lunes, 1 de diciembre de 2014

Sobre la angustia de dedicarle mucho tiempo a nosotros - Paolo astorga

Sobre la angustia de dedicarle mucho tiempo a nosotros



Escrito por: Paolo Astorga



“La tecnología, sin duda, ha generado en el hombre la falsa idea de superioridad en tanto lo ha vuelto soberbio y con la fantasmagórica tendencia a creer que él es el dueño del universo, sin darse cuenta que en realidad, lo único que ha logrado es simplemente, escapar a su gran depredador que es un inofensivo gusano.”



Uno de los grandes problemas –y por qué no decirlo, también estrategia- de nuestro sistema es dedicarle mucho interés al intercambio simbólico de objetos, al consumo extremo como un modo de vida que genera en nosotros una especie de “propósito vital”. Me explico. Desde pequeños vivimos rodeados de símbolos. Los objetos con los que interactuamos no solo son objetos de “utilidad”, sino que se van convirtiendo en una especie de símbolos emocionales que significan subjetivamente algo para nosotros. Muchos de estos objetos perfilan nuestra personalidad a tal punto que se convierten en un elemento irreductible de nosotros.

En una sociedad ultraconsumista como la nuestra el consumo es una especie de generador de ideales, de metas, de propósitos de vida. Los modelos, los estereotipos, las creencias y el intercambio cultural, se ven afectados por el dictado del consumo, por la función publicitaria que genera en los receptores una angustia por poseer. Al consumir generamos en nosotros un fantasma emocional. Un objeto recién comprado, es en última instancia, un breve alivio ante nuestra angustia existencial. Llamamos hoy a esta angustia aburrimiento.

Y es que vivimos dentro de esa obsesión angustiante de dedicarle mucho tiempo a nosotros. Nos hemos convertido –cada vez con más intensidad y sofisticación-, en una masa de coleccionistas de símbolos que han de llenar nuestras vacuidades. El joven que se compra un nuevo celular de última generación, –como diría Jean Baudrillard-, no ha comprado un objeto como tal, sino un símbolo cuyo significado está relacionado a un complejo sistema de deseo. Quizás este celular no es un celular, sino un medio de poder o de aceptación. El joven no lo ha comprado desde la utilidad, sino para compensar su insignificancia que lo angustia y lo acerca a la conciencia ante la muerte.

El ser humano de hoy es un ser que ha diluido a la muerte en la apariencia del consumo. La obsesión por poseer, por adquirir y coleccionar, claro está, se centra en el sistema de producción y la velocidad en la que los símbolos se generan y se ofrecen a los sujetos hambrientos de placer y satisfacción. La tecnología, sin duda, ha generado en el hombre la falsa idea de superioridad en tanto lo ha vuelto soberbio y con la fantasmagórica tendencia a creer que él es el dueño del universo, sin darse cuenta que en realidad, lo único que ha logrado es simplemente, escapar a su gran depredador que es un inofensivo gusano. La muerte es hasta hoy una brecha insalvable que solo es posible llenarla con símbolos, con ideas, con creencias, con matices de esperanza que sean paliativos ante la angustia de vivir.

Por eso nos encanta comprar, porque genera en nosotros una idea de que tiene sentido nuestra vida, de que es divertido. Comprar hoy tiene que estar muy cerca de la imagen de ese niño que prueba por primera vez azúcar y se siente tan eufórico, tan lleno de vida. Sin embargo todo consumo genera siempre una adicción, tan igual como el azúcar y ni qué hablar del efecto secundario: La melancolía. Un mundo feliz, sin duda.

Hoy los ideales los dicta la publicidad y somos nosotros en apariencia los que escogemos una u otra cosa. Ya no cuestionamos, solo elegimos. Y elegir hoy se ha reducido a un simple pulsar de botones. El criterio, la reflexión sobre “estar en el mundo” es secundario. La vida real es un movimiento económico, una transacción. La vida es la del coleccionista, la del interactuar, tocar, oler, oír, saborear, ver, pero sin profundizar, pues ello nos generaría una especie de “náusea” (Sartre, dixit), que nos resultaría vergonzosa y no estamos hoy para culpas.

Sin embargo, me temo, que nadie siente hoy esa angustia que genera agruras. Más bien creo que esa angustia, si es que la hay, genera una reacción positiva para el sistema, pues hace que consumamos más. Nos sentimos mal y por ende buscamos la cura en el consumo con mayor salvajismo. Así como un drogadicto a quien la misma cantidad de droga ya no hace efecto, el hombre hoy en día en su afán hedonista, ha de enfrascarse en el consumo extremo que ha de destruir todo significado y por ende todo residuo de culpa. Y es que es muy fácil olvidar.

¿Alguna cura? Por supuesto que no. O quizás sí, sin embargo, me temo que también es una forma de consumo que poco a poco se irá volviendo insustancial: Pensar. Hoy más que nunca vivimos inmersos en el ánimo de dedicarle toda nuestra vida al fluir, al arrastrarse, al ser como una hoja y dejarse llevar. Como diría Milan Kundera somos una levedad, es decir, como una pluma, mientras el arrastre es simplemente nuestra esencia. Pensar en cambio es tortuoso y de suma peligrosidad. No es cura, pues genera peores efectos secundarios y más, muchísima más angustia. Sin embargo, permite tener en las manos la responsabilidad de nuestros actos y nos deszombifica. Creo, fervientemente, que pensar no es como una rutina fordiana de dar y recibir, de pasar tarjetas de crédito y buscar obsesivamente rebajas y ofertas. Pensar es saber que el gusano es tremendamente poderoso y sobre todo, lograr con perseverancia, la colosal empresa de  conocernos a nosotros mismos hasta la autonomía.

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