lunes, 29 de diciembre de 2014

Enseñar con el ejemplo - Paolo Astorga

Enseñar con el ejemplo


Escrito por: Paolo Astorga


“Cuando alguien crea, ya sea un cuento, un poema, un artículo, un ensayo, una opinión argumentada, acerca de lo que ha leído, está realizando una actividad de desoxidación: Está pensando, está transformando su cultura y no solo la está reproduciendo. Está interpretando su mundo y no solo está quieto en él.”



El ejemplo tiene más fuerza que las reglas.
Nikolái Gógol



Siempre he creído que la mejor estrategia de lectura posible es a acercar a los alumnos a los libros. Es un hecho. Hoy en día los estudiantes de escuela están tremendamente bombardeados de una serie de medios de información que han modificado sus hábitos emocionales e intelectuales. Siempre que he ido a una casa ajena lo primero que he visto al entrar es una televisión. Es lo más cercano que la gente tiene y por eso el medio más directo de su entretenimiento y de información. En cambio los libros son como piedras preciosas en la ciudad. Se habla mucho de ellos, pero me temo que en un colegio, en la casa de un estudiante, en la del amigo del estudiante y hasta en la del profesor, es tan escaso como las ganas de leerlo. Y ni qué decir de su accesibilidad. Pero eso sí, oh paradoja, la información es monstruosamente grande. Todo está plagado de información que se produce y se reproduce a cada minuto. El estudiante usa su celular y envía un mensaje, chatea por Facebook, es un experto con la estrategia en Dota 2, es un genio poniendo apodos a sus compañeros o sacando la vuelta para no ir al cole y vender reservas para una fiesta clandestina. ¿Cómo aprendieron tanto nuestros alumnos?

La lectura es una actividad difícil, eso no se cuestiona. Puede ser entretenida, divertida, motivadora, emocionante, desestresante, edificante y mil millones de adjetivos más, pero es difícil. Leer no es solo convertirnos en “lectores”, ese nunca será el propósito. Leer es siempre una confrontación, una especie de lucha libre en donde vale todo. Un ejemplo: Daniel, es un estudiante de cuarto de secundaria y un profesor le ha mandado a leer Los Inocentes de Oswaldo Reynoso. Bien. Digamos hipotéticamente que Daniel al leer los cuentos de Reynoso, no solo se ha entretenido con la historia (si logra hacerlo, es un punto a su favor), no solo ha leído literalmente, sino que ha confrontado su saber, sus expectativas, su ética, su forma de ver el mundo, es decir, su ser completo, contra el discurso que plantea Reynoso. Hay cosas que le agradan del libro y hay otras que no. Pero hay algo importante que lo separa de ser un mero traductor: Crear. Crear es lo que lo separa de ser un lector común y convertirse en un productor de conocimiento. Sin embargo, en la escuela se ha olvidado que lo más importante es lo que siente, lo que piensa, lo que vive el estudiante. No se lo conoce, no se ha podido conversar con él, no es tomado como una posibilidad. Casi nadie da el ejemplo. Leer es solo una tarea, a veces tan aburrida que ya no importa sufrirla siempre y cuando no se salga desaprobado. Repito, no hay ejemplo.

El ejemplo es la piedra angular de toda la educación. La estrategia no sirve de nada si no hay ejemplo. Daniel pensará que leer Los Inocentes es solo una tarea si no hay ejemplo. Es más, quizás ni lo lea, quizás solo busque en internet resúmenes de Rincón del vago y ya, se habrá acabado el martirio. No. A muchos estudiantes hoy en día no se los piensa como una posibilidad, como seres con múltiples potencialidades. Es más, leer se ha reducido a ser parte de un curso, de una hora, de una pose para la foto, pero nada más.

Y es que el ejemplo es siempre un modelo, una guía para actuar, una influencia. Un maestro que hoy no es ejemplo, no sirve, así de simple. Si hablamos de leer, me temo que estamos entrando en una situación incómoda. Hace ya unos años en una presentación –oh destino, de Los inocentes, Oswaldo Reynoso decía que si queremos saber qué clase de profesor tenemos, debíamos preguntarle qué es lo que estaba leyendo últimamente. Yo recuerdo haber tomado esa pregunta como una especie de llave para conocer nuevas amistades, para saber cuáles son sus afinidades y hasta su forma de ver el mundo. A muchos colegas les he formulado esa interrogante y he comprobado que la mayoría no lee o lee libros que en su etapa formativa debió leer. Lo que es peor, no son lectores especializados y por último, no son amantes de la lectura diversa, es decir, leer sobre todos los temas posibles. Es triste, pero es. He presenciado clases de comprensión lectora y de producción de textos donde el maestro les decía a sus alumnos lo que debían hacer, les daba sendas estrategias para alcanzar el logro lector, pero, al preguntar a este maestro sobre qué era lo que estaba leyendo últimamente, me daba con la sorpresa que sus lecturas eran escasas o nulas “porque el tiempo y el trabajo no me deja”, no me sonrojo por la vergüenza de la “pequeñez” de su respuesta, sino que me hace sentir culpable porque de alguna manera soy parte del engaño. Ahora, imagínense si leer es una tarea titánica hasta para el profesor, cuán difícil será la de escribir. Sin duda el ejemplo juega un rol importante aquí.

