domingo, 1 de marzo de 2015

El amor sin riesgos - Paolo Astorga

El amor sin riesgos



Escrito por: Paolo Astorga


“Hoy, más que nunca, el amor se contrapone al compromiso, porque el compromiso genera un ligamento, un pensar en el otro como un peso, como una necesidad, sin embargo, el amor liberado borra al otro y lo convierte en un fetiche, en un objeto de consumo que permite la simulación de la compañía”.


Sólo se ama lo que no se posee totalmente.
Marcel Proust


El pensador marroquí Alain Badiou en Elogio del amor (2011) nos habla de un amor amenazado, es decir, de una manifestación del amor que tiende a la angustia ante su resquebrajamiento, ante su finitud. El libro que está constituido como una serie de entrevistas con Nicolas Truong, nos muestra un hecho relevante en la filosofía de Badiou, el hecho de que hoy: “La guerra “cero muertos”, el amor “cero riesgos”, nada de azar, nada de encuentro, ahí es donde yo veo, con los medios de una propaganda general, una primera amenaza sobre el amor, que yo llamaría la amenaza securitaria”. Este amor sin riesgos, se refiere a un amor donde lo importante es el encuentro sin la responsabilidad, sin el peso o compromiso que conlleva amar. Badiou nos ofrece como ejemplo los anuncios publicitarios de la página web Meetic, en donde lo importante es “el encuentro de pareja”, es decir, el acercamiento de los individuos desde una coraza de lo “seguro”, donde el amor no sea tensión, sino que se diluya en una especie de momento placentero al cien por ciento. El amor no es problemático, sino solo una serie de innumerables momentos de encuentros que partirán de lo impersonal y del disfrute del Eros con la convicción franca de “no tener más responsabilidad que la diversión del amor”.

El análisis de Badiou es muy actual, porque nos confronta a una superficialización de las relaciones amorosas, en tanto estas escapan de su naturaleza angustiante y finita. El amor que hoy se vive es un amor de sensorama, de excitaciones y conexiones que deben, antes que nada, estimular y no constituir.  Amar hoy no conlleva al dolor porque se vive como diría Badiou en “una variante de las figuras del goce”, es decir, en una estructura que permite el consumo del amor más superficial y chato bajo la consigna de lo seguro, de ese “cero muertos” que es, en última instancia, la pérdida de los compromisos, la destrucción de la conciencia y el peso de la existencia.

Por otro lado, el amor actual supone un enaltecimiento de la indiferencia, del confort. Para “amar”, el sentimiento nos debe suponer algo placentero, extático y que no nos suponga melancolía e insignificancia. Amar debe de hacerse fácil, divertido, práctico y, si es posible, intenso y egoísta.

Sin embargo, el amor siempre presenta un gran riesgo y es ese riesgo el que se necesita “preservar” para que el amor mismo consiga un significado que vaya más allá del mero disfrute de la carne. Badiou o lo plantea de manera concreta: “…yo estoy convencido de que el amor, en tanto que es un gusto colectivo, en tanto que es, para casi todo el mundo, la cosa que da a la vida intensidad y significación, yo pienso que el amor, en la existencia, no puede ser ese don que se hace a la ausencia total de riesgos”.

El riesgo supone no solo encontrar en el otro amado un grado de importancia, sino, genera la necesidad de pensar, de problematizar. Solo quien conoce el riesgo, puede ser consciente de la responsabilidad de amar. Sin embargo, el mundo actual prepondera el amor como un flujo comercial donde los modelos amatorios se ofrecen como cánones para un “aprendizaje del amor”. Es un hecho que el amor es un sentimiento que se aprende a exteriorizar y los significados, sentidos y manifestaciones del mismo son impartidos por un modelo que se aprende. Es por esta razón que resulta interesante que el amor siempre sea una manifestación modélica que insertada en la sociedad se manifieste según la estructura sistemática de la misma. Actualmente el amor es su manifestación, su simbología, el demostrar más allá del construir, del afianzar y crecer. Aunque es cierto que el amor supone siempre un primer estadio del eros y el hedonismo, el riesgo siempre radica en la disolución del deseo. La cero responsabilidad conlleva el escape perfecto al peso del aburrimiento y, de paso, un paliativo para la autoestima. Amar es una fiesta, un carnaval que la seguridad quiere mantener infinitamente. Y es que mantener esa fiesta del amar, permite que los amantes sigan consumiendo y consumiéndose y así sustentar al mismo sistema. Hoy, más que nunca, el amor se contrapone al compromiso, porque el compromiso genera un ligamento, un pensar en el otro como un peso, como una necesidad, sin embargo, el amor liberado borra al otro y lo convierte en un fetiche, en un objeto de consumo que permite la simulación de la compañía. La amante de turno -no el depositario de nuestros propósitos o sueños-, simplemente es, ese candente objeto con el/la que puedo pasar una noche de placer con la “seguridad” de sentirme absolutamente tranquilo/a al día siguiente. El amor, entonces, escapa del hábito, de la simbolización porque no quiere aceptar un posible “encarcelamiento”.

Badiou llama “economía de la pasión”, a ese acuerdo con el otro amado para disfrutar, para consumir, para conservar las cosas desde su desechabilidad, es decir, desde el amor como un objeto de deshecho o como un menú. No hay revolución, sino, solo un escape superfluo al miedo de la desaparición de las pasiones. El otro amado no debe ser amado, porque esto me reduce a ser como un esclavo, me encamina a ser dueño de mis decisiones y a las consecuencias de mis deseos.

Es por eso que Badiou nos dice que: “Hay que reinventar el riesgo y la aventura, frente a la seguridad y el bienestar”. La vida no debe conllevar a lograr una inmovilidad, una meta última, la felicidad como un mero estadio donde no hay más propósitos, donde no hay más angustia. El amor como posibilidad, como enfrentamiento y constitución de lo sublime, como un escape del mero consumo de lo sexual, enfrenta a la sociedad a una rebelión. El rebelde consuma su amor en el tiempo, en la vivencia del amor que va más allá de los encuentros amorosos de índole carnal, sino que se trasciende el simple hecho de amar como satisfacción y se busca o edifica el amor como un modo de vida que acepta al ego y el hedonismo, pero no ahogan la visión del otro como un ser irreductible, necesario y con los mismos sentimientos y temores que uno.

Sin duda, hoy el amor, desde su complejidad, es el preciado objeto para suponer una explosión del consumo. Las modas amatorias desgarran y desmitifican, pero a la vez, creo que pensar al amor como un hecho que no debe escapar del azar, de la inseguridad y la posibilidad de sus significaciones, es necesario. Creo, en suma, que el gran peligro, el gran riesgo, es entender al amor como mero disfrute, de ese paso irremediable de canibalismo simbólico de lo amado y la negación nihilista del otro como posibilidad constitutiva, como dadora de vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada