lunes, 8 de diciembre de 2014

La imposibilidad de mirarnos - Paolo Astorga

La imposibilidad de mirarnos



Escrito por: Paolo Astorga



“Somos más mirones que miradores, que miradores en profundo. La mirada es más un espectáculo, una performance del espectador que desea ver lo asombroso, pero sin el compromiso de saber y de comprometerse con lo que ve. El que mira, lo vivimos hoy, intenta solo simular una realidad para él que, aunque ficcional, funcione para sus propósitos hedonistas.”



La quinta acepción de mirar según el Diccionario de la Real Academia Española es: “Pensar, juzgar.” Esto es tremendamente cierto, sin embargo mirar se ha convertido en algo más que un simple acercamiento del sujeto hacia el objeto, se ha convertido más bien en una especie de tangencialidad, es decir, en un simulacro donde mirar suele asociarse directamente a una mera captación de imágenes.

A diario miramos el mundo que nos rodea, pero muy pocas veces miramos realmente, es decir, miramos desde el pensar y el juzgar. Es más, hoy en día estamos propensos a ni siquiera mirar. Solo a percibir. A interpretar como un puñado de efectos el hecho de mirar. Mirar se nos parece más a un simple palpar. Mirar hoy es como dar probadas, como picotear. Los que miran el mundo o la realidad, ya no la piensan en sus aspectos más profundos, solo la coleccionan y almacenan o, en el mejor de los casos, la usan como un medio de placer. Y es que mirar debe convertirse en una actividad placentera que dé a nuestro cerebro la sensación de alivio. El alivio es, sin duda, una constante necesidad para los que viven en el mundo de hoy.

Buscamos alivio a los síntomas modernos, pero sin saber a ciencia cierta cuál es la raíz de nuestra enfermedad. En lo más extremo del problema, la enfermedad no existe o no se la quiere pensar en tanto creemos fervientemente en nuestras apariencias. Mirar es imposible en una época donde nadie mira a los ojos. Los ojos ya no son ojos, sino hiperojos. Un ojo de hoy ya no mira, sino interactúa, caza. Los ojos se han sofisticado con la apariencia de la tecnología, pero han perdido la esencia de sus funciones. El mirar de hoy es un mirar superficial o un no mirar. El mirar de hoy es un mirar distraído en tanto busca el estímulo de la velocidad. La mirada real supone siempre un grado de desnudez. Miles de personas en el mundo ya no se ven, no se observan. Su interacción es indirecta. Cada vez hay más muros, pero esos muros son apariencia de densidad, de confusión, allí donde no hay nada, donde no hay significado.

Mirar genera vergüenza. Sartre nos hablaba de la mirada del otro. Esta mirada nos causa vergüenza y angustia en tanto es una mirada que no podemos “controlar”, es una mirada por demás inquisidora, desnudadora, juzgadora. Hoy, la mirada que nos planteaba Sartre en El ser y la nada, es más bien una mirada que no profundiza, una mirada que se ha quedado en el acto de mirar, más no en el mirar como fin. Es una mirada que se satisface con nosotros, una mirada que se centra en nosotros desde un simple motor de deseo. Mirar es una empresa para tontos. Los que realmente ven –si lo logran-, se ven desnudos, ven reflejos, ven una serie de engranajes monstruosos con los que la apariencia los ha delimitado.

Hoy verse a los ojos es, más allá de mirarse, un espectáculo o una escena de caza. El hombre que mira a su amante, es en última instancia, el que se pierde en la atracción de su mirada. No piensa a la amante, solo la imagina. No la profundiza y la contrasta –sería absurdo, suicida-, solo le arroja sus pupilas, la transparencia de sus globos oculares. Porque si miráramos en profundo, es decir, pensando y juzgando, nos invadiría una incontenible soledad, un miedo, una culpa y una gran vergüenza. El otro que miramos en profundo es, a fin de cuentas, el otro que necesitamos, por ende mirarlo en profundo conlleva a una responsabilidad para con el otro en el sentido de “conocerlo”. Sin embargo, me temo que mirar hoy es más un juego de seducción, de prendamiento, que de conocimiento. Vemos con el ánimo de saciarnos, no con el ánimo de conocer, de “pensar o juzgar”.