Hay una frase –casi un mantra– que me ha permitido generar siempre debate con mis muchachos: "Leer, reflexionar y escribir". Nada más cierto. Les he dicho en algunas ocasiones a mis alumnos que si es posible huyan de la mera comprensión lectora, que escapen de ser simples máquinas reproductoras de ideas. Les he tratado de enseñar que la mejor estrategia de lectura es saber hilvanar nuestras propias visiones del mundo, de nuestra vida. Es más he llegado a lo radical: El mayor logro de un lector, es llegar a la escritura. Cuando uno de mis muchachos logra escribir algo suyo, es como si me hubiera sacado el pozo acumulado de la Tinka. Y no es para menos. Cuando alguien crea, ya sea un cuento, un poema, un artículo, un ensayo, una opinión argumentada, acerca de lo que ha leído, está realizando una actividad de desoxidación: Está pensando, está transformando su cultura y no solo la está reproduciendo. Está interpretando su mundo y no solo está quieto en él. Ahora bien, el proceso se puede acelerar si se les enseña a nuestros alumnos con el ejemplo, es decir, siendo nosotros los primeros en hacer la tarea. Un profesor que no lee o no escribe, que no promueve la cultura y el diálogo académico o creativo es un dinosaurio resucitado. El camino es largo, los estudiantes tienen una idea diferente y a veces negativa respecto a leer y a escribir, pero si el maestro –y vuelvo a decirlo, no es solo estrategia– es lo suficientemente comprometido con su labor, generará la motivación necesaria para hacer que los alumnos lean y escriban.

Dejemos de lado la idea de estándares, la idea de metas a cumplir a fin de año y pensemos más en Daniel, en Francisco, en Julio, en Sandra o en Alex. Ellos son nuestros estudiantes, no los intentemos reducir a nuestros muchachos a simples estadísticas cuyos suspicaces indicadores son inicio, proceso o logro. Odio a los maestros que solo llaman a sus alumnos para revisarles las tareas, que no los conocen, que no conversan con ellos en los recreos o en las horas libres, que no toman enserio sus trabajos o que no los comparten entre la comunidad. Odio a esos dinosaurios que se incrustan en un aula y jamás llegan con su maleta llena y pesada de libros para prestar. Odio a esos vendedores de contenido que han olvidado que todo alumno es siempre un proyecto, un ser humano.

Lo único que queda es la eterna perseverancia. Creo que eso es lo que genera el buen ejemplo. Si quieres que tu alumno lea y escriba, pues, hazlo tú primero y no claudiques en el intento. Demostrar que tienes agallas para enfrentar los gravísimos problemas de la educación nacional, es ya una victoria. Sin embargo, es necesario aprender que cada estudiante es un mundo y que cada mundo tiene un gran talento que hay que sacar a la luz. Creo que lo mejor que puede ofrecer un colegio consiste en desarrollar la sensibilidad, creatividad y talento de los alumnos, por eso pienso que la comprensión de lectura es una etapa del largo proceso para tomar la responsabilidad de nosotros mismos, ir creciendo, ser autónomos y vivir en libertad.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Un comentario sobre la ética de Cristo - Paolo Astorga

Un comentario sobre la ética de Cristo





Escrito por: Paolo Astorga


“Cristo como ética no solo es una herramienta para “adquirir algo”, sin embargo, Cristo hoy es pensado como un Papá Noel o un hada madrina al cual se le puede hacer peticiones para que nos la conceda. Se lo ha deformado de tal manera que en el imaginario común no es un ejemplo para construir nuestro ser, sino un medio que nos da algún beneficio, obviamente a cambio de algo.”


La ética está siempre referida como diría Fernando Savater con el “saber vivir”, a ese inventar y elegir. La ética se entiende como una forma de vivir dentro de una sociedad que no solo se reduce al cumplimiento de leyes o normas establecidas por la cultura, sino que es un modo de vivir bajo el inventar y elegir, es decir, estableciendo en nuestra vida un actuar. Toda ética es a fin de cuentas un paradigma que engrandece o envilece al hombre. Sin embargo, la ética supone una exigencia que va más allá del inventar y del elegir, consiste en hacer lo que quieras, pero teniendo la conciencia de tus actos, es decir, tomando responsabilidad de ellos. Toda ética es siempre sistemática y supone una especie de limitación y diferenciación con los demás modelos éticos. Pero no debemos entender a la ética como una mera dominación de nuestra libertad usando, paradójicamente, nuestra propia libertad, sino que la ética es siempre una posibilidad de manifestación de una serie de rasgos y acciones que fomentan la idea de “buen vivir”.

Ahora bien, como la ética se considera un modelo, debemos entender que practicar una determinada forma ética supone la adopción de ciertas actitudes, normas, reglas y formas culturales que constituyan el bien que se busca. Me interesa en este punto hablar de una ética particular, me refiero a la ética de Cristo.

En la ética de Cristo podemos determinar un centro discursivo concreto: el amor como medio persuasivo de trascendencia. La ética cristiana como modelo de actuación debe trascender el mero ritual religioso. Jesús jamás intentó instaurar un sistema religioso, sino que al contrario, buscó que su pueblo sea liberado, pero no en el sentido jurídico como sucede con el pueblo de Moisés, sino en el sentido más profundo que lleva a la conversión, a la transformación de una vida “incorrecta” a otra correcta por el amor.

Mientras que para el sistema religioso contemporáneo de Jesús la ley era la forma correcta de vivir, aun si esta ley era una forma de dominación y yugo para las grandes mayorías marginadas, en la ética de Jesús, la ley, aunque también es polarizada, se matiza con la idea del amor igualitario, con la del ejemplo estoico o la necesidad de luchar contra nuestros propios apetitos. El evangelio de Mateo reduce todo los mandamientos anteriores en esta frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.  La necesidad de amar responde a una ética revolucionaria para el contexto en el que vivió Jesús, sin embargo, hoy en día esta forma de vida de amar al otro como a uno, resulta casi imposible o por lo menos muy difícil, pues hoy el reconocimiento del otro, si no es harto confuso, resulta frustrante, acrecienta la incomunicación y se fundamenta lamentablemente como un huir de la soledad, mas no como una forma de unión auténtica.

La ética de Cristo es pues no solo el cumplimiento de la ley, no solo es la obligación de amar, sino que esta ética busca que, si se va amar, se ame en verdad, en libertad. La ética de Cristo es tremendamente libre, pero también se apoya en la idea de trasformación en el sentido más amplio y más personal. Cristo como modelo ético se debe de ofrecer no solo como un dogma, como lo hace cualquiera de las religiones que lo usan, sino como un paradigma de vida. Creo con fervor que el verdadero mensaje cristiano es la vida en Cristo, si es que esta es posible. Lamentablemente, a mi parecer, toda religión que se denomina cristiana de alguna manera es una deformación, una interpretación interesada del mensaje de amor y conversión de Cristo. La ética de Cristo como manifestación de su vida, me temo, es hoy tan peligrosa que es mejor reducirla a la ritualidad simbólica o a la simple idea de “salvación” por el miedo. Cristo como ética no solo es una herramienta para “adquirir algo”, sin embargo, Cristo hoy es pensado como un Papá Noel o un hada madrina al cual se le puede hacer peticiones para que nos la conceda. Se lo ha deformado de tal manera que en el imaginario común no es un ejemplo para construir nuestro ser, sino un medio que nos da algún beneficio, obviamente a cambio de algo. Cristo pensado y reducido hoy a una especie de dueño de una tienda, suele ser un escape, un refugio, pero no siempre la invitación a una transformación personal a la construcción de nuestra propia ética.

Creo que se debe de entender el mensaje ético de Cristo como imagen y manifestación de vida, como un ejemplo. Un ejemplo que debe suponer una vida que tome aquello que es “bueno” y que genere un modo de vida justo. Hoy es tan difícil seguir la ética de Cristo por el simple hecho de que nos resulta casi imposible amar o ver como igual al otro. Vivimos en una sociedad de la “defensa”, es decir donde las corazas sociales son más duras e impenetrables. La defensa es incomunicación, es miedo a ser dañado por el vecino y a veces por nuestro propio hermano. Vivimos en una sociedad de la defensa donde la paranoia de la muerte (del asesinato) genera una desconfianza descomunal.

