lunes, 4 de mayo de 2015

Breve reflexión sobre la diversión y el aburrimiento - Paolo Astorga

Breve reflexión sobre la diversión y el aburrimiento



Escrito por: Paolo Astorga

“Me atrevería a decir que hoy por hoy el ser humano pone casi todas sus energías en la conformación de la idea de que “actual” es felicidad. Lo noto a diario: Una familia de cuatro integrantes (mamá, papá, hijo e hija) tienen más de ocho televisores, unos seis celulares, tabletas, dos refrigeradoras y demás aparatos que cada cierto tiempo se “renuevan” para dar una mejor “calidad de vida”, pero no un sentido de vida”.


Dime cómo te diviertes y te diré quién eres.
José Ortega y Gasset


¿Por qué nos aburrimos? Quizás hoy en día esta sea una pregunta muy relevante, una pregunta que detona no solo la reflexión, sino la preocupación ante las acciones mismas del ser humano. ¿Siempre nos hemos hecho esa pregunta, siempre ha estado presente en nosotros? Jean Paul Sartre decía que el hombre al no tener una naturaleza humana, es decir, al no tener una determinación o digámoslo en términos más simples un destino ya determinado, era absorbido por una angustia existencial que lo empujaba a ser “responsable de todo lo que hace”. Esta responsabilidad, sin embargo, es una responsabilidad creativa. El ser ante el sin sentido, ante la nada o el vacío intenta llenar esos huecos existenciales con la creación. Crear es inventar, establecer normas, pautas, modos de vida donde el responsable es uno mismo. Actuar sin la conciencia, es decir, bajo la excusa de los determinismos, del dictado de los otros, de las “leyes naturales” es una actuación de “mala fe”, es decir, una excusa que intenta redimirnos no de nuestras culpas, sino de la responsabilidad de identificarnos con nuestra creación, ser dueños de nuestros actos. Estas ideas sartreanas hoy en día se han diluido en una fantasía del bien, en un estado de hipervelocidad donde interesa más el tener que el ser, donde las apariencias de inocencia e hiperexperimentación cobran mucha fuerza y se convierten en una maquinaria que sustenta, ante todo, el sistema económico en el cual estamos inmersos.

Para nadie resultará un secreto que nuestra sociedad se sustenta en una especie de código binario: Diversión vs. Aburrimiento. Mientras que la diversión nos colma de felicidad, una felicidad que se puede obtener, que se puede comprar y cuya naturaleza es más un efecto que un afecto, esta se contrapone a aspectos negativos como el aburrimiento que genera tristeza, depresión, angustia, pero también una introspección, un proceso de reflexión que nos desnuda, que nos hace tocar ese lado prohibido de nuestra realidad.

Etimológicamente la palabra diversión deriva del latín diversum, superlativo de divertere que significa “alejar”. La diversión nos aleja, en el sentido más estricto, de nosotros mismos. Lo divertido es adictivo. La diversión es ese estado que mueve al mundo. Sin embargo, esta diversión actual es un sedante y no un motor humano. La diversión actual nos aleja, nos hace olvidarnos de nuestras penas. La moda, que rara vez es heterogenea, nos ha generado la necesidad de desear lo mismo, de ser lo mismo, de tener lo mismo, de comprar, usar y desechar. Nuestras acciones ya no intentan tener un asidero en la profundidad de nuestras acciones, sino solo concebir el placer momentáneo de la compra.

La diversión no es eterna, no debe serlo. Si lo fuera sería una tremenda catástrofe. Aunque a diario vivimos en un mundo que pone de manifiesto su veneración apasionada a la diversión como estímulo indispensable ante un mundo “hiperestresante” hay algo que se nos escapa de la mente: la durabilidad. En el libro Vida líquida (Editorial Paidós, 2010) Zygmunt Bauman nos dice que: “En esa [nuestra] sociedad, nada puede permitirse exento a la norma universal de la “desechabilidad” y nada puede permitirse perdurar más de lo debido”. (p.11) Esta obsolescencia programada de la sociedad y sus dinámicas en general (una de ellas el consumo) se fundamentan en la idea de velocidad y desechabilidad. La velocidad y desechabilidad permitirán la apariencia de progreso y desarrollo que, sin embargo, mantendrán a la sociedad misma en un constante consumo en pos de querer estar siempre en lo actual, en lo sofisticado. Me atrevería a decir que hoy por hoy el ser humano pone casi todas sus energías en la conformación de la idea de que “actual” es felicidad. Lo noto a diario: Una familia de cuatro integrantes (mamá, papá, hijo e hija) tienen más de ocho televisores, unos seis celulares, tabletas, dos refrigeradoras y demás aparatos que cada cierto tiempo se “renuevan” para dar una mejor “calidad de vida”, pero no un sentido de vida.

