domingo, 15 de marzo de 2015

La importancia de las palabras - Paolo Astorga

La importancia de las palabras


Escrito por: Paolo Astorga


“Quien escribe, quien expresa, se ha de preocupar por las palabras, no solo como un medio, sino como ese receptáculo de posibilidades expresivas. Las palabras nos posibilitan acercarnos en profundo con los demás, porque en primera instancia nos permiten un acercamiento profundo con nosotros mismos”.


Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma.
Julio Cortázar


Desde la antigüedad la palabra ha sido más que una simple herramienta de expresión. Se la ha ligado al poder de la creación misma en tanto esta tiene el misterio de dar vida, de vivificar. Sin embargo, la palabra como ente que trasciende las fronteras del mero nombrar, del mero decir, es hoy por hoy un producto que se ha diluido en el abandono más profundo, en el desmembramiento, en tanto la palabra solo sirve como un vehículo de intercambio, mas no como una finalidad que trascienda el grado cero, el molde, el lugar común. Hoy más que nunca las palabras han perdido capacidad creadora porque no se las ve como posibilidad, sino como medios transmisores de pensamientos, ideas y formas muchas veces ya parametradas, ya establecidas o cuyo valor es muy pobre o en cierta medida poco necesario.

Y es que es cierto. Es la ausencia de la metáfora, la falta de reelaboración, de reconstrucción, de ampliación de los horizontes, lo que hace que la palabra se convierta únicamente en un medio. Nadie ve a las palabras como una forma para explorar identidades, para expandir esencias. La palabra se ha convertido en una herramienta industrializada, homogeneizada a la moda, al consumo de las ideas que se han fijado en el molde de lo establecido.

En la actualidad expresar con palabras resulta harto problemático porque las palabras han perdido su valor incendiario, la rebeldía que conlleva la aventura de salir de lo conocido y descubrir esa nueva sonoridad, los nuevos sentidos y significaciones que no solo se centran en la comunicación, sino en la constitución misma del ser humano y su entorno. Cuando la palabra usa su característica plasticidad para destruir los barrotes de la cultura establecida, cuando escapa de las garras del mecanicismo, cuando se enfrenta ante la inmovilidad de los moldes, es allí donde redefine a la sociedad misma y desnuda la porosidad del poder, el mito de lo ya fijado.

Sin embargo, me temo, el silencio y el ruido lo van poblando todo. Cuando hablamos, cuando mediamos, hemos desterrado el encanto de las palabras para solo decir lo que se debe decir. Sin ningún recurso más que la mera trasmisión de información, sin la expresión de la riqueza del lenguaje, las palabras se han convertido en objetos que van perdiendo todo sentido, que van desligándose de lo humano para convertirse en objetos, en productos que más se asemejan a un puente que a un paisaje. Las palabras como puentes solo cumplen la función conectiva, solo son el móvil para un decir que se repite, que se reitera, que se convierte en hábito. Sin embargo, casi nadie hoy en día se esfuerza por una reivindicación de la palabra como dadora de vida, como creación.

Noto, no con cierta preocupación, cómo la creatividad misma ya no es parte de nuestras palabras. En mi caso que tengo la suerte de enseñar talleres de escritura creativa a estudiantes de escuela, veo cómo las palabras han dejado de lado su posibilidad constitutiva, para convertirse en medios despojados de toda posibilidad nueva. La imaginación, la mente misma, requiere de ese lenguaje de las palabras para desarrollar sus límites, sin embargo, en muchos casos la palabra no funciona como un detonador de esos límites, sino que solo los fortalece, los hace invencibles. Por otro lado, cuando un muchacho crea un poema, cuando escribe un cuento, cuando expande su visión personal sobre un tema cualesquiera de su propia realidad, está haciendo algo más que decir, está dándole sentido a sus ideas, a sus emociones, a sus sentimientos, a su vida. Escribir en este caso será una forma subversiva pues pondrá a las palabras no solo como vehículos transmisores de información, sino que hará patente la expresión emocional e ideológica, la visión personal de un mundo que solo quiere que todos sean iguales.

Quien escribe, quien expresa, se ha de preocupar por las palabras, no solo como un medio, sino como ese receptáculo de posibilidades expresivas. Las palabras nos posibilitan acercarnos en profundo con los demás, porque en primera instancia nos permiten un acercamiento profundo con nosotros mismos. El deseo por decir, por expresar y plasmar esa carga subversiva de las palabras no debería ser exclusivo de los poetas, de los escritores, sino de toda persona que busca en los demás más que simples medios para constituirse como algo. La palabra que vivifica, que crea, es también aquella que transporta nuestra honestidad, nuestra desnuda sinceridad.

