lunes, 5 de enero de 2015

La sociedad de la defensa - Paolo Astorga

La sociedad de la defensa



Escrito por: Paolo Astorga


“El enemigo soy yo, mis ansias de protegerme, paradójicamente, me han dañado. Mi más grande deseo es que el miedo se pueda diluir, desaparecer, eliminar, pero lamentablemente, el miedo radica en mi ser, en esa profundidad que no me atrevo a explorar por el temor de saber quién soy y que después de tomar conciencia, saber que no habrá marcha atrás.”



Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y nuevamente del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.
George Orwell - Rebelión en la granja



En la novela Rebelión en la granja de George Orwell, se nos plantea de manera alegórica la brutalidad de las dictaduras y cómo su control y violencia logran manejar el cuerpo y la psicología de los otros en favor de sus propios intereses de poder. Esta novela breve, además de revelarnos con una profunda agudeza e ironía la construcción de sociedades basadas en el egoísmo y los delirios de dominación, devela cómo las dictaduras se forman no solo por la estrategia de los tiranos, sino también por una aceptación y complicidad del pueblo que acredita la violencia y el sometimiento.

Sin embargo, hay algo más. Sin la necesidad de vivir una guerra real o sentir el yugo patente de una dictadura, estamos viviendo una era terrible, una era donde la paranoia es una constante. Nos hemos convertido en una “sociedad de la defensa”, es decir, una sociedad donde el miedo infundido por diversos medios del sistema nos ha creado la imagen apocalíptica de nosotros y los nuestros. Vivimos inmersos en una angustia acrecentada por nuestros temores que no solo están relacionados con nuestra desaparición, sino con la de los que más queremos, ese otro amado que conlleva a la angustia por su seguridad, su perpetuidad que a fin de cuentas, es una proyección de nuestra necesidad de ser amados.

Esta sociedad de la defensa necesita crearse un enemigo, necesita estar “protegida” ante cualquier transgresión del futuro. En Estados Unidos, por ejemplo, el uso de armas es tan masivo que si la ley lo permitiera y hubiera una regulación específica, hasta los niños usarían revólveres o metralletas con el único fin de “defender lo que es suyo”. La defensa aquí se presenta como una patología que tiende al odio y al miedo más absurdo de creer que hasta las moscas son espías que sirven a esa maquinaria monstruosa que quiere aniquilarnos.

Pero es necesaria la defensa, pues gracias a ella se pueden tomar medidas que estén acordes a los intereses de los gobiernos poderosos. La defensa acrecienta el consumo. La vida hoy, aunque se piense lo contrario, se ha convertido en un recurso valiosísimo, pero no en el sentido del reconocimiento autónomo del ser, sino más bien en el cuidado, casi siempre, superficial del mismo. La vida en una sociedad de la defensa es “calidad de vida”, es decir, que podamos vivir bien a través de una especie de cuidado del cuerpo básicamente. La vida moderna supone ya no cuestionar si nuestra vida es o no es, sino solo, cual muchacha que quiere impresionar a sus amigos modificando su imagen con programas como Retrica, es una ilusión de imágenes constituidas a partir de un mostrarse. No hay, ni habrá, profundidad necesaria para cuestionar el porqué de la defensa, pues mostrarse, supone un ser visto y ser sensible a la crítica o aceptación por el otro, por los otros. La defensa supone aquí un escape en lo posible del daño en la medida en que hemos aprendido que la aceptación no está en nuestro ser, sino en nuestra simulación del ser.

La defensa ya no estipula generar guerras, sino solo un constante flujo de información que permita consolidar, como diría el pensador coreano Byung-Chul Han en su libro En el enjambre, una sociedad inmersa en el ruido del cual no puede huir, ya que ese ruido generado por el aplastante flujo de información, acrecienta en las personas la necesidad casi toxicomaníaca por querer estar conectados con la información que se recibe y produce. La defensa aquí es, sin duda, una paradoja, pues por un lado sus mecanismos suponen el ocultamiento, pero a la vez para no ser dañados, se debe permanecer en un constante estar allí las veinticuatro horas del día ante el aluvión del “ruido”.

