La vida en una sociedad de la defensa es “calidad de vida”, es decir, que podamos vivir bien a través de una especie de cuidado del cuerpo básicamente. La vida moderna supone ya no cuestionar si nuestra vida es o no es, sino solo, cual muchacha que quiere impresionar a sus amigos modificando su imagen con programas como Retrica, es una ilusión de imágenes constituidas a partir de un mostrarse. No hay, ni habrá, profundidad necesaria para cuestionar el porqué de la defensa, pues mostrarse, supone un ser visto y ser sensible a la crítica o aceptación por el otro, por los otros. La defensa supone aquí un escape en lo posible del daño en la medida en que hemos aprendido que la aceptación no está en nuestro ser, sino en nuestra simulación del ser.

La defensa ya no estipula generar guerras, sino solo un constante flujo de información que permita consolidar, como diría el pensador coreano Byung-Chul Han en su libro En el enjambre, una sociedad inmersa en el ruido del cual no puede huir, ya que ese ruido generado por el aplastante flujo de información, acrecienta en las personas la necesidad casi toxicomaníaca por querer estar conectados con la información que se recibe y produce. La defensa aquí es, sin duda, una paradoja, pues por un lado sus mecanismos suponen el ocultamiento, pero a la vez para no ser dañados, se debe permanecer en un constante estar allí las veinticuatro horas del día ante el aluvión del “ruido”.

Pero hay algo más. La sociedad de la defensa plantea la desconfianza como bienestar, la encarcelación de la familia en cuatro paredes como una forma de paraíso. Ante la creciente ola de criminalidad entre robos, asesinatos, secuestros y demás, lo mejor es el consumo de esos enseres que nos brinden la seguridad necesaria para vivir con calidad. Tener es la meta principal de toda sociedad de la defensa. Poseer la seguridad de que nuestra libertad, aunque sea la más irresponsable, no genere ningún daño a nosotros o a los que queremos. Sin embargo como ya nos estamos dando cuenta, toda la sociedad de la defensa se sustenta en el miedo de un enemigo que es confuso, fantasmagórico, aparente. En Rebelión en la granja, por ejemplo, el modo de generar miedo y por ende aceptación de la defensa, es anulando el deseo de actuar diferente, utilizando mecanismos represores como el castigo, la expatriación, la muerte o en el más sofisticado: La desinformación. Aparentemente se nos quiere proteger para vivir en un círculo de bienestar, pero en realidad lo que se desea es que nos acostumbremos a la dominación y hasta que nos guste ser dominados. Esta finalidad, no hay objeción, es muy actual y se condice con la fábula creada por Orwell. La paranoia acrecentada más por sentirse bien que por conocerse bien, genera la violencia y la incomunicación. El enemigo soy yo, mis ansias de protegerme, paradójicamente, me han dañado. Mi más grande deseo es que el miedo se pueda diluir, desaparecer, eliminar, pero lamentablemente, el miedo radica en mi ser, en esa profundidad que no me atrevo a explorar por el temor de saber quién soy y que después de tomar conciencia, saber que no habrá marcha atrás.

Por eso es mucho más fácil y rentable armarse hasta los dientes o mostrar una careta ante los demás para seguir defendiéndonos. La sociedad de la defensa es siempre una sociedad de la negación, en donde todo se hace por la seguridad de una vida más larga. Los mass media obviamente juegan un papel predominante en la idea de defensa. Así como en la novela de Orwell, el cerdo Squealer, gracias a sus habilidades retóricas, logra convencer a los demás animales de que el único enemigo es el granjero Jones o los traidores como Snowball y que el único “salvador” es el cerdo Napoleón, los medios de comunicación buscan generar en el público un rechazo o un afecto hacia alguien o algo dependiendo de los intereses de poder. Por eso hoy la sociedad de la defensa intenta la polarización o, en el mejor de los casos, la disolución. Crea en las sociedades un ambiente, en apariencia, de destrucción y crisis para que sus libertades sean controladas y se cree la imagen de “salvación” enarbolada en la persona de un caudillo.

No obstante, hoy la sociedad de la defensa está más próxima a la idea de consumo que al odio hacia una persona. Hoy el odio es hacia una idea, hacia un imaginario. El miedo y el odio son confusos, pero irresistibles y están más cercanos a las sensaciones que a las acciones. Tenemos la sensación de que algo nos puede dañar, tenemos el miedo de que en cualquier momento la destrucción será inminente. Sin embargo, tenemos la salida del consumo que aliviana nuestra carga, nuestro pesar. Adquirir, tener y coleccionar nos quitan la idea de desprotección. Es más, entregar la libertad que nos “desprotege” es indispensable. Miles de millones de personas en el mundo creen y seguirán creyendo que es mucho mejor un mundo seguro que un mundo consciente. Por eso consumir nos da seguridad, pero me temo que no mucha conciencia. Estar a la defensa es una necesidad básica que debe satisfacer la angustiante lucha con nuestros fantasmas de cobardía.


En suma, en una sociedad de la defensa, lo importante es tener el ideal de la victoria. Vencer a no sé quién, para no sé qué, con no sé qué. Mientras menos conciencia haya respecto a nosotros y nos reduzcamos a simples poseedores sufriremos los embates de un enemigo tan extraño como nosotros mismos mirándonos en un espejo. George Orwell siempre tuvo la razón.