Ivonne Bordelois en su excepcional libro La palabra amenazada (2003) nos dice que las palabras han perdido la riqueza expresiva de la que son posibles gracias a una concertación del poder, de las modas y el consumo masivo. Y es que las palabras son subversivas en esencia porque tienen la capacidad no solo de expresar, sino también que en esa rica expresividad “reside la raíz de toda crítica”. El creador, el que construye expresividades que escapan de la monotonía, del lugar común en que las palabras han encallado y pareciera que no tienen escapatoria, es allí donde el valor liberador de la palabra cobra vida. Las palabras no se reducen a un simple cúmulo vocabulario, sino que su verdadero poder está en el vaciado de los pensamientos, del ingenio, de la expresión en la plasticidad de ellas. Las palabras tienen como principio la libertad para hacer cuanto destrozo podamos con ella. Según Bordelois la “magia” del poder de las palabras reside en las posibilidades para el cambio de los paradigmas, de la posibilidad para acercar a las personas con el fin de escapar a toda coacción o amenaza. Sin embargo, la autora nos dice que hoy la producción de las palabras está ligado a lo mediático, es decir a esos grandes medios de comunicación que insertan en la gran masa palabras y sentidos homogeneizados. Un solo pensar, un solo sentir, un solo actuar. Controlar la palabra, es controlar la creación, acallar la rebeldía, mantener el establishment, por eso es necesario reducirla o en el mejor de los casos, regirla, fiscalizarla, producirla en un único sentido del que todos puedan usar con la seguridad de que sea inocua al sistema de poder.

Es por ello que por ejemplo muchos de los contenidos de la televisión que son absorbidos por la masa consumidora de este medio pasan a constituir su lenguaje y se rigen bajo los sentidos y significaciones de estas palabras fabricadas para el público. El consumo de estos medios, no solo se queda en el entretenimiento, sino también en el aprendizaje de la carga semiótica de las palabras y el modelado de nuestra mente, de nuestra expresividad y nuestra creatividad que ha reducido nuestras posibilidades a las posibilidades de los grandes medios de comunicación. Caso concreto: Un niño cuyo campo del lenguaje está regido por medios masivos de consumo de entretenimiento tendrá un cúmulo de palabras que se expresarán desde ese espectro mediático de consumo. Las posibilidades creativas además seguirán la línea de los parámetros establecidos por los medios que han cosificado a la palabra misma para darle una significación que satisfaga los intereses del mercado, del consumo.

Hago esta afirmación porque diariamente observo a mis alumnos y puedo notar que sus capacidades creativas muchas veces tienen ya una estructura regida significativamente por el lenguaje de la televisión o las modas. Para muchos de ellos las palabras deben significar siempre una misma cosa y no deben ser la posibilidad para el juego que rompa con el molde de lo establecido. De esta manera si es que en un ejercicio de escritura creativa yo les planteo escribir sobre una historia de amor, muchos de mis alumnos, darán a la expresividad de la palabra “amor” un sentido próximo a su experiencia mediática, a la posibilidad común de significado de la palabra: “dos personas que se aman.” Sin embargo, al ser controlada su imaginación, su creatividad por los grandes medios, por el hábito de la sociedad misma que intenta hacer de lo infinito uno, es el enfrentamiento de la posibilidad creativa lo que alienta a muchos de ellos a salir de esos espacios monótonos u homogenizados de expresión y lanzarse, no con poca angustia, a la aventura de la creación por la palabra. Explorar con alegría y pasión la trascendencia que se puede lograr con el lenguaje que no se queda en los moldes, sino que modela sus propias expresividades. Es el pensamiento mismo con la palabra lo que se expande, lo que libera su poder subversivo, lo que conlleva a hacer pensar y a la reflexión, todo, en un simple ejercicio de creación escritural. He allí la importancia de la palabra como liberación, pero también como develadora de la precariedad de la cultura del poder, del consumismo y la negación de lo diferente.


Lamentablemente, la expresión es peligrosa pues no permite los moldes establecidos, ni mucho menos las prohibiciones a la imaginación, a la creatividad. Son pues las palabras desde sus posibilidades expresivas las que detonan el aparato de las dictaduras, de la violencia misma, de la miopía del pensamiento.  Y sobre todo, la palabra debe ser reivindicada como un profundo mecanismo para reconocernos como humanos.  

1 comentario:

  1. Se ha repetido hasta el cansancio que "una imagen vale por mil palabras", y tal vez sea cierto; pero, por otro lado, hay algunas sabias combinaciones de palabras que no pueden ser expresadas ni por cien mil imágenes. Por eso existen grandes escritores.

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