domingo, 22 de marzo de 2015

Filosofía del estúpido - Paolo Astorga

Filosofía del estúpido



Escrito por: Paolo Astorga


“Jamás el estúpido intentará salir de su condición alienante, porque salir implica aceptar que se está a merced de su terrible conciencia, de la marca que imprime sobre él sus propias acciones”.


Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda.
Jean de la Fontaine


No hay necesidad sino deseo. Ser estúpido no es una moda, es una filosofía. Entiendo bien que puede resultar paradójico, pero el imbécil tiene una filosofía muy sistemática. Parte de una relación de desconexión con el medio, una entrega ya no de una parte de su libertad –la más angustiantes de las facultades humanas-, sino de la entrega completa de su ser al demiurgo de sus propias vacuidades. El mundo es del idiota y el idiota le da un sentido, crea un orden cercano a un mundo feliz. Entregar nuestra libertad es una premisa cultural, la respuesta rápida ante nuestra conciencia sobre lo profundo de la vida y de la muerte. Creo que hay una pedagogía de la estupidez tan bien entendida y entretenida que para ingresar no hace falta una selección rigurosa de sus miembros, pues, si se quiere ser parte de esta Academia del estúpido, solo hay que comulgar con la simple idea del apaciguamiento, de la somatización, de la narcolepsia existencial y cumplir fielmente los dogmas del placer más flaco.

La idiotez entonces es una cobardía que se permite pues ayuda intensamente a generar un establishment, un posicionamiento equilibrado de la sociedad que no puede (no debe) detenerse en minucias intrascendentes o peligrosas como enfrentarse a la utopía de los porqués. La filosofía del estúpido enarbola la tesis de la satisfacción rápida y fácil por medio de mecanismos que vuelquen la excitación de los sentidos, el desgaste biológico, el llenado del tiempo en la intrascendencia. Coleccionar, experimentar una risa robótica, pero divertida, excitarse permanentemente es un fin irrenunciable para la filosofía del estúpido, pues salvo la diversión fofa o la masturbación sinsentido de los placeres aparentes, lo demás, es una aburridísima forma de vivir. No hay ninguna crítica eficaz contra la filosofía del estúpido, pues el estúpido jamás busca esencias, sino simplemente llenar huecos e hilvanar una conversación que termine siempre en incomprensibles, pero excitantes realidades artificiales. Una lógica tan cierta es vaciarse todo en la veracidad del esclavo que ha aprendido que su medio no es el dolor, ni la angustia, sino solo la orgía y la eyaculación infinita de un aparente paraíso. No hay identidad para el estúpido, sino solo modos de adquirir nuevos perfumes que lo fascinen, que lo dejen embobado por algún lugar. El lenguaje, mientras más directo y breve; mientras más veloz y vacío de sentido, se constituye como una forma de voluntad exquisita de la masa por adherirse a esa ideología estupidizante.

Las condiciones adversas no existen en una sociedad de estúpidos. Todo anda ordenado y en mayor medida, los problemas existenciales o las relaciones solo se definen en forma de golpes hormonales, de códigos binarios cuya respuesta siempre es la satisfacción personal apuntando la frustración de la incompletud del ser que desea y no logra. En un mundo de estúpidos jamás hay un deseo sin cumplir, porque cada deseo es siempre el mismo y es tan superficial como comprarse unas nuevas zapatillas o ir al spa. No existe profundidad, porque se ha aprendido a domesticar a los cerebros rebeldes dándoles una serie de mecanismos para la crítica -tan vacía y estúpida- que la discusión se ha convertido en un tremebundo ruido sin sentido. El estúpido es el nuevo engranaje del sistema, porque de él depende no solo la dinámica social, sino también la económica. Dada sus características devoradoras, hedonistas y narcisistas, el estúpido ama ser un explotado, sueña con adquirir, con tener, desea a toda costa convertirse en una sofisticación constante, en un presente imperecedero.

Y sin embargo para el estúpido lo importante es coleccionar, cazar, acumular. El estúpido debe procurar mantener la llama de sus deseos lo más ardiente que pueda. Y para que esto suceda, debe anular la necesidad de trascendencia pues, si no lo hace, corre el riesgo de encontrarse ante un terrible predicamento: elegir.

El estúpido lo sabe: El mayor beneficio es el confort, el escape y el arrullo. No obstante la violación es sistemática. El que ha dejado de lado la angustia de pensar, de trascender el simple saber para adentrarse a los peligros de cuestionar los grandes muros de lo establecido, vive en un estado donde la felicidad jamás es personal, jamás es cuestionable, jamás es modificable.

Y entonces el idiota acepta su condición animalizada, de reptil humano, porque se lo ha impulsado a la idea de que facilidad es bienestar,  a la doctrina de dejar el esfuerzo a los otros y vivir en lo más positivo, en un estado sin peso, sin la angustia de fallar. El idiota nunca falla, y si esto sucede, existe un “seguro”, un comodín mágico que todo lo arregla. ¿Culpa en el estúpido? No, ni mucho menos un leve remordimiento. El mundo siempre es perfecto mientras el estado anímico permita el placer y la emoción. El estúpido vive del gusto, de esa sensación que le produce la prolongada repetición de lo fácil. Jamás el estúpido intentará salir de su condición alienante, porque salir implica aceptar que se está a merced de su terrible conciencia, de la marca que imprime sobre él sus propias acciones.

La gran mentira para el estúpido es la cultura, sin embargo, sí es cultura el espectáculo. ¿Y por qué? Porque el espectáculo supone siempre una actualización. Lo nuevo es la directriz. La acumulación de emociones, mas no de sentimientos. Las emociones son comerciales, pues pueden imprimirse sobre ellas una fecha de caducidad, en cambio, para los sentimientos siempre hay una superación que va más allá del mero consumo, pues como diría Agnes Heller en su extraordinario libro Teoría de los sentimientos (1999): “Sentir significa estar implicado en algo”. Lo importante -algo que escapa del ser estúpido- es la cualidad de poder mantener el sentimiento, pues este implica una responsabilidad, una identidad. El estúpido no es un ser anclado, ni mucho menos un ser que cuestione sus actos desde lo sentimental, muy por el contrario, es extremadamente emocional pues busca solo el experimento y la gratificación, mas no, la relación e identidad.

Y aunque es sistemática la estupidez, aunque se vive hoy más en la estadística que en la diversidad, vivimos del "creer" en vez del "crear". En esa ilusión amada a la que llamamos mayoría, la estupidez se presenta como condición humana, como un beneficio actual, como un sujeto renovado que vive sin la necesidad imperiosa de pensar en la belleza de lo desconocido, en el caos con el que se concentra un suspiro. Lamentablemente, el mundo ha perdido voluntariamente el deseo de seguir comiendo manzanas prohibidas, de ser echado nuevamente del paraíso y ser él sin tener que convertirse en cosa.

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