Al amante lo miramos porque queremos amarlo, no pensarlo. No obstante, nos da vergüenza mirar, pero también saber que somos mirados. Hoy la mirada es una visión cercana desde la distancia. Cuando miramos lo hacemos con el ánimo de ver sin ser mirados. De ver en discreto, de ver fetichista. Mirar no tiene nada que ver con el análisis, con la construcción que nos acerque a los otros. Mirar se reduce, a una ráfaga de percepciones que penetran lo privado. Mirar no es auténtico. Miramos escondidos detrás de una cortina o una máscara. Miramos porque queremos satisfacer un cierto morbo. Somos más mirones que miradores, que miradores en profundo. La mirada es más un espectáculo, una performance del espectador que desea ver lo asombroso, pero sin el compromiso de saber y de comprometerse con lo que ve. El que mira, lo vivimos hoy, intenta solo simular una realidad para él que, aunque ficcional, funcione para sus propósitos hedonistas.

Por eso vamos al cine a mirar, jamás a mirar en profundo, porque creo que sería algo estúpido, mirar en profundo, si lo que nos interesa del cine es una buena historia, un poco de emociones bien generadas por la imagen, un momento de diversión. Mientras más espectacular, mientras más efectos visuales podemos captar con nuestros ojos, mejor se nos apetece el mirar. Mirar es un juego de efectos sin duda. Mirar no es el análisis calmado, meticuloso y reflexivo de las cosas, del mundo. Mirar es pura percepción, estimulación de centros nerviosos para recibir una recompensa gratificante. Esto por cierto en detrimento de diluir nuestra realidad y convertirla en pura acción visual. ¡Pobre del ciego!, diríamos. La dictadura de la imagen es lo más actual. Por eso una imagen no debe hacernos reflexionar, sino solo emocionar. La emoción más chata, la que nos impulse a conseguir nuestro premio, a satisfacer nuestras tres necesidades primarias: comida, bebida y sexo. Porque la imagen es siempre editable. Mirar es en suma una interpretación de lo dinámico. Una interpretación de lo aparente.

Mirar, entonces, resulta imposible o por lo menos una labor titánica en tanto pensamos lo que miramos. Nos alejamos cada vez más de nuestras miradas y ponemos entre nosotros una especie de “cables” para comunicarnos. La lejanía nos acuña la idea de no compromiso, una especie de liberación de la responsabilidad que supone el mirar. Al amarnos, al manifestarnos amor, la mirada pasa a un segundo plano, solo hace falta que funcione como percepción excitatoria. En el amor, la mirada es perniciosa y hasta nociva. Inútil.

Este acto moderno del mirar, se asemeja mucho a un ratón de computadora. Con él podemos navegar por un sinfín de ventanas, pero con la complicidad de una cierta privacidad. Nos parecemos a una especie de colectores, de perceptores visuales. Nos agrada que la imagen nos exprima, nos ahogue. Porque el ahogo es una especie de sedante, una especie de inyector de esperanza, falsa, pero esperanza. Un cartel en medio de la calle, una fotografía de perfil en el Facebook, un selfie o nuestra propia imagen en un espejo, son objetos de nuestro mirar que solo ve física, luz reflejada que intenta generar una emoción o algo más simple, un impulso. El impulso de actuar, de elegir nuevamente sin conciencia de elector. Quien mira desde el pensar y juzgar, sabe que su labor va más allá del mero impulso, es quién desarma el sistema del mirar y piensa el mirar desde sus profundidades, interpreta el fenómeno, lo metaforiza. No está a la caza del placer de los sentidos, no es un Dorian Gray posmoderno, ni mucho menos. Conocer es su consigna, identidad, acercamiento. Quien mira realmente en esta época de pantallas-reales, se ve en la necesidad de acrecentar su mirada y lentificar su observación. Quienes se atreven a mirar en forma profunda, envejecen más rápido en tanto el objeto al que yo dedico mi lento y minucioso mirar no es solo una cosa de la que me sirvo, sino es mi otro al que quiero entender. Entender dista mucho hoy con satisfacer y genera innumerables frustraciones.

Por eso mirar es realmente asumir la responsabilidad de saberse en el mundo real ante el otro desnudo, sin máscaras. Mirar no puede ser un simple disparo de estímulos, sino es una interpretación de aquello que apreciamos como central. Mirar siempre debe suponer una confrontación con lo que se nos preconiza como real, como Verdad. Mirar es, por último, una manera de rebeldía contra el coleccionista de imágenes que solo busca escapar de sus propias insignificancias, de su propio cuerpo pensante, de su melancolía que la cree insufrible. El que mira entre miopes conectados con el mundo, pero desenchufados de su propio mirar(se) es la tarea de todo aquel que ha escapado de su Matrix y ha caminado por la caliente arena del desierto de las certidumbres, dudando, en busca de todas las respuestas que se nos presenta ante la belleza de mirar, lentamente, sin más apuro, que el de conocer y conocernos de verdad.

1 comentario:

  1. Una mirada profunda a la forma de mirar(nos). Gracias por compartir, Paolo. Un gustazo leerte

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