Pero hay algo más. La sociedad de la defensa plantea la desconfianza como bienestar, la encarcelación de la familia en cuatro paredes como una forma de paraíso. Ante la creciente ola de criminalidad entre robos, asesinatos, secuestros y demás, lo mejor es el consumo de esos enseres que nos brinden la seguridad necesaria para vivir con calidad. Tener es la meta principal de toda sociedad de la defensa. Poseer la seguridad de que nuestra libertad, aunque sea la más irresponsable, no genere ningún daño a nosotros o a los que queremos. Sin embargo como ya nos estamos dando cuenta, toda la sociedad de la defensa se sustenta en el miedo de un enemigo que es confuso, fantasmagórico, aparente. En Rebelión en la granja, por ejemplo, el modo de generar miedo y por ende aceptación de la defensa, es anulando el deseo de actuar diferente, utilizando mecanismos represores como el castigo, la expatriación, la muerte o en el más sofisticado: La desinformación. Aparentemente se nos quiere proteger para vivir en un círculo de bienestar, pero en realidad lo que se desea es que nos acostumbremos a la dominación y hasta que nos guste ser dominados. Esta finalidad, no hay objeción, es muy actual y se condice con la fábula creada por Orwell. La paranoia acrecentada más por sentirse bien que por conocerse bien, genera la violencia y la incomunicación. El enemigo soy yo, mis ansias de protegerme, paradójicamente, me han dañado. Mi más grande deseo es que el miedo se pueda diluir, desaparecer, eliminar, pero lamentablemente, el miedo radica en mi ser, en esa profundidad que no me atrevo a explorar por el temor de saber quién soy y que después de tomar conciencia, saber que no habrá marcha atrás.

Por eso es mucho más fácil y rentable armarse hasta los dientes o mostrar una careta ante los demás para seguir defendiéndonos. La sociedad de la defensa es siempre una sociedad de la negación, en donde todo se hace por la seguridad de una vida más larga. Los mass media obviamente juegan un papel predominante en la idea de defensa. Así como en la novela de Orwell, el cerdo Squealer, gracias a sus habilidades retóricas, logra convencer a los demás animales de que el único enemigo es el granjero Jones o los traidores como Snowball y que el único “salvador” es el cerdo Napoleón, los medios de comunicación buscan generar en el público un rechazo o un afecto hacia alguien o algo dependiendo de los intereses de poder. Por eso hoy la sociedad de la defensa intenta la polarización o, en el mejor de los casos, la disolución. Crea en las sociedades un ambiente, en apariencia, de destrucción y crisis para que sus libertades sean controladas y se cree la imagen de “salvación” enarbolada en la persona de un caudillo.

No obstante, hoy la sociedad de la defensa está más próxima a la idea de consumo que al odio hacia una persona. Hoy el odio es hacia una idea, hacia un imaginario. El miedo y el odio son confusos, pero irresistibles y están más cercanos a las sensaciones que a las acciones. Tenemos la sensación de que algo nos puede dañar, tenemos el miedo de que en cualquier momento la destrucción será inminente. Sin embargo, tenemos la salida del consumo que aliviana nuestra carga, nuestro pesar. Adquirir, tener y coleccionar nos quitan la idea de desprotección. Es más, entregar la libertad que nos “desprotege” es indispensable. Miles de millones de personas en el mundo creen y seguirán creyendo que es mucho mejor un mundo seguro que un mundo consciente. Por eso consumir nos da seguridad, pero me temo que no mucha conciencia. Estar a la defensa es una necesidad básica que debe satisfacer la angustiante lucha con nuestros fantasmas de cobardía.


En suma, en una sociedad de la defensa, lo importante es tener el ideal de la victoria. Vencer a no sé quién, para no sé qué, con no sé qué. Mientras menos conciencia haya respecto a nosotros y nos reduzcamos a simples poseedores sufriremos los embates de un enemigo tan extraño como nosotros mismos mirándonos en un espejo. George Orwell siempre tuvo la razón.

1 comentario:

  1. No he leído este libro, pero, seguramente, mañana vaya a comprarlo para inmediatamente disfrutar de la lectura voraz. La dictadura, los golpes de estado (factocracia) y otras formas de acaparar el poder han hecho tanto mal a los peruanos que ahora un profesor de escuela tiene que reducir lo académico a la mínima expresión. Esta lectura suscita mis recuerdos sobre la historia del Perú y las truculencias apristas en los sucesivos gobiernos; por ejemplo, la de Bustamante y Ribeyro cuyo asesinato del director de La Prensa: Francisco Graña, ocasionó muchos problemas al presidente que el mismo Apra ayudó. Convivió con Manuel Prado Ugarteche quien dio la educación secundaria gratuita. Los militares Godoy y Lindley impidieron el triunfo de Haya en 1962, pues ganó Belaúnde Terry. Sin embargo, el Apra le hizo la vida imposible de 963 a 1968. Esto es una muestra de que los peruanos siempre luchan contra los ellos mismos y por eso no mejoramos. Basta escuchar hoy en día a cualquier ciudadano de pie en esos trabajos temporales que da ONPE en elecciones:"Aquí en el Perú nadie triunfa por el mérito, sino por nepotismo y clientelaje". Bueno, tengo que dejar de escribir porque empizo a renegar. Ja! ja!

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