domingo, 11 de octubre de 2015

Las manzanas ajenas - Paolo Astorga

Las manzanas ajenas
 
Considerando en frío, imparcialmente,
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado.
César Vallejo


Nos habíamos escapado del colegio, por donde siempre casi todos se escapaban, por un agujero en uno de los muros posteriores que gracias a la humedad, a la vejez de la construcción y también a la gran contribución de todos nosotros por agrandarlo, se había hecho tan enorme que fácilmente podía pasar un elefante por allí. Todos sabíamos de la salida secreta, pero menos nuestros profesores, el auxiliar o la directora. Si ellos lo descubrían, seríamos historia.

Como les digo, nos habíamos escapado del colegio. Era un día muy soleado y no había clases, sino una aburrida formación conmemorando el heroísmo de Andrés Avelino Cáceres, “El brujo de los Andes”. ¿Brujo de los Andes? ¿Por qué brujo? Mi profesora de Religión dice que los “brujos” son hijos del demonio y el de historia que “brujo” es una especie de mago que logra cosas milagrosas.

Pero mi profesora de Comunicación dice que tiene ese sobrenombre porque a los peruanos nos gusta la huachafería. ¿Y qué es huachafería? No sé, sólo sé que dicen que Andrés Avelino Cáceres les dio bien duro a los chilenos cuando estábamos en guerra con ellos, pero igual perdimos como diría mi profe de educación física después de las olimpiadas interdistritales “Jugando como nunca, perdiendo como siempre”. Si me preguntan por qué nos estábamos escapando, es porque no queremos estar en la formación, es porque es injusto lo que pasa allí y también porque es simplemente aburrida.

En este tipo de formaciones nosotros siempre nos quemamos bajo el sol bien parados y los profesores, como si con ellos no fuera la cosa, están bien resguardados a la sombra, en sus sillas bien desparramados allí, mirando con perversa alegría cómo el sol nos derrite como helados en el desierto. La cosa es que nos escapamos.

Miguel, aunque era dos años menor que nosotros, siempre se las ingeniaba para despertarnos la curiosidad. Alguien me dijo que en su casa no hay luz, ni tiene agua, ni —creo yo—, un televisor para ver las Aventuras de Gokú. Es que no hay plata pe’, siempre respondía mientras nos enseñaba a robar manzanas del mercado. “A tomar prestado sin que se den cuenta”, decía. Miguel nos enseñaba la técnica para coger manzanas sin que se den cuenta los vendedores: “Sácalas despacito, sin hacer ruido, sin que te miren, si es posible que El Mañuco distraiga al vendedor”. Pero no vayan a creer que Miguel era ratero, “no, yo no soy un ratero, lo hago porque tengo que hacerlo, sino ¿cuál sería el chiste de escaparse del colegio y no aventurarse a hacer una gran travesura?”. Él primero pedía por favor: “Señor, buenos días, ¿me puede regalar una manzana?

Aunque sea esa que ya está a punto de malograrse”. A lo que casi siempre le respondían: “No molestes mocoso, ¿acaso crees que yo sudo dinero para estar regalando lo de mi negocio?”. Miguel siempre robaba manzanas como si fuera un deporte común y corriente, robaba sólo manzanas, no otras frutas, pues las manzanas eran sus favoritas, su obsesión.

Él nos enseñó múltiples tácticas para robar manzanas del mercado, de diferentes puestos, pero nosotros lo hacíamos más por querer igualarlo y no por necesidad como él.

Lamentablemente ese día no sería un buen día para Miguel. Justo cuando estábamos a punto de robarnos no una, sino una docena de manzanas, el vigilante del mercado se dio cuenta de lo que estábamos haciendo y trató de atraparnos. Como era Miguel el que estaba tratando de coger las manzanas y nosotros sólo éramos los que cuidábamos que nadie lo vea, fue a él a quien atraparon rápidamente.

¿Qué es lo que hicimos? Nosotros, viendo que el vigilante venía corriendo para atraparnos, no pensamos más que en escapar de allí y dejar solo a Miguel, correr, correr y correr, lejos, lejos, muy lejos de allí. Miguel nos ve escapar y dejarlo solo, solo, inmensamente solo.

Seguramente a Miguel le iban a dar una paliza por ratero. Seguramente ya habrían llamado a su mamá. Seguramente él logró escapar. Seguramente el vendedor le regaló al final la manzana. O seguramente no. Seguramente le dieron una paliza no sólo el vigilante, sino el vendedor y cuando se enteró y vino su mamá también le dio una paliza. Nosotros corríamos, corríamos, corríamos asustados, como si hubiéramos visto un fantasma. Miré en mi mochila: tres manzanas bien rojas y una mordida. Ese Miguel siempre nos invitó las manzanas que robaba del mercado. ¿Acaso eso lo hacía por remordimiento? Quizá, pero nos sentimos tristes porque habíamos abandonado al camarada con el que juntos, desde primer grado, habíamos creado ese agujero para escapar del colegio. Éramos un equipo y ahora éramos traidores. Paramos de correr y nos refugiamos bajo la sombra de un árbol.

Empezamos a hablar de Miguel y nos íbamos convenciendo de nuestra buena suerte. “Qué tonto Miguel que se dejó atrapar”, dijo El Mañuco socarronamente. Sabíamos muy bien que a Miguel, aunque le den una reverenda paliza, siempre intrépidamente terco, volvería a las andadas, quizá ya no en aquel mercado, sino en otro.

En silencio, comíamos lo que habíamos robado y lo que nos invitó Miguel, disfrutando perversamente, la dulzura de esas manzanas ajenas.



© Paolo Astorga
De: 7 cuentos para volver (Ediciones Condorpasa, 2015)



4 comentarios:

  1. Lancei meu livro de Poesias!

    http://www.emanuelcarvalho.com/lancado-a-obra-poetica-do-autor-emanuel-carvalho/

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  2. Excelente, bien logrado, atrapa, nos obliga a seguir leyendo, saber qué será de esos muchachos traviesos. Un final triste, real, en la vida muchas veces traicionamos y el arrepentimiento no nos salva de la mala acción. Un lenguaje cotidiano que pesa aún más en el encanto de la historia. Felicitaciones. Me encantó. Marcela Royo Lira

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  3. Jajajaja Quien no ha hecho travesuras de niño, me has hecho recordar a mi infancia sólo que en lugar de manzanas nos llevábamos las incakolas de los camiones, así mismo hicimos un tremendo agujero en la concha acústica del Campo de Marte pues cuando realizaban eventos cobrabamos a mitad de precio al final terminamos con los bolsillos llenos de dulces jajaja

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  4. Precioso relato. Se puede " ver", cada escena.Muy bien logrado. Te felicito.!

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