Es un hecho. La buena vida no está solo en el ritual del creyente, sino al contrario, en la vida del que cree. Vivir acorde a nuestra creencia es una vida auténtica. La verdadera ética de Cristo es esa. Lo demás es un discurso comercial. El mejor convencimiento, el mejor gancho de persuasión de un cristiano es la vida misma, la manifestación de una ética que conlleve a una responsabilidad con nuestros actos. No se trata de fe ciega o de símbolos e imágenes que nos provean mágicamente de felicidad, sino que todo se puede reducir a la primitiva (y a la vez compleja) idea de vivir con el ejemplo. Toda religión es a fin de cuentas política, administración del poder. En cambio, creyente en un ser superior o no, el que vive una ética de lo justo, es tan igual que aquel que se ha ahogado en el ritual religioso creyendo ser diferente, ser superior, por el único motivo de haber “conocido la Verdad.” Me temo que este tipo de personas que creen que la verdad que han hallado es la única y, peor aún, es la fórmula de su “salvación” están equivocados. No hay que ser un erudito en las escrituras, un sacerdote con decenas de años de escrudiñar el evangelio, para entender que la “buena vida” que Cristo nos quiere entregar es la vida desde el testimonio, desde el buen actuar auténtico.

Y aunque el testimonio de vida debe condecirse con una sabiduría en el actuar, se debe entender además que toda ética es dinámica y cambiante. Escapa de un dogma que supone ya una especie de sometimiento. Es una decisión consecuente y en libertad. No es solo fundamentarse en la religiosidad, sino en el amor. La ética de Cristo es, al fin y al cabo, un testimonio que debe ofrecerse con amor, no desde los discursos del miedo (si no crees irás al infierno), ni tampoco desde el discurso mesiánico de salvación, ni mucho menos como un mero ritual de los domingos. La vida del que cree en Cristo, simplemente debe ser una vida de libertad y responsabilidad según la manifestación del amor. Lo demás es una idea deformada e interesada de ver la vida, de vivirla.


lunes, 15 de diciembre de 2014

Divagación en torno a las máscaras - Paolo Astorga

Divagación en torno a las máscaras




Escrito por: Paolo Astorga



“La máscara matiza la profunda frustración moderna de tenerlo todo, pero sin saber realmente para qué. Hoy más que nunca el yo es solo una representación de yos que se perpetúan hasta desaparecer las identidades y dejar sin efecto la posibilidad de conocernos, de responsabilizarnos los unos a los otros. Una máscara en la actualidad es más un objeto para la hipocresía que para la tentativa quijotesca de elevar la humanidad a la de héroes.”



Una performance es siempre una manifestación corporal discursiva de un yo que desenvuelve un papel dentro de una representación escénica. Toda esta performance usa, se quiera o no, una máscara. La máscara esconde la verdadera cara en el sentido que nos permite borrarla. La máscara es una personificación de lo virtual, de lo ideal como una manifestación, un actuar. Las máscaras nos permiten acceder a otro cuerpo o por lo menos adaptar al propio un significado que la máscara impone. La máscara es una especie de armadura o en el mejor de los casos es siempre la metáfora de la posibilidad. Con la máscara puedo acceder al otro desde mi yo. Sin embargo la máscara en profundo, es siempre un artefacto contra el miedo, contra nuestra misma insignificancia. No usar máscaras nos resultaría nocivo, pues expondríamos nuestra parte más “blanda” ante los demás, ante las miradas que “avergüenzan y juzgan”, que subordinan, que invisibilizan y destruyen. En cambio la máscara nos concede un poder: El de ser la posibilidad misma de una manifestación a la que podemos imprimirle una personalidad, pero sin la responsabilidad de la identidad real. La máscara actúa desde la simulación, desde la magia de la ficción. La máscara, entonces, es una especie de virtud en el sentido que supone una estrategia de dinámica humana. Las mejores máscaras son las que más transparentes y menos evidentes se presentan, las más óptimas son sin duda, las que mejor cumplen el papel de ocultarnos para no ser reconocidos. Sin embargo, las máscaras modernas cumplen una función que ha trascendido el simple ocultar, sino que más bien ha multiplicado el rostro. Hoy ya no tenemos una sola máscara, sino miles o millones de ellas y todas, a veces actuando simultáneamente. Nuestra performance es la manifestación obvia del ocultamiento, pero también de la multiplicación de la personalidad en tanto el contexto o la situación lo amerita.

Ahora bien, hay toda una teoría del fingidor que podemos palpar. Por un lado hoy ya no solo somos una performance, sino que debemos multiplicarnos en miles de performance, en miles de manifestaciones para poder ser en un sentido amplio. Lamentablemente esta multiplicación del ser, lo ha alienado, lo ha diluido y lo ha reducido a lo insustancial, a lo banal. Como el ser requiere de miles de máscaras para subsistir en su cotidianidad, ha empobrecido su performance adquiriendo un modelo o estereotipo que le permita representar su personaje dentro del simulacro del hábito. Un profesor, un esposo, un escritor, ya no construye una máscara auténtica, porque si así lo hiciera, le tomaría mucho esfuerzo que exteriorizaría su verdadero yo, el rostro detrás de la máscara y ésta perdería su función ocultadora. Y lo terrible hoy en día es mostrar el rostro, “la verdadera cara” ante los demás.