Hoy todo el mundo habla del elemento “diversión” en casi todos los campos sociales del saber. Educación divertida, comida divertida, amor divertido, fútbol divertido, compra divertida, muerte divertida, nacimiento divertido y un gran etc. La sociedad misma debe presentarse de forma divertida, es decir, en forma placentera, gustosa, atractiva. El hedonismo y la diversión deben llevarse de la mano y necesitan imperiosamente generar la idea de bienestar a como dé lugar. ¿Cómo lograrlo? Pues a través del consumo. El consumo hoy en día ya dejó de ser una pieza meramente económica del sistema para ser el sistema mismo. Consumir es un sinónimo de bienestar, de felicidad. No por necesidad, no por obligación, sino por placer, por el placer que conlleva el “aparentar” el “exhibir”.

La diversión entonces es el escape de una sociedad que sabe que no hay más creencias que las que ella se “inventa”. La sociedad misma lo sabe por eso se ha infantilizado, ha dejado de lado la seriedad de observar y entender las heridas a la virtualización máxima de la vida. Hoy jugamos más que actuamos. El que actúa es responsable de sus actos, el que juega sabe que, aunque hay leyes en el juego, existe un botón de reinicio que nos deja exentos de toda culpa. Se puede jugar a casi todo: A amar, a ser exitoso, a ser padre, a ser hijo, a ser mamá, adolescente a la moda, etc. El juego lo puebla todo e imprime un signo fuerte de diversión. La diversión jamás permitirá, por lo tanto, los cuestionamientos. Uno se divierte, uno tiene que reír y hacer que nuestra máquina de dopamina, nuestro cerebro, produzca en cantidades colosales esa hormona que nos gusta.

En la era del me gusta el mundo no tiene profundidad, ni es una posibilidad, solo lo puedo ver si lo puedo catalogar en bonito o feo. Hay una gran polarización y una automatización no solo de las acciones, sino de las formas de pensar y cuestionar. En una sociedad donde el divertimento es el ideal de progreso, el huir, el refugiarse y divertirse se convierte no en el medio sino en el fin de vida. No importa el sentido, ni el porqué de lo que hacemos, lo que importa es que nos gusta, nos deleita, pero sobre todo nos quita –aparentemente–el peso de nuestra libertad. No existe cuestionamiento ante la diversión, pues, lo carnavalesco lo puebla todo, imprime su espíritu orgiástico y reduce al ser humano al propósito único del placer por el placer. Ahora bien, si es que hay cuestionamiento del sistema, es un cuestionamiento que más que transformador es simplemente un pasatiempo por demás aletargante. Y es triste, pero verdadero, que nuestra acción de “cuestionar” sea como la del fanático de fútbol gritando y criticando a su equipo favorito desde una pantalla de Tv. cuando está perdiendo; tan inútil como despreciable.

El aburrimiento, entonces, es siempre un estado más profundo, lo digo porque es en ese momento en donde los efectos acaban y se da un ensimismamiento, un angustiante retorno del ser excitado a una calma, al silencio de estar consigo mismo; esa realidad que nos hace sensibles, esa interioridad que nos causa una insoportable comezón. Por ello vivir es crear y solo en el aburrimiento creamos, inventamos. Pues como diría el escritor Hermann Hesse: “No hay más realidad que la que tenemos dentro.” Esa realidad tan cierta, tan actual, es la realidad de la creación, de la independencia y la libertad que pesa tremendamente sobre nuestras espaldas, pero que es la única que construye la conciencia que nos hace saber que dejamos huella, que somos y seguimos siendo.

2 comentarios:

  1. La velocidad o ritmo al que marcha la sociedad no da tiempo a la lectura de reflexiones como ésta. Sólo preocupa como llenar ese espacio de vacío existencial a cualquier costo, claro, con lo más fácil y que esté a la moda para ser aceptado en la mayoría de los casos por los demás. Continúa aún el temor por conocernos a nosotros mismos.

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  2. La profundidad y lucidez del escritor toca mi propia humanidad eso es una virtud que muchos anhelamos..Gracias Paolo

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