domingo, 31 de mayo de 2015

La estupidez genera el debate - Paolo Astorga

La estupidez genera el debate
Una reflexión sobre la importancia de interpretar la realidad


Escrito por: Paolo Astorga

“Creo que todo intelectual no debe sentirse anonadado, asqueado o avergonzado ante la realidad. Al contrario este tipo de fenómenos sociales deben ser una oportunidad para generar el diálogo, el cuestionamiento, el debate”.



Cada cierto tiempo, en la dinámica educativa en secundaria, me encuentro ante ciertas actitudes y tendencias que están dictadas por su entorno social. Como son jóvenes que tienen un pensamiento muchas veces reprimido, repleto de creencias y prejuicios, son muy sensibles a las modas del momento. Por ejemplo, esta semana de manera reiterada he podido presenciar un fenómeno interesante. En muchas de mis sesiones de enseñanza o en los recreos observaba cómo muchos alumnos se reunían alrededor de un papel donde se había dibujado cuatro cuadros y cada uno tenía escrito “SÍ – NO / NO - SÍ” y en medio del papel, un par de lápices cruzados en equilibrio. El juego llamado Charlie Charlie es un juego que pretende ser “una ouija casera” en donde podemos contactar con un espíritu diabólico que, entre otras cosas, nos da la oportunidad de entablar una comunicación con el infierno”. Aunque la estupidez es suprema en este juego, los alumnos lo jugaban por un simple principio psicológico: La curiosidad. Sin embargo, observé además que algunos colegas se escandalizaron con dicho juego que rápidamente se había convertido en el tema de conversación de toda la escuela.

Bien. El hecho profundo al que quiero llegar es: Con el corto tiempo que tengo interactuando con jóvenes alumnos de escuela secundaria he comprobado dos cosas: Primero que el mundo adolescente es hondamente emocional. Los adolescentes en la escuela no solo buscan aprender (esto desde el punto de vista académico), sino además, desarrollar sentido de pertenencia, autoestima, autonomía y responsabilidad. No es secreto que en un mundo extremadamente consumista, modas como el ya olvidado Harlem Shake, “Baile del caballo”, Dubsmash, o en este caso el juego Charlie Charlie son inevitables, más aún en estos tiempos de hiperconectividad e inmediatez. Charlie Charlie no tiene como fin generar “histerias colectivas” o “posesiones diabólicas”, ni mucho menos. Lo que hace que este juego sea tan masivo es que es una moda y, como toda tendencia, el hecho de jugar este “diabólico” juego no responde a ningún fin serio, sino simplemente a un acto de curiosidad (algo tonta) y diversión.

Ahora bien, en segundo lugar, desde mi punto de vista, soy un convencido de que cualquier tema por más mediático, estúpido o intrascendente que sea no debe escandalizarnos. Creo que todo intelectual no debe sentirse anonadado, asqueado o avergonzado ante la realidad. Al contrario este tipo de fenómenos sociales deben ser una oportunidad para generar el diálogo, el cuestionamiento, el debate. Por ejemplo: Esta semana los alumnos me mostraron su “juego diabólico” diciendo una serie de cosas como: “Tenga cuidado profesor, de verdad funciona” o “profesor he visto en Youtube cómo una niña es poseída por jugarla”. Aunque para un profesor solemne, “serio” y tradicional estas advertencias hubieran sido inaceptables o estúpidas, para mí resultaron ser pretextos para el debate. No empecé con una sentencia prohibitoria, sino con algo más interesante: preguntas. ¿Por qué se dan estas modas? ¿Por qué jugamos eso? ¿Vale la pena jugarlo? ¿Creemos realmente en ello? ¿Por qué? Aunque estas preguntas resultarán para el estimado lector un despropósito, me permitieron no solo entender la psicología y creencias de mis pupilos, sino también la posibilidad de que yo mismo pueda reflexionar sobre estas “modas” que nos viralizan con mucha regularidad.

Todo lo que sucede a diario debe ser cuestionado, dialogado, debatido. A veces he tenido clases en donde empezábamos a hablar sobre la corrupción y terminábamos cuestionándonos sobre si el amor hacia nuestros padres debe ser obligatorio. Puede que estos ejemplos generen el prejuicio de que mis clases son “improvisadas”, pero estoy convencido de que el problema de la educación radica en su artificialidad, en sus imposturas, en no entender que trabajamos con seres humanos y no con máquinas que deben trabajan las 24 horas con la precisión de un reloj suizo. Pienso que no va a pasar nada malo si es que hay diálogo y debate en el aula. Quizás haya retrasos en esa burocracia llamada programación anual que es totalmente superada ante un par de buenas preguntas y buenos argumentos de mis alumnos cuando empezamos a hablar de los celos en Otelo y terminamos por hacer un análisis profundo de la trascendencia de amar en una sociedad donde todo se compra y se vende. Hasta una pregunta tan superficial como: “Profesor, ¿qué le parece Asu mare 2?” puede terminar en un viaje interesante por el pensamiento. Por ello, lo de Charlie Charlie no es de escándalo, ni mucho menos el apocalipsis de los humanos que están involucionando. Al contrario, siento que ese juego “nada santo” me permite hablar sobre cómo nacen las modas y cómo la manipulación mediática mueve nuestros pensamientos y nuestras pasiones. Charlie Charlie, aunque realmente es un juego tonto y sin importancia, me ayuda a enseñarles a los alumnos las bases de nuestro sistema: El consumo. Ese juego, me ayuda a explicar cómo la mente humana puede manipular, puede crear leyendas que son comercialmente consumibles, que dan grandes réditos a los youtubers que queriendo ganar dinero con Google AdSense suben videos de estos diabólicos juegos prohibidos y que luego son vistos y compartidos por curiosos y reprimidos adolescentes adoctrinados por una educación del miedo y del silencio, castrados de imaginación y criterio, presas del redil y de lo que dicta la masa, sin ningún deseo de ver más allá. Es más, horas después de que este fenómeno mediático se viralice, ahora sabemos que todo fue una campaña publicitaria para impulsar una nueva película de terror llamada “La horca” de los estudios Warner Bros que tendrá como parte de la trama a este juego “terrorífico”.

En fin. Este fenómeno viral del momento me hace entender, además, que la labor intelectual no es alejarse de los “tontos”, sino, aprender de ellos y que sean la base de nuestras reflexiones. El dramaturgo romano Terencio decía que “Hombre soy; nada humano me es ajeno”. Nada más cierto. Por más terrible o desagradable que resulte la estupidez genera el debate y debe ser la labor del maestro (más si es de escuela) estar siempre al pendiente de las modas y de cuanta tontería emanen de las aulas, pues, esta será la necesaria materia prima para poner en marcha al pensamiento. Con todo, lo importante es siempre saber ver lo que pasa a nuestro alrededor, estar atentos, pero sobre todo, conocer los mecanismos que están detrás del cómo y por qué sucede lo que sucede, no para saber más, sino para vivir con un poco más de autonomía.

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