Las máscaras permiten al actor simular sus sueños. Don Quijote tiene una máscara y una performance que aunque contrasta con la realidad y resulta por demás patética, deja entrever el sueño de Alonso Quijano –la cara oculta tras la máscara del Quijote–, frente a su realidad. La heroicidad, el honor y la libertad, sin las máscaras de “locura” de Alonso Quijano, no serían posibles pues, solo mostrarían un rostro sumido en la mediocridad de su propia sociedad. He allí el fin de las máscaras, son estrategias de ilusión que permiten alcanzar o por lo menos llenar la brecha de tiempo que genera la melancolía, que acrecienta la derrota del ser. El que usa máscaras más allá de representar, busca crear identidades, ofrece un discurso que ha construido con el movimiento de su performance. No solo actúa, sino que antes que cualquier cosa crea. No obstante, las máscaras de hoy no son las que el Quijote lleva consigo. La gran paradoja de la máscara de hoy no es la posibilidad, digamos, la herramienta para hacer la vida más “vivible”, sino solo se ha convertido en una forma de escape, de ocultamiento o alejamiento de la responsabilidad del ser.

Es que hemos aprendido que la paradoja funciona en apariencia. Si mi máscara puede hacer posible mi sueño, pues, para qué mostrar mi rostro, hacerlo visible, si mi máscara hace posible que mi sueño, mis ilusiones sean mi realidad.

Como vemos aquí hay un error patente: Quien no muestra el rostro esa “verdadera cara”, corre el riesgo de diluirse, de borrarse, pero también y –oh paradoja– de hacer que la máscara que oculta la cara verdadera, sea la verdadera cara. El vacío puebla el deseo de querer vivir en el éxtasis de la simulación. Para el fingidor la realidad es una representación que puede percibirse, que es sensual, pero que no tiene asidero, que no ata, que no deja poner los pies en la tierra y generar peso. La máscara como un mero escape de nuestra posibilidad de mejorar el rostro (no solo ocultarlo, sino potenciarlo), es una especie de lenta destrucción, una especie de derrota, de ruptura y asimilación. Y lamentablemente el deseo de hoy en día es tener una gran colección de máscaras y una serie de performances políticamente correctas con el fin de no ser reconocidos. El hombre y mujer actual, a pesar de vivir en un mundo que desde la publicidad, las relaciones sociales, económicas o emocionales, priman aparentemente la multiplicidad, desean vivir en un estado de invisibilidad. No en el sentido de no ser vistos, sino más bien en el sentido de no trascendencia. La intrascendencia es insustancialidad, es decir, el hombre y la mujer de hoy solo intentan hacer lo que tienen que hacer, lo que le dicta la sociedad, lo que le dictan sus gobernantes, lo que le dicta el otro que lo domina, pero que lo deja “tranquilo”, que le permite no cuestionarse a cambio de no cuestionar, vive, pues, en un movimiento cuya naturaleza es lo inmóvil. El invisible, tiene tantas máscaras que es irreconocible. Y esto es terrible. No ser reconocido genera por demás una confrontación, una profunda incomunicación. Devasta. La máscara matiza la profunda frustración moderna de tenerlo todo, pero sin saber realmente para qué. Hoy más que nunca el yo es solo una representación de yos que se perpetúan hasta desaparecer las identidades y dejar sin efecto la posibilidad de conocernos, de responsabilizarnos los unos a los otros. Una máscara en la actualidad es más un objeto para la hipocresía que para la tentativa quijotesca de elevar la humanidad a la de héroes.

Entonces la máscara hoy es un icono. Una necesidad casi natural, esencial en nosotros. El verdadero rostro está desapareciendo. Lo único que queda, lamentablemente, son los residuos de un mundo que cree en la veracidad de las sombras que pueblan su caverna de apariencias. Nada más.

lunes, 8 de diciembre de 2014

La imposibilidad de mirarnos - Paolo Astorga

La imposibilidad de mirarnos



Escrito por: Paolo Astorga



“Somos más mirones que miradores, que miradores en profundo. La mirada es más un espectáculo, una performance del espectador que desea ver lo asombroso, pero sin el compromiso de saber y de comprometerse con lo que ve. El que mira, lo vivimos hoy, intenta solo simular una realidad para él que, aunque ficcional, funcione para sus propósitos hedonistas.”



La quinta acepción de mirar según el Diccionario de la Real Academia Española es: “Pensar, juzgar.” Esto es tremendamente cierto, sin embargo mirar se ha convertido en algo más que un simple acercamiento del sujeto hacia el objeto, se ha convertido más bien en una especie de tangencialidad, es decir, en un simulacro donde mirar suele asociarse directamente a una mera captación de imágenes.

