lunes, 15 de diciembre de 2014

Divagación en torno a las máscaras - Paolo Astorga

Divagación en torno a las máscaras




Escrito por: Paolo Astorga



“La máscara matiza la profunda frustración moderna de tenerlo todo, pero sin saber realmente para qué. Hoy más que nunca el yo es solo una representación de yos que se perpetúan hasta desaparecer las identidades y dejar sin efecto la posibilidad de conocernos, de responsabilizarnos los unos a los otros. Una máscara en la actualidad es más un objeto para la hipocresía que para la tentativa quijotesca de elevar la humanidad a la de héroes.”



Una performance es siempre una manifestación corporal discursiva de un yo que desenvuelve un papel dentro de una representación escénica. Toda esta performance usa, se quiera o no, una máscara. La máscara esconde la verdadera cara en el sentido que nos permite borrarla. La máscara es una personificación de lo virtual, de lo ideal como una manifestación, un actuar. Las máscaras nos permiten acceder a otro cuerpo o por lo menos adaptar al propio un significado que la máscara impone. La máscara es una especie de armadura o en el mejor de los casos es siempre la metáfora de la posibilidad. Con la máscara puedo acceder al otro desde mi yo. Sin embargo la máscara en profundo, es siempre un artefacto contra el miedo, contra nuestra misma insignificancia. No usar máscaras nos resultaría nocivo, pues expondríamos nuestra parte más “blanda” ante los demás, ante las miradas que “avergüenzan y juzgan”, que subordinan, que invisibilizan y destruyen. En cambio la máscara nos concede un poder: El de ser la posibilidad misma de una manifestación a la que podemos imprimirle una personalidad, pero sin la responsabilidad de la identidad real. La máscara actúa desde la simulación, desde la magia de la ficción. La máscara, entonces, es una especie de virtud en el sentido que supone una estrategia de dinámica humana. Las mejores máscaras son las que más transparentes y menos evidentes se presentan, las más óptimas son sin duda, las que mejor cumplen el papel de ocultarnos para no ser reconocidos. Sin embargo, las máscaras modernas cumplen una función que ha trascendido el simple ocultar, sino que más bien ha multiplicado el rostro. Hoy ya no tenemos una sola máscara, sino miles o millones de ellas y todas, a veces actuando simultáneamente. Nuestra performance es la manifestación obvia del ocultamiento, pero también de la multiplicación de la personalidad en tanto el contexto o la situación lo amerita.

Ahora bien, hay toda una teoría del fingidor que podemos palpar. Por un lado hoy ya no solo somos una performance, sino que debemos multiplicarnos en miles de performance, en miles de manifestaciones para poder ser en un sentido amplio. Lamentablemente esta multiplicación del ser, lo ha alienado, lo ha diluido y lo ha reducido a lo insustancial, a lo banal. Como el ser requiere de miles de máscaras para subsistir en su cotidianidad, ha empobrecido su performance adquiriendo un modelo o estereotipo que le permita representar su personaje dentro del simulacro del hábito. Un profesor, un esposo, un escritor, ya no construye una máscara auténtica, porque si así lo hiciera, le tomaría mucho esfuerzo que exteriorizaría su verdadero yo, el rostro detrás de la máscara y ésta perdería su función ocultadora. Y lo terrible hoy en día es mostrar el rostro, “la verdadera cara” ante los demás.

Las máscaras permiten al actor simular sus sueños. Don Quijote tiene una máscara y una performance que aunque contrasta con la realidad y resulta por demás patética, deja entrever el sueño de Alonso Quijano –la cara oculta tras la máscara del Quijote–, frente a su realidad. La heroicidad, el honor y la libertad, sin las máscaras de “locura” de Alonso Quijano, no serían posibles pues, solo mostrarían un rostro sumido en la mediocridad de su propia sociedad. He allí el fin de las máscaras, son estrategias de ilusión que permiten alcanzar o por lo menos llenar la brecha de tiempo que genera la melancolía, que acrecienta la derrota del ser. El que usa máscaras más allá de representar, busca crear identidades, ofrece un discurso que ha construido con el movimiento de su performance. No solo actúa, sino que antes que cualquier cosa crea. No obstante, las máscaras de hoy no son las que el Quijote lleva consigo. La gran paradoja de la máscara de hoy no es la posibilidad, digamos, la herramienta para hacer la vida más “vivible”, sino solo se ha convertido en una forma de escape, de ocultamiento o alejamiento de la responsabilidad del ser.

Es que hemos aprendido que la paradoja funciona en apariencia. Si mi máscara puede hacer posible mi sueño, pues, para qué mostrar mi rostro, hacerlo visible, si mi máscara hace posible que mi sueño, mis ilusiones sean mi realidad.

Como vemos aquí hay un error patente: Quien no muestra el rostro esa “verdadera cara”, corre el riesgo de diluirse, de borrarse, pero también y –oh paradoja– de hacer que la máscara que oculta la cara verdadera, sea la verdadera cara. El vacío puebla el deseo de querer vivir en el éxtasis de la simulación. Para el fingidor la realidad es una representación que puede percibirse, que es sensual, pero que no tiene asidero, que no ata, que no deja poner los pies en la tierra y generar peso. La máscara como un mero escape de nuestra posibilidad de mejorar el rostro (no solo ocultarlo, sino potenciarlo), es una especie de lenta destrucción, una especie de derrota, de ruptura y asimilación. Y lamentablemente el deseo de hoy en día es tener una gran colección de máscaras y una serie de performances políticamente correctas con el fin de no ser reconocidos. El hombre y mujer actual, a pesar de vivir en un mundo que desde la publicidad, las relaciones sociales, económicas o emocionales, priman aparentemente la multiplicidad, desean vivir en un estado de invisibilidad. No en el sentido de no ser vistos, sino más bien en el sentido de no trascendencia. La intrascendencia es insustancialidad, es decir, el hombre y la mujer de hoy solo intentan hacer lo que tienen que hacer, lo que le dicta la sociedad, lo que le dictan sus gobernantes, lo que le dicta el otro que lo domina, pero que lo deja “tranquilo”, que le permite no cuestionarse a cambio de no cuestionar, vive, pues, en un movimiento cuya naturaleza es lo inmóvil. El invisible, tiene tantas máscaras que es irreconocible. Y esto es terrible. No ser reconocido genera por demás una confrontación, una profunda incomunicación. Devasta. La máscara matiza la profunda frustración moderna de tenerlo todo, pero sin saber realmente para qué. Hoy más que nunca el yo es solo una representación de yos que se perpetúan hasta desaparecer las identidades y dejar sin efecto la posibilidad de conocernos, de responsabilizarnos los unos a los otros. Una máscara en la actualidad es más un objeto para la hipocresía que para la tentativa quijotesca de elevar la humanidad a la de héroes.

Entonces la máscara hoy es un icono. Una necesidad casi natural, esencial en nosotros. El verdadero rostro está desapareciendo. Lo único que queda, lamentablemente, son los residuos de un mundo que cree en la veracidad de las sombras que pueblan su caverna de apariencias. Nada más.

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