A diario miramos el mundo que nos rodea, pero muy pocas veces miramos realmente, es decir, miramos desde el pensar y el juzgar. Es más, hoy en día estamos propensos a ni siquiera mirar. Solo a percibir. A interpretar como un puñado de efectos el hecho de mirar. Mirar se nos parece más a un simple palpar. Mirar hoy es como dar probadas, como picotear. Los que miran el mundo o la realidad, ya no la piensan en sus aspectos más profundos, solo la coleccionan y almacenan o, en el mejor de los casos, la usan como un medio de placer. Y es que mirar debe convertirse en una actividad placentera que dé a nuestro cerebro la sensación de alivio. El alivio es, sin duda, una constante necesidad para los que viven en el mundo de hoy.

Buscamos alivio a los síntomas modernos, pero sin saber a ciencia cierta cuál es la raíz de nuestra enfermedad. En lo más extremo del problema, la enfermedad no existe o no se la quiere pensar en tanto creemos fervientemente en nuestras apariencias. Mirar es imposible en una época donde nadie mira a los ojos. Los ojos ya no son ojos, sino hiperojos. Un ojo de hoy ya no mira, sino interactúa, caza. Los ojos se han sofisticado con la apariencia de la tecnología, pero han perdido la esencia de sus funciones. El mirar de hoy es un mirar superficial o un no mirar. El mirar de hoy es un mirar distraído en tanto busca el estímulo de la velocidad. La mirada real supone siempre un grado de desnudez. Miles de personas en el mundo ya no se ven, no se observan. Su interacción es indirecta. Cada vez hay más muros, pero esos muros son apariencia de densidad, de confusión, allí donde no hay nada, donde no hay significado.

Mirar genera vergüenza. Sartre nos hablaba de la mirada del otro. Esta mirada nos causa vergüenza y angustia en tanto es una mirada que no podemos “controlar”, es una mirada por demás inquisidora, desnudadora, juzgadora. Hoy, la mirada que nos planteaba Sartre en El ser y la nada, es más bien una mirada que no profundiza, una mirada que se ha quedado en el acto de mirar, más no en el mirar como fin. Es una mirada que se satisface con nosotros, una mirada que se centra en nosotros desde un simple motor de deseo. Mirar es una empresa para tontos. Los que realmente ven –si lo logran-, se ven desnudos, ven reflejos, ven una serie de engranajes monstruosos con los que la apariencia los ha delimitado.

Hoy verse a los ojos es, más allá de mirarse, un espectáculo o una escena de caza. El hombre que mira a su amante, es en última instancia, el que se pierde en la atracción de su mirada. No piensa a la amante, solo la imagina. No la profundiza y la contrasta –sería absurdo, suicida-, solo le arroja sus pupilas, la transparencia de sus globos oculares. Porque si miráramos en profundo, es decir, pensando y juzgando, nos invadiría una incontenible soledad, un miedo, una culpa y una gran vergüenza. El otro que miramos en profundo es, a fin de cuentas, el otro que necesitamos, por ende mirarlo en profundo conlleva a una responsabilidad para con el otro en el sentido de “conocerlo”. Sin embargo, me temo que mirar hoy es más un juego de seducción, de prendamiento, que de conocimiento. Vemos con el ánimo de saciarnos, no con el ánimo de conocer, de “pensar o juzgar”.

Al amante lo miramos porque queremos amarlo, no pensarlo. No obstante, nos da vergüenza mirar, pero también saber que somos mirados. Hoy la mirada es una visión cercana desde la distancia. Cuando miramos lo hacemos con el ánimo de ver sin ser mirados. De ver en discreto, de ver fetichista. Mirar no tiene nada que ver con el análisis, con la construcción que nos acerque a los otros. Mirar se reduce, a una ráfaga de percepciones que penetran lo privado. Mirar no es auténtico. Miramos escondidos detrás de una cortina o una máscara. Miramos porque queremos satisfacer un cierto morbo. Somos más mirones que miradores, que miradores en profundo. La mirada es más un espectáculo, una performance del espectador que desea ver lo asombroso, pero sin el compromiso de saber y de comprometerse con lo que ve. El que mira, lo vivimos hoy, intenta solo simular una realidad para él que, aunque ficcional, funcione para sus propósitos hedonistas.

Por eso vamos al cine a mirar, jamás a mirar en profundo, porque creo que sería algo estúpido, mirar en profundo, si lo que nos interesa del cine es una buena historia, un poco de emociones bien generadas por la imagen, un momento de diversión. Mientras más espectacular, mientras más efectos visuales podemos captar con nuestros ojos, mejor se nos apetece el mirar. Mirar es un juego de efectos sin duda. Mirar no es el análisis calmado, meticuloso y reflexivo de las cosas, del mundo. Mirar es pura percepción, estimulación de centros nerviosos para recibir una recompensa gratificante. Esto por cierto en detrimento de diluir nuestra realidad y convertirla en pura acción visual. ¡Pobre del ciego!, diríamos. La dictadura de la imagen es lo más actual. Por eso una imagen no debe hacernos reflexionar, sino solo emocionar. La emoción más chata, la que nos impulse a conseguir nuestro premio, a satisfacer nuestras tres necesidades primarias: comida, bebida y sexo. Porque la imagen es siempre editable. Mirar es en suma una interpretación de lo dinámico. Una interpretación de lo aparente.

Mirar, entonces, resulta imposible o por lo menos una labor titánica en tanto pensamos lo que miramos. Nos alejamos cada vez más de nuestras miradas y ponemos entre nosotros una especie de “cables” para comunicarnos. La lejanía nos acuña la idea de no compromiso, una especie de liberación de la responsabilidad que supone el mirar. Al amarnos, al manifestarnos amor, la mirada pasa a un segundo plano, solo hace falta que funcione como percepción excitatoria. En el amor, la mirada es perniciosa y hasta nociva. Inútil.

Este acto moderno del mirar, se asemeja mucho a un ratón de computadora. Con él podemos navegar por un sinfín de ventanas, pero con la complicidad de una cierta privacidad. Nos parecemos a una especie de colectores, de perceptores visuales. Nos agrada que la imagen nos exprima, nos ahogue. Porque el ahogo es una especie de sedante, una especie de inyector de esperanza, falsa, pero esperanza. Un cartel en medio de la calle, una fotografía de perfil en el Facebook, un selfie o nuestra propia imagen en un espejo, son objetos de nuestro mirar que solo ve física, luz reflejada que intenta generar una emoción o algo más simple, un impulso. El impulso de actuar, de elegir nuevamente sin conciencia de elector. Quien mira desde el pensar y juzgar, sabe que su labor va más allá del mero impulso, es quién desarma el sistema del mirar y piensa el mirar desde sus profundidades, interpreta el fenómeno, lo metaforiza. No está a la caza del placer de los sentidos, no es un Dorian Gray posmoderno, ni mucho menos. Conocer es su consigna, identidad, acercamiento. Quien mira realmente en esta época de pantallas-reales, se ve en la necesidad de acrecentar su mirada y lentificar su observación. Quienes se atreven a mirar en forma profunda, envejecen más rápido en tanto el objeto al que yo dedico mi lento y minucioso mirar no es solo una cosa de la que me sirvo, sino es mi otro al que quiero entender. Entender dista mucho hoy con satisfacer y genera innumerables frustraciones.

Por eso mirar es realmente asumir la responsabilidad de saberse en el mundo real ante el otro desnudo, sin máscaras. Mirar no puede ser un simple disparo de estímulos, sino es una interpretación de aquello que apreciamos como central. Mirar siempre debe suponer una confrontación con lo que se nos preconiza como real, como Verdad. Mirar es, por último, una manera de rebeldía contra el coleccionista de imágenes que solo busca escapar de sus propias insignificancias, de su propio cuerpo pensante, de su melancolía que la cree insufrible. El que mira entre miopes conectados con el mundo, pero desenchufados de su propio mirar(se) es la tarea de todo aquel que ha escapado de su Matrix y ha caminado por la caliente arena del desierto de las certidumbres, dudando, en busca de todas las respuestas que se nos presenta ante la belleza de mirar, lentamente, sin más apuro, que el de conocer y conocernos de verdad.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Sobre la angustia de dedicarle mucho tiempo a nosotros - Paolo astorga

Sobre la angustia de dedicarle mucho tiempo a nosotros



Escrito por: Paolo Astorga



“La tecnología, sin duda, ha generado en el hombre la falsa idea de superioridad en tanto lo ha vuelto soberbio y con la fantasmagórica tendencia a creer que él es el dueño del universo, sin darse cuenta que en realidad, lo único que ha logrado es simplemente, escapar a su gran depredador que es un inofensivo gusano.”



Uno de los grandes problemas –y por qué no decirlo, también estrategia- de nuestro sistema es dedicarle mucho interés al intercambio simbólico de objetos, al consumo extremo como un modo de vida que genera en nosotros una especie de “propósito vital”. Me explico. Desde pequeños vivimos rodeados de símbolos. Los objetos con los que interactuamos no solo son objetos de “utilidad”, sino que se van convirtiendo en una especie de símbolos emocionales que significan subjetivamente algo para nosotros. Muchos de estos objetos perfilan nuestra personalidad a tal punto que se convierten en un elemento irreductible de nosotros.

En una sociedad ultraconsumista como la nuestra el consumo es una especie de generador de ideales, de metas, de propósitos de vida. Los modelos, los estereotipos, las creencias y el intercambio cultural, se ven afectados por el dictado del consumo, por la función publicitaria que genera en los receptores una angustia por poseer. Al consumir generamos en nosotros un fantasma emocional. Un objeto recién comprado, es en última instancia, un breve alivio ante nuestra angustia existencial. Llamamos hoy a esta angustia aburrimiento.

Y es que vivimos dentro de esa obsesión angustiante de dedicarle mucho tiempo a nosotros. Nos hemos convertido –cada vez con más intensidad y sofisticación-, en una masa de coleccionistas de símbolos que han de llenar nuestras vacuidades. El joven que se compra un nuevo celular de última generación, –como diría Jean Baudrillard-, no ha comprado un objeto como tal, sino un símbolo cuyo significado está relacionado a un complejo sistema de deseo. Quizás este celular no es un celular, sino un medio de poder o de aceptación. El joven no lo ha comprado desde la utilidad, sino para compensar su insignificancia que lo angustia y lo acerca a la conciencia ante la muerte.

El ser humano de hoy es un ser que ha diluido a la muerte en la apariencia del consumo. La obsesión por poseer, por adquirir y coleccionar, claro está, se centra en el sistema de producción y la velocidad en la que los símbolos se generan y se ofrecen a los sujetos hambrientos de placer y satisfacción. La tecnología, sin duda, ha generado en el hombre la falsa idea de superioridad en tanto lo ha vuelto soberbio y con la fantasmagórica tendencia a creer que él es el dueño del universo, sin darse cuenta que en realidad, lo único que ha logrado es simplemente, escapar a su gran depredador que es un inofensivo gusano. La muerte es hasta hoy una brecha insalvable que solo es posible llenarla con símbolos, con ideas, con creencias, con matices de esperanza que sean paliativos ante la angustia de vivir.

Por eso nos encanta comprar, porque genera en nosotros una idea de que tiene sentido nuestra vida, de que es divertido. Comprar hoy tiene que estar muy cerca de la imagen de ese niño que prueba por primera vez azúcar y se siente tan eufórico, tan lleno de vida. Sin embargo todo consumo genera siempre una adicción, tan igual como el azúcar y ni qué hablar del efecto secundario: La melancolía. Un mundo feliz, sin duda.

Hoy los ideales los dicta la publicidad y somos nosotros en apariencia los que escogemos una u otra cosa. Ya no cuestionamos, solo elegimos. Y elegir hoy se ha reducido a un simple pulsar de botones. El criterio, la reflexión sobre “estar en el mundo” es secundario. La vida real es un movimiento económico, una transacción. La vida es la del coleccionista, la del interactuar, tocar, oler, oír, saborear, ver, pero sin profundizar, pues ello nos generaría una especie de “náusea” (Sartre, dixit), que nos resultaría vergonzosa y no estamos hoy para culpas.

Sin embargo, me temo, que nadie siente hoy esa angustia que genera agruras. Más bien creo que esa angustia, si es que la hay, genera una reacción positiva para el sistema, pues hace que consumamos más. Nos sentimos mal y por ende buscamos la cura en el consumo con mayor salvajismo. Así como un drogadicto a quien la misma cantidad de droga ya no hace efecto, el hombre hoy en día en su afán hedonista, ha de enfrascarse en el consumo extremo que ha de destruir todo significado y por ende todo residuo de culpa. Y es que es muy fácil olvidar.

¿Alguna cura? Por supuesto que no. O quizás sí, sin embargo, me temo que también es una forma de consumo que poco a poco se irá volviendo insustancial: Pensar. Hoy más que nunca vivimos inmersos en el ánimo de dedicarle toda nuestra vida al fluir, al arrastrarse, al ser como una hoja y dejarse llevar. Como diría Milan Kundera somos una levedad, es decir, como una pluma, mientras el arrastre es simplemente nuestra esencia. Pensar en cambio es tortuoso y de suma peligrosidad. No es cura, pues genera peores efectos secundarios y más, muchísima más angustia. Sin embargo, permite tener en las manos la responsabilidad de nuestros actos y nos deszombifica. Creo, fervientemente, que pensar no es como una rutina fordiana de dar y recibir, de pasar tarjetas de crédito y buscar obsesivamente rebajas y ofertas. Pensar es saber que el gusano es tremendamente poderoso y sobre todo, lograr con perseverancia, la colosal empresa de  conocernos a nosotros mismos hasta